No es país para viejos


¡Sobráis! ¡Moríos! No es país para viejos. España necesita de sangre joven, de sangre revolucionaria, de sangre sin más. Y vosotros, vosotros no tenéis ya más que mortero por vuestras venas calcificadas. Vosotros no tenéis sangre, solo tenéis un río plúmbeo que os riega desde el corazón y que, como un termómetro, os sube como fiebre y hace que deliréis y digáis paparruchadas que hablan de otros tiempos. Los que fueron los vuestros, pero no estos.

 

No nos hagáis perder más fuerza vital contrarrestándoos. Humillándoos teniendo que limpiaros la baba o la mierda que ya se os cae cuando hacéis algún esfuerzo por darnos algún azote. ¿Qué os creéis? Sois lo decrépito de la sociedad. Los muertos vivientes; inútiles, parasitarios, comecarroñas mantenidos a base de migajas mensuales, en muchísimos casos, en forma de limosna. ¡Desapareced ya!

 

Lo ha dicho una portavoz socialista: «Ahora nos toca a nosotros», en alusiones a los viejos dinosaurios de su propio partido que rugieron cuando la actual caterva política gobernante se saltaron todas las líneas rojas que dijeron no iban a saltarse y dejaron en manos de quienes no nos quieren como país unido nuestro futuro más próximo. Se lee entre líneas, y si alguien no ha sido capaz de verlo tiene un grave problema de ceguera. Grave, preocupante. 

 

Pero no solo fue este lastre de portavoz la que lo dijo. Desde las filas del socio de Gobierno, también se soltaron soflamas acerca del deseo de la desaparición de los viejos. Fue en elecciones, no hace tanto. Argumentarios, por decirlo así aunque en realidad fueron vomitarios, sobre el voto de estos y su obstaculización para crear una sociedad a la medida de la nueva (¿?) ideología. No valen ya sus votos. Sus votos apestan a franquismo, a todo lo contrario a la libertad; no como los suyos, que excretan una masa bien compacta de hez hecha doctrina. Porque, para ser sinceros, un pensamiento que no respeta la diversidad de opinión, aunque no se comparta, para mí, solo es eso: hez. Y diferenciemos aquí entre los idearios partidistas, casi siempre sometidos a disciplina, y los personales, que son los realmente importantes.

 

El viejo en España, por concretar, es un estorbo. Es un estorbo, claro, si la valía de su experiencia choca con las nuevas líneas rojas pintadas sobre arena, que puedan borrarse con facilidad. Hoy, niñatos de diecipico, veintitantos, treintaypocos y treintaymuchos y hasta cuarentones hablan de la Guerra Civil, del franquismo, del ¡Régimen del 78! como si tuviesen la autoridad para hacerlo por haber vivido estas épocas. Y oigan, sobre el «Régimen del 78», que es la forma despectiva de llamar a nuestra actual y autominada democracia, ¿qué bilis pueden escupir estos supremacistas de la hipocresía? ¿Y cuándo hablan de los gozos del socialismo y comunismo más recalcitrantes, de una II república fallida y ominosa por su falta de libertad de pensamiento y creencias, de no sé qué zarandajas que se nos han vendido como verdades envenenadas a la que una gran parte del país asiente desde la ignorancia histórica más supina y terrible?

 

Sí, entiendo que para estos sobren los viejos. Que no sean más que bocas a callar en muchos casos, porque la verdad es la única arma que sin clavarse, hiere, pero me quedo con la exposición de un viejo, ya muerto. Un califa cordobés del siglo XX, rojo como la bandera de la extinta URSS que mantuvo en su taifa comunista la máxima programa, programa, programa sobre la decencia en la política:

«[…]que midáis a los políticos por lo que hacen, por el ejemplo. Y aunque sea la extrema derecha, si es un hombre decente y los otros unos ladrones, votad al de la extrema derecha. Votad al honrado, al ladrón no lo votéis aunque tenga la hoz y el martillo. Esta es la diferencia de un pueblo inteligente».

Julio Anguita González, en la Asamblea Local de IU en Coín (Málaga), 2015

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