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27.7.20

Carlos Obregón, poemas de fuego nocturno para acompañar el verano



Más allá de que estemos en verano, la poesía es buena compañía en cualquier estación de la vida. No obstante, en estos días calurosos cuando el sol nos mira de frente, no está demás “conectarnos” con una poesía de fuego nocturno. La selección de poemas que compartimos con los lectores de LETRA LIBRE pertenece al poeta Carlos Obregón (1929-1963), quien viviera los últimos años de su breve pero intensa vida, entre una Ibiza, un Deyá y un Madrid que sólo en su poesía ahora existen. Los poemas que compartimos pertenecen a sus dos únicos libros, Distancia Destruida (1957) y Estuario (1961). Esta selección está dedicada con todo nuestro cariño y gratitud, a Marisa Torrente Malvido. Feliz verano, y que el fuego nocturno os caliente el alma.

Del libro Distancia Destruida

VI
Cerca de tí, cuerpo de eternidad, tierra amada.
Tu voz, tierra de siempre, siempre amiga.
Nostalgia, esperanza de yerba en el silencio,
hoy te espero, escucho tu principio
como una brisa nueva,
porque algo vive hondamente en la memoria
de los viajes
y tu morada de luces crece entre los árboles
invadiendo el espacio.

Luego, en la ausencia de todas las palabras,
El sol y las horas poblaron la tierra,
La promesa futura, lo antiguo del cuerpo de la tierra.

VII
Paz. Paz arquitectura.
Paz entre las fugas ciegas

o a veces como estrellas o golpes de algún río tranquilo.
¡Oh noche! ¡Oh noche arquitectura!
Esta es la luz que danza como una ave,
como un ritmo de luna que se agita en el sueño.
Paz y guerra. Guerra densa como una roca viva.
Guerra vencida en la paz como el día en la noche.
Sueña, sueña oh paz arquitectura.
***
Rezar es preguntarse por qué la hierba crece
Por qué el trigo gravita santamente en su espiga.
por qué la tierra se entrega en su alabanza
cuando mi ser la cubre.

X
Ciudad increible que redime las horas.
Frío sagrado, pinar entre las voces.
Tiempo vivo, mar ensimismado.
Noche vertical, noche que guía la soledad,
el peso de la ausencia.
No todo es la profunda penumbra que nos niega.
Enfilada en la espada nocturna
como oración oscura que emerge del olvido,
algo desciende, escarba la nostalgia:
otra vida, quizás, otra ruta que guíe
las naves en la noche.

XVIII
Noche plena del alma,
silencio sin fronteras poseído en su cuerpo
y la voz secuestrada
entre las últimas radas del nombre verdadero,
nombre vivo de mar en multitud de aves transitorias,
soledad ungida, Ibiza santa y clara.
Voces siempre distantes
en el rumor de las más altas fronteras.
¡Ah! Vedrá, roca milenaria medida para siempre
en sus piedras de fuego,
volcada hacia sí misma como el viento en su rumbo:
Hoy te hablo, hoy te escucho:
Este es el día de la más alta alianza.

XIX
¿Dónde está el espacio, cumbre sideral
Sumergida sin luz en la noche infinita?
¿Dónde está el tiempo hecho cuerpo de piedra,
La presencia inviolada,
El último contacto de la lanza nocturna?
Siempre, altas rocas, amigas presentidas
fugazmente en los sueños,
siempre los ríos del mundo fluyen indestructibles
desde la clara aurora hasta los lentos mares
y como espadas abren caminos silenciosos
entre bosques aún más densos que el verbo despojado.
Así, en procesión inacabable,

con la distancia perdida en su vital promesa
se alejan las palabras del hombre hasta el abismo
humildemente ungidas por el corazón del silencio
como antiguas raíces entregadas ciegamente
a la eterna lucha del fuego y de la tierra.

He aquí la elación austera de tus torres
proyectadas hacia una nueva liturgia
de golpes y naves templadas por la noche.
Mira, combada en las montañas
está tu historia en multitud de pasos
que anuncian la cadencia de un canto solitario.

Asciende. ángel, asciende hasta tu origen.
este es el simple hecho de amor que tú has buscado:
estar en esta isla y escuchar el viento
que pasa y deja una leyenda.

Del libro Estuario

En El silencio del fuego

El alma sola y alta.
Ni la huida del tiempo
ni campanas de sombra en el lenguaje.
Amante despojado,
tras perdidos augurios
irse hacia adentro y perdurar de asombro,
irse hacia el fondo ardiente de la noche.

El amor como el fuego nace
De sí mismo y en sí mismo
Hacia lo eterno se despliega
recreando su sustancia
en éxtasis perpetuo
alba de fulgurante hallazgo
amor que es floración de fuego.

Mira hacia adentro
Y palpa lo que queda
Mira el ser hacia ahora
Hacia el guijarro
Y la espuma plateada.
Escucha lo que vibra
en el cristal del día
y en la tarde perdura
como una ave en la fronda
No avances con las horas
simplemente atestigua
la santidad del viento
y cuando cese
su viaje gigante
en silencio bendice
el insecto que roe
el siglo de la carne.

Luego deja lo tuyo
a la sombra de un olmo
y en contemplar señero
recibe en la pupila
el rostro de la noche.

Roca viva en milenios
llama de piedra contra el tiempo
conjuro matutino
tras el rezo
del mar
tras el silencio
rito del ser bajo la ausencia
roca de sol sediento
extiende su clamor
su santa guerra
desde el alba domina
el ángel
que atestigua
el verbo sumergido
unidad que se adora
y lo proyecta.
(El Vedrá)

Cada instante surge del mar y al mar retorna
peregrino del viento y de las olas,
dejando tras las cosas un lamento
de vastas oquedades sumergidas.

Cada roca se erige en tensa arquitectura
contra el fragor del mar y de la ausencia,
ángel de piedra bajo el viento ungido,
templo macizo de rebelde espuma.

Cada pájaro sigue en lo azul del alto vuelo
como en fuga constante de sí mismo,
la plegaria lejana de la estrella,
la quietud de la soda y de la espiga.

Cada noche encierra un alba de hondo fuego,
secreta estancia donde el ser espera
el mudo testimonio de los ojos
que rezan ciegos tras la luz del tiempo.

Sólo en Gracia el alma percibe lo que es suyo,
Desde Dios nace y hacia Dios gravita
Con la encendida herencia de su gloria,
Redimida en desierta luz sonora.

En Días del Monje
A veces,
al caer la noche,
temo entrar con mi cuerpo
en tu vasto silencio.

Y sin embargo,
entre los cirios
hay algo que ya es mío.

Tu misterio es tan hondo:
Estas solo y te amas.

Lo que veo es muy sencillo
Pero lo que no veo
es aún más sencillo.
Desde tu hondura veo
Contra la noche
Un ciprés y una rosa.
Y lo que no veo
Solamente es tu hondura.

Me hiciste monje
Para cerrar los ojos.

Antes de vísperas,
te espero como un árbol
Y la brisa deja entre las ramas
Palabras tuyas y sedientos salmos.
Luego, me pongo la cogulla
y me escondo en mi mismo
sin saber qué decirte.

Porque nada sería mi voz
en tu enorme silencio.

Bogotá, 16 de julio de 2020

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