En los límites de la realidad

Por Nuria de Espinosa nuriadeespinosa


Durante el anochecer caminaba por las calles de la ciudad a la espera de que alguien se fijara en mí, por lugares donde transitaban brazos lujuriosos que inquietos bordeaban los oscuros callejones en busca de su presa. 

La luna parecía una enorme orbita de cristal, que no cesaba en su persecución. En cada paso que daba su rostro seguía mi camino, al acecho. No sabía por qué me había elegido, pero estaba enormemente convencida de que no era mera casualidad.

Cada anochecer allí estaba observando, expectante, intuyendo que saldría de nuevo al amparo de la oscuridad. Algo me decía que debía cesar mi actividad, que mi profesión; la más antigua del mundo, tocaba su final.

El clima nocturno permanecía templado y la luna brillaba cada vez con más intensidad, como si una aureola de luz blanca la envolviese. 

Escuché el sonido de un automóvil que se acercaba. Me giré y se paró junto a mí, al borde mismo de la acera. De pronto la puerta se abrió y alguien tiró de mí hacía el interior del vehículo; pero tuve el tiempo justo de ver con claridad como la luna, sonreía maliciosa.

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