Los mapas


Los mapas son inescrutables.
Tantos nombres, tantos ríos, tantos lugares.
Me desoriento, me pierdo en sus tortuosos pasillos,
en sus recodos inaccesibles.
París parece un lugar remoto
si lo miras desde el Himalaya.
Los fiordos son más hondos que nuestros ríos
y además carecen de leyendas
y de niños ahogados en sus aguas.
Prefiero no hablar de la China
que parece diminuta y hay que buscarla con lupa.
Tampoco aparecen los senderos en los mapas
ni las fuentes ni los oasis
ni la casa en que nací,
ni los arrabales de Buenos Aires,
ni el farolito del tango,
ni los puertos bullangueros,
ni las temidas encrucijadas,
ni la isla desierta de Robinson Crusoe,
ni los barrios donde viven hacinados los pobres,
ni el país que visitó aquel sabio en su vejez.

Los mapas son absurdos,
opacos, impenetrables, abstrusos,
como una selva virgen,
pero yo los llevo siempre conmigo
porque me recuerdan
lo injusta y complicada que es la vida.

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