Voyeurs, swingers, onanismo y otras formas del sexo escritor



Escribir sustituye, como el chocolate —o eso dicen del chocolate—, la tensión sexual. Escribir es, de eso sí que no tengo duda alguna, como desnudarse y desnudar; como descubrirse y descubrir; como dejarse espiar y ser un mirón; como practicar en la cama arriba o abajo; como degustar o ser degustado.

Escribir no es un don. Escribir es el arte del buen practicante del sexo. Y no, no es un don. Es un aprendizaje continuo, una experiencia acumulada, un interés por querer conocer a tus parejas —sí, escribir es una forma de poligamia— para proporcionarles mayor placer; una huída de los pacatismos, de las uniones unidireccionales, de la fidelidad… Escribir es como ser partícipe y promotor de una orgía donde de lo que se trata es dar y recibir placer sin mirar a quién. No se puede ser puritano.

Existe un onanismo literario que es como la primera forma de experimentar que al principio nos enriquece, por cuanto sirve para conocernos, para probarnos, para autorreconocernos en algo que, hasta entonces, nos aparecía como desconocido cuando no prohibido por nuestros propios tabúes; sin embargo, la mucha autocomplacencia, al final, nos empobrece. No salir, que no no exteriorizar, aunque también, de esa zona de confort en la que se instalan las ansias propias. Escribir es un proceso de autoconocimiento, sí, pero, sobre todo, de investigar y descubrir. Sobre todo eso. ¿Por qué resignarlo?

Sin embargo, no hay que desvirtuar este arte. No se trata, incluso, de prostituirlo. No todo vale. No se puede vender al mejor postor, aunque eso es muy atractivo aun a sabiendas de la pérdida de tu libertad creativa o, casi más importante, tu personalidad. La escritura que acaba encamada sin más placer que el de ser una bien pagada acaba por ser abandonada, olvidada. Pierde esa fiereza de quien se desvive por la aventura, pierde esa virtud de la profundidad, pierde esa frescura del probar cosas nuevas, pierde esa certeza de ser siempre deseada, para convertirse en una caja registradora que se limita a cumplir lo que le piden.

La escritura, por supuesto, hay que practicarla a pelo. Nada de plastificar, nada de reservorios en el que se deja escapar en inútil esfuerzo el germen de la creación. Y antes, como en el sexo tántrico, retroeyacular; contener hasta la máxima sensación y favorecer un continuo flujo de orgasmos hasta quedar extenuados, que no ahítos, para seguir disfrutando y hacer disfrutar. Y conste, que sé que nada de lo expuesto es siempre fácil. No solo es inspiración, también preparación y, como decía Picasso, disposición. Hay que estar en un constante intento de querer crear.

Escribir, como todo tipo de práctica sexual, conlleva la aquiescencia animal por querer dominar y así pretendemos intrigar, interesar, atrapar y, por fin, hacer nuestro al lector para inducirlo a un estado que se conduce entre el sometimiento a nuestras letras y al placer a través de ellas; y de quien le diga que esto es falso, dude.

Por supuesto, también, como en toda práctica sexual, hay quien le gusta ser dominado; entonces hemos de jugar a ser zorros. Astutos. Sin caer en ese meretrizaje que decía, ver qué quiere el lector de nosotros y darle, por qué no, el gusto de dirigirnos pero manejando, como escritores, la situación. Ser voyeurs, esos mirones de los que antes hablaba, y aprender primero para satisfacer después. ¿Por qué no?

El escritor tiene entre sus manos el poder fálico de una pluma —permítanme la poesía de este instrumento— o el más femenino del teclado; de la fricción de sus dedos sobre las teclas en un ardor incandescente, si hablamos de este último, por hallar la palabra, la frase, la expresión que haga explotar en un frenesí literario al espectador. Y si hablamos, precisamente, de poesía, su erótica consiste en ser el punto G de la literatura. Tan difícil muchas de veces de encontrar y tan extático cuando se toca.

Escribir, insisto, no es un don. Yo no lo contemplo así. No en el sentido de facultad sin más mérito que la gracia divina. Es un arte que aporta mucho placer; y más de un gatillazo, faltaría más. Pero eso puede dar para un tema aparte: «Te prometo que no sé qué me ha pasado». ¿Les suena? Pues a los escritores también. Y mucho.

De momento, les dejo esta práctica sexual tan desconocida, tan temible para quienes se quieren atreve a ejercerla y tan maravillosa y tan decepcionante, a veces, a la par para aquellos que ya nos abocamos a ser unos swingers o, si quieren, unos amantes desbocados del experimentar con la literatura y, por supuesto, lejos de importarnos del sexo lector.

Sirva como última reflexión, que la experiencia acumulada puede, y hasta suele, caer en la costumbre y con ello en el tedio. Cuídense de ello, si no se pierde la pasión.

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