Batalla campal: curiosidades del camino


Juani y yo éramos las dos únicas niñas de seis años en 1970 que salíamos a jugar a la Plaza España, cuando no íbamos al colegio en el pueblo. –De ese modo estaban a la mira nuestros padres–; no obstante, unas veces las pasábamos unidas y otras tantas encadenadas a tener que divertirnos justas, u optar por quedarnos la tarde entera en casa, que también pasamos algunas.

Lo que más nos gustaba era el Juego del piso; para ello se debía marcar el suelo con tiza; pero, teníamos el inconveniente de que estaba el ayuntamiento y nos voceaba algún municipal desde las numerosas ventanas, o venía a reprendernos sin dar tregua.

De mutuo acuerdo decidimos planificar el juego, de tal manera que pudiésemos llevarlo a cabo con los mínimos altercados posibles: Luego, a primera hora de la tarde, tendríamos el juego de la goma; llegado las horas del cierre pasaríamos al del piso, ya que, dicha plaza, poseía una terraza con unas losetas que lo facilitaba y no teníamos que pintar siquiera, aún sabiendo que el dueño del comercio, Paco café, no lo permitía.

No hace falta hacer un supino esfuerzo para adivinar que cuando más nos pegábamos era el domingo: Ese día nos torteábamos por lo menos dos veces: Una vez por la mañana y otra por la tarde, por si no habíamos quedado a gusto durante toda de la semana. Motivos: nos aburríamos por estar mucho tiempo juntas, entre otras simplezas que pasaré a detallar.

Para jugar al juego de la goma necesitábamos, mínimo, tres jugadores; y, como estábamos las dos solas, pues, el poste del portal del ayuntamiento ocupaba el otro extremo. En cuanto al inicio de cualquier sesión lúdica, bien fuera el juego de la goma o el del piso, lo comenzábamos siempre con mucha pasión y empeño; a medida que trascurría el juego, empezaba el fastidio, debido a que Juani era mucho mejor que yo en el juego de la goma; de tal modo que a mí me tocaba estar la mayor parte del tiempo anclada al poste, esperando mi turno. Al final terminaba aburrida como una ostra, mientras la contemplaba dar saltos sin parar. Llegado a este punto me planteaba cual sería el método que debía utilizar para quebrar tanta monotonía y frustración en el juego.

La cuestión estaba en tocar el punto débil de aquella jugadora nata: Sobre todo porque yo tenía el convencimiento de que, Juani, era honrada y sensible en el juego, y de ello sacaba provecho: Me valía del buen corazón de la muchacha haciéndome la despistada, cuando perdía mi turno:

– “¡Fresca!, que has perdido. Me toca ahora”. –decía Juani, cuando me veía fallar en el juego–; aunque yo seguía como si tal cosa; entonces, ella, se enfadaba aún más y terminaba con una patada anulando el juego de la goma:

– “¡Venga, so fresca!, que eres una fresca: Me toca a mí” –e insistía una y otra vez impidiendo que continuase jugando.

–“¡Qué dice, niñiiiaa: no farrungues el juego!” , “¡Ni que estuviera yo tonta, vamos!” –Le decía a Juani con todo el descaro del mundo. Ella me volvía a repetir:

“¡¡Dame mi rato!!”, –apoyada sobre el poste del portal del ayuntamiento, para ir subiendo gradualmente su volumen:

–“¡Qué me des mi rato, so fresca!” –Gritaba Juani a viva voz.

–Anda que, vaya abejón que tengo en el oído, chaha – le contestaba con guasa, mientras me tocaba la oreja derecha. Confieso que me gustaba verla mosqueada y, para acabar de acentuar sus nervios, le decía:

–Anda, que te empurras por ná, hija; ¡anda! ¡¡anda!! “¡Só hocico de guarrichi!, ¡¡Hocico de guarrichii!!, ¡¡¡Hocico de guarrichiii!!!”; –a la vez que le tocaba los morros con burla. –Como a su padre, que en paz descanse, le llamaban “Antonio matanza”, pues... ¡Tracatrá!, ¡tracatrá! Tortazos van, tortazos vienen:

<< ¡Hija por dio! Por lo meno, esto é más divertío que jincar tó el rato en la goma... ¡Y, qué porras: por que yo la gano con esto de la peganza >>, –pensaba mientras seguía sacudiéndola alegremente.

Una vez la irrité de tanto que cogió un pedrusco para lanzármelo a la cabeza. Aquella acción me amilanó de tal modo que no dudé en salir corriendo para mi casa al ver la pesada piedra entre sus manos; mas ella fue detrás y, al tirar el peñasco, hizo una mella en la puerta de mi casa (que eran de madera, color marrón oscuro, y salió el postillón azul). Entonces mi padre se enfadó muchísimo con nosotras y me dijo:

–¡Que no me entere yo que te vuelvas a juntar más con esa Juani!, ¡Eh!, ¡¡Qué no me entere yo!! –Mi padre me gritaba a pleno pulmón.

Mi madre, para acabar de completar el coro de ases, metía más cizaña diciendo con mala uva:

–¡Madre mía, madre mía!: ¡¡Eres una payasa!! “¡No sé qué te habrá dao esa Juani que te tiene absorbida la sesera! ¡Tanto corruteo, tanto corruteo!”... “Parece que te da: ¡Sesos de burro!”

A mí esa expresión me sentaba fatal: ¡Jolines! ¿No podía haber dicho otra? Pero no, tenía que ser, ésa precisamente: <<¡Sesos de burro, eh! ,¡Sesos de burro!>>

Mi padre, el benevolente, decía: –¡Esta muchacha es “más inorante que el rabo un guarro!”

Con el paso de los años aquella rivalidad cesó: Juani se había convertido en una jovencita todavía más bella, alta y fuerte: tuve que abandonar la idea de sacudirla para aliviar mis frustraciones; sobre todo porque sus tíos, hermanas y abuelos, me querían a rabiar (y yo necesitaba me quisiesen); luego, su casa se había convertido en mi segunda casa, gracias al amor y el respeto de los suyos que han ido creciendo hasta llegar a nuestros días.

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