Teologías vicarias


Estigmatizado, victimizado, oprimido… son expresiones que llevamos demasiado tiempo escuchando machaconamente en los medios.

Provoca un asco infinito esa forma de hablar; sobre todo porque hace (y hace exactamente lo que busca hacer) pesar sobre segmentos de la población la culpa de una serie de violencias supuestamente practicadas en nombre de esos segmentos (llamados también abusivamente “colectivos”).

Sólo nos queda un desabrido déjeme-usted-en-paz para tratar de escapar de toda prisión ideológica a la que nos quieren conducir. ¡Déjennos en paz de una puta vez, señoras, señores y señoros!
¿No tienen nada mejor que hacer con sus dedos que apuntarnos? Métanselos por el orto y disfruten, coño. O no, no disfruten, ¿a quién le importa?

Dicen algunos que calificar como enfermo mental a un hombre que asesina a sus hijos “estigmatiza” a los enfermos mentales.
Se rasgan las vestiduras al descubrir la opresión nueva, el estigma nuevo, el nuevo victimizado que surge de suyo como colectivo nuevo: el de los enfermos mentales.

Pues ale, ándale con la subvención y un ministerio. Ya tardan en crear un ministerio de perturbados. Se parecerá terriblemente a este gobierno.
Lo que no pueden tolerar esos algunos es que el hombre que se dedica simple y llanamente a ser hombre y, digámoslo antes de la crucifixión, hacer cosas de hombre, se vaya de rositas.
Puesto que hace lo que hace en tanto que hombre y por ser hombre. No por estar zumbado o loco, no por ser el concreto ser malvado que es. Ni por ser un arbusto tibetano. Me pregunto qué interés hay en hacer a todo hombre culpable de la locura de ese hombre concreto. 

Ahí estamos, a la defensiva en un partido que no sabíamos que se jugaba cuando ya ha finalizado la primera parte. Debe ser que para esos algunos los hombres somos asesinos por ser hombres; y deben suponer también que no estamos hasta las narices de ser “estigmatizados”. Tendrían que explicarlo sin medias tintas: ¿Qué decís que soy un asesino en potencia? Pues gracias por advertírmelo, oídme, no tenía idea.

Ahora voy y me tengo miedo. ¿Dónde tengo que arrodillarme para pedir perdón? ¿En el altar del feminismo? ¿Ante los Black Lives matter? ¿Ante el orgullo gay?
Ser hombre y ser blanco y ser hetero son factores de pecado por sí solos; ya cuando se juntan, ¿para qué quieres Satán? Quiten las parrillas que voy pallá. A fuego lento, por favor, que sufra mucho y nos aseguremos de que purgo las tres culpas. 

- Que yo no he venido para meterme con nadie.
- Tú te callas, blasfemo, fascista.

A todos esos algunos: ¿no podéis poner ni un ejemplo de hombre bueno? ¿Ninguno? Desgraciados. No está muy lejos de esa percepción la ley de violencia de género, ley que aborrezco con todas mis fuerzas. Por enemiga de verdad y soluciones.

Me parece de un simplismo y mezquindad que jamás conducirá a nada fructífero en la lucha contra la violencia doméstica. Porque digan lo que digan los promotores y los defensores de una ley que ha demostrado su fracaso absoluta en estos últimos 20 años, la violencia en el hogar es violencia doméstica. 

Sin ahondar más en esa bazofia ideológica, pregunto a esos algunos- que tengo por muy desgraciados- ¿No podéis poner ni un ejemplo de hombre bueno en vuestras vidas? ¿Ninguno? Desgraciados.
Para despistados repito de nuevo. Un aspecto particular en todo lo que está ocurriendo respecto a los movimientos que convulsionan a la sociedad: nadie, salvo los actores, actrices y actoras que despliegan la agenda del odio y el rencor, puede plenamente consciente de lo que está pasando.

La vieja normalidad - la de las relaciones entre personas, hombres, mujeres- sobrevive mal que bien, no sabemos hasta cuándo. Aunque ahora caminando en penumbra con el temor a una inquisición en los visillos, en las redes. Infinitamente peor que la de Torquemada. Porque para esta inquisición no hay tribunales donde los reos de la vieja fe  y apóstatas de la nueva puedan defenderse. 

Vamos a remolque de la ingeniería social con el conocimiento justito de lo que esos pastores quieren del rebaño. No tenemos en ningún momento la iniciativa. Sí, esta es la batalla cultural que tantos negáis. Va de esto.

Signo distintivo del animal de rebaño es mirar con ojos de cordero a los pastores. Sí, la primera parte del partido ha finalizado. Ni José Francisco sabe cuánto queda, José Francisco.

Oprimir, victimizar, estigmatizar. Aprendeos la palabra y arrepentíos, hijos suyos.

¿Qué te ha parecido?

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