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2.10.20

La dedicatoria




Ya habían pasado dos años desde que empezaron a salir. Él era una persona reservada y seria, ella todo lo contrario, y la pareja funcionaba quizá por aquello de que los polos opuestos se atraen; aunque a Marina le irritaba que fuera tan cerrado sobre su vida pasada y no contara nada de sus relaciones anteriores, cuando ella no tenía secretos.

 

Poco a poco, aquí y allá, había recopilado información, su anterior novia, de la que estuvo muy enamorado, le había roto el corazón. Quizá por esa razón era tan reservado.

Le hizo sentirse insegura cuando los amigos de Lorenzo le comentaron que Sabina (¡hasta el nombre lo tenía bonito! Pensó ella) era una mujer espectacularmente guapa, alta, voluptuosa, muy sensual vistiendo, inteligente y divertida. La pintaban como una súper modelo, algo diametralmente opuesto a como ella se sentía.

Lorenzo era cariñoso con ella, pero a veces sentía como si él estuviera ausente, a miles de kilómetros; en especial cuando tenía la mirada melancólicamente perdida en el vacío, y tras ella preguntar, su novio simplemente decía que tal o cual cosa le había recordado algo; y cuando ella preguntaba qué, él cambiaba de conversación. Después de aprender cómo era la otra, estas cosas le mosqueaban mucho, y estaba tremendamente celosa. Se sentía sospechosa de los silencios, donde su imaginación volaba y rellenaba todas las preguntas sin respuestas con posibles escenarios en la que ella pasaba a un segundo plano.

 

Pero lo que más le irritaba y le hacía sentir con la mosca detrás de la oreja, era cuando a veces lo sorprendía mirando algo en su cartera, y él actuaba nervioso, o elusivo. La vez que le preguntó directamente y le pidió que le mostrara qué era eso que parecía que era tan «interesante» tuvieron una pelea gorda sobre privacidad y el espacio entre la pareja. Esa actitud le hizo sospechar aun más.

 

Tras hacer las paces y pasar una noche de pasión en su apartamento, de madrugada se levantó con sigilo para hurgar en su cartera. Cuando encontró lo que Lorenzo miraba tan a menudo, se le cayó el alma al suelo. Era una fotografía de su ex novia (espectacular era un adjetivo que se quedaba corto para describir su belleza) con una dedicatoria que decía: «Para que cuando tus labios me olviden, que tus ojos no lo hagan».

 

Cogió toda la ropa de él, la tiró por la ventana al tejado de la casa de al lado, y en bolas en pleno invierno lo echó de su apartamento a la calle diciéndole: «Para que cuando tu nabo me olvide, tus pelotas congeladas no lo hagan».

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