Que haya vida antes

Gorka Maneiro fue diputado en el Parlamento Vasco y ahora es analista político en diversos medios de comunicación, además de lector, escritor y corrector de obras literarias. Es autor de No apto para fanáticos y coautor de El delirio nihilista y Otra izquierda es posible. Ahora prepara una nueva obra, recopilación de todos sus artículos de opinión escritos durante los últimos 25 años. Vive en San Sebastián y adora el vino tinto y el mar.


Hace unos días entró en vigor la Ley de Eutanasia, aprobada semanas atrás en el Congreso de los Diputados; gracias a esta ley, un profesional sanitario podrá poner fin a la vida de un paciente de manera deliberada y a petición de este, siempre que sufra un padecimiento grave, crónico o imposibilitante o enfermedad grave o incurable, causantes de un sufrimiento intolerable. Se trata, por tanto, no tanto de poder facilitar la muerte a quien libremente quiere morirse sino a quien decida libremente morirse… si efectivamente está gravemente enfermo y no puede soportar tanto sufrimiento. Es decir, que quien no pueda demostrar un sufrimiento grave, crónico o imposibilitante o una enfermedad grave o incurable causante de un sufrimiento intolerable, no podrá pedir la ayuda de un profesional sanitario y, por lo tanto, deberá seguir vivo o, él mismo, y si tiene arrojos bastantes, arreglárselas como buenamente pueda para poner pies en polvorosa. Cabe suponer que quien no tenga semejantes padecimientos (sean del tipo que sean, y me temo que los del alma son más grandes que los del cuerpo, por muy imposibilitantes que sean estos) no querrá poner fin a su vida… por lo que cabe hacerse la pregunta de por qué preguntar y pedir demostración fehaciente a quien ya tiene la respuesta definitiva. Otra cosa sería poder demostrar que, a pesar de estar físicamente sano, es tanto el dolor que lo acongoja a uno, que seguir vivo no es sino alargar la agonía; y, claro, ¿por qué iba a querer uno morirse si no es porque está sufriendo? Se responderá que mientras hay vida, hay esperanza, por lo que los padecimientos de hoy que no puedan demostrarse definitivos (o definitivamente imposibilitantes) pueden no solo desaparecer mañana sino incluso tornarse en un renovado deseo de vivir la vida y disfrutarla. Supongo que habrán querido sacar del hipotético listado de razones que justifiquen la ayuda del profesional sanitario para poner punto y final a la pesadilla, aquellas que son supuestamente temporales o no necesariamente definitivas, como las depresiones que hacen que pierdas toda esperanza, o quizás los males de amor o los desamores, donde la esperanza es casi peor que el olvido definitivo.

Y a pesar de que la norma no nombra el suicidio asistido, considera dentro de este contexto eutanásico tanto “la administración directa al paciente de una sustancia por parte del profesional sanitario competente” (la eutanasia propiamente dicha) como “la prescripción o suministro al paciente por parte del profesional sanitario de una sustancia, de manera que esta se la pueda autoadministrar para causar su propia muerte (el suicidio médicamente asistido). Para poder beneficiarse de esta ley debe uno tener mayoría de edad y ser capaz y consciente en el momento en que se realiza la solicitud, pudiendo esta realizarse cuando uno quiere fallecer ya o con antelación, para evitar después males mayores (y es posible que no haya mal mayor que estar obligado a vivir cuando uno solo quiere morirse). En los casos de los mayores de edad, no habría que consultar a su entorno sino hacer cumplir su deseo libre y reiteradamente expresado a lo largo de todo el proceso.

Hay personas que mueren y otras que se dejan morir. Y otras que prefieren no esperar a la muerte. Ya dijo Unamuno que los suicidas se matan por no esperar a la muerte y que, si no existiera la muerte, no se matarían. Kurt Cobain dejó escrito que es mejor arder de una vez que consumirse despacio. Lo peor, quizás, sea haber perdido toda esperanza, bien porque la ciencia médica así lo haya atestiguado, bien porque uno no atisba ninguna luz al final del túnel. No obstante, puede haber casos en los que lo peor sea mantener cierta esperanza, y que tal cosa suponga no solo profundizar en el sufrimiento sino alargarlo. Bertold Brecht nos dijo que las convicciones son esperanzas, pero hay casos en que las convicciones desaparecen porque ya no hay esperanza.

El suicida decide sobre todo irse, sin que tenga demasiada importancia el modo en que definitivamente se vaya. Quiere irse dignamente, sí, pero lo que sobre todo quiere es dejar de vivir sin dignidad; o, si acaso, dejar de estar muerto en vida y, por tanto, atravesar el último eslabón que le salve… la muerte. Cuando la decisión ya está tomada, carece de importancia qué es lo que se deja atrás… o importa pero no tanto como el bienestar de uno (o el bien no estar), después de tanto sufrimiento. Es cuando uno ha decidido ponerse a 3 salvo a sí mismo, como forma también de aliviar el sufrimiento de quienes ya no pueden hacer más que acompañarlo en su lecho de muerte; aunque a veces ni siquiera eso. El objetivo es, sobre todo, ya digo, salvarse a uno mismo, quitarse de en medio, dejar de estar vivo sin realmente estarlo. Anaïs Nin dejó escrito que la vida se encoge o se expande en proporción al coraje que uno tenga. Pero es que cuando ya no hay vida posible, aunque supuestamente la hubiera, no hay coraje que valga. Querer no es siempre poder; es condición necesaria pero no suficiente. Y del mismo modo que, como escribió Ernest Hemingway, vivimos esta vida como si lleváramos otra en la maleta, a quien decide acabar prematuramente con su vida no le preocupa desperdiciar todas las vidas de golpe.

Hay, en todo caso, distintas formas de irse. Uno puede irse por la puerta de atrás o por la puerta grande, en olor de multitudes o sin despedirse. Uno puede irse repentinamente, o tras avisarlo reiteradamente, aunque no quisiéramos verlo. Uno puede irse con un abrazo o un apretón de manos, mirando al suelo o a los ojos, como esperando oír lo que no se dijo antes. Y uno puede irse más por obligación que por deseo, a la vista de los acontecimientos, aunque en el fondo uno quisiera quedarse. De hecho, uno puede irse pero de algún modo quedarse, como muestra de amor verdadero. En todo caso, es mejor irse que quedarse a regañadientes. Y tan importante es poder irse como dejar ir… como si fuera posible otra cosa. Vetusta Morla nos propuso en su Maldita dulzura que “hablemos para no irnos”, pero no sirve cuando la decisión ya está tomada.

Sea como fuera, lo importante es que uno pueda irse como desee y cuando quiera. Y, mientras tanto, y sobre todo, cuando uno decida quedarse o no tenga a dónde irse, vivir cada día como uno quiera. Tanto sufrir para morirse uno. Ni siquiera importa lo que venga después, si es que viene algo. Como escribió Fernando Savater, la cuestión no es si hay vida después de la muerte, sino que haya vida antes.

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