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2.6.20

Brizna de luz: la nueva esperanza







Fueron meses de confinamiento los que tuvieron días largos, como años, y nos parecieron un tanto monótonos; aunque, poco a poco, se fueron acortando en la medida que nos hemos ido incorporando a la sociedad; todo gracias a las rigurosas fases o expuestas salidas, que son las que nos han ido preparando para un verano que se nos presenta como un pequeño respiro: especie de brizna de luz que invita e ilumina a la nueva normalidad.

Un proverbio dice que “la esperanza es lo último que se pierde", ya que cuando se carece de ella se marchitan las ganas de vivir, tal vez porque se haya mantenido con anterioridad una desesperada lucha; de cualquier forma si dejamos de creer en los sueños, es probable que entremos en una fase de decadencia o deterioro cognitivo.

Según Aristóteles "esperar es como soñar despierto"; por eso, muchos de nosotros, aunque temamos por el inminente futuro, aguardamos como agua de mayo el anuncio de la vacuna para combatir o neutralizar el COVID-19, con el fin de proseguir con nuestras metas. La mayoría somos conscientes de que atravesamos una etapa complicada en todos los ámbitos: en el mundo, en España, en nuestra región y, también, en nuestras familias; incluso hay momentos en los que apenas pudieran restar sueños en nuestras vidas, porque, en la medida que se generan, contemplamos con impotencia cómo se desmoronan; hay quienes han pasado por circunstancias en las que no hay cabida siquiera para la lucha (cada familia porta su cruz: las muertes por coronavirus), pues la que no padecen problemas económicos, tienen mayores o estudiantes a su cargo o corren otro tipo de riesgos.

Aferrémonos a la esperanza como “ valor medio de una variable aleatoria o de una distribución de probabilidad”; la que nos llevaría a luchar para superar la adversidad, pues el hombre necesita metas, forjar sueños, y, para ello, la esperanza es un ingrediente indispensable, porque “donde la esperanza no existe, no puede existir el esfuerzo” personal (Samuel Johnson).

Los sueños nos mantienen vivos e ilusionados: planeamos un futuro más placentero para cambiar aquella circunstancia que nos desagrade o las que se nos presenten; en definitiva “la esperanza es el sueño de los que están despiertos (Carlomagno) lo que, en cierto modo, corrobora el pensamiento de Aristóteles, inicialmente expuesto.

Dilucidemos por un instante a W. Goethe, cuando refiere que “la esperanza es la segunda alma del desdichado”; ésta posee diferentes prismas, entre ellos está el punto de vista cristiano, que habla de la esperanza como una virtud teologal; la que, junto con la fe y la caridad, son fuerzas que mueven montañas; dijéramos: son actitudes positivas que predisponen o ayudan a aquellos que desean alcanzar sus objetivos. Tener fe en sí mismo es fundamental para albergar la esperanza de superarnos; otro válido ejemplo es el de San Agustín, nos dice: “Donde no hay caridad no puede haber justicia".

Es preciso encontrar sobradas razones para mantener vivas las esperanzas: Llegarán tiempos mejores en los que veremos poco a poco la luz e iremos saliendo (con fe en nosotros mismos, esperanza en el futuro y ¿la caridad de Europa?) de este oscuro pozo en el que nos hallamos metidos; por tanto, no debemos tirar la toalla, pero, tampoco, debemos quedarnos en el extremo contrario: En medio está la virtud. Prestemos atención, pasados los meses de estío, ya que pudiera volver un repunte; por tanto la prudencia obliga a mantener medidas higiénicas: toda cautela es poca, sabiendo cómo se está expandiendo el virus por el mundo. No olvidemos pues que, gracias a los exhaustivos controles, estamos disfrutando de cierta libertad de movimiento.

El político y escritor checo Václav Havel, (1936- 2011) nos dice que “la esperanza no es lo mismo que el optimismo. No es la convicción de que todo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de como resulte"; en tan caso es una actitud abierta ante la vida: sin ella, es probable que naufragasen los proyectos que emprendiéramos o tuviéramos en la mente, entre ellos los poéticos:

NUEVA ESPERANZA.

Es un gesto, me prevengo: ¿Seré adicta a la esperanza?,
y no tengo más remedio que contemplar mis palabras
temblorosas, de unos versos que amanecen junto al alba
entre deseos y huidas que experimenta toda el alma...

No sé si se irá, un día, la pasión que en mí ser se instala:
cuánto me enajena la vida, el corazón, las entrañas,
con los desvelos de lluvia, una visión perfecta de alas,
donde aliento soledades y perfilo mi atalaya.

Con el verbo y la existencia se inflama toda bengala.
Allá, en honda quimera, fluye la luz que me ampara,
perciben profundos ojos, la oscuridad constelada.

Donde moras, reina el fulgor: ¡Dime que tenga esperanza!
Y aquel gesto me fulmina con su fragor de alborada: ¡Ah!,
cataratas de sonrisas... y en mi boca ¡una metáfora!

Al amor del verso, especie de brizna de luz, se forja las esperanza: Os trasmito mis ganas de soñar, entre metáforas: nuevas ilusiones para construir un poético camino; porque el ser humano no puede permanecer solo con recuerdos, es preciso que entren a formar parte otros elementos en su vida, ya que “todo recuerdo es melancólico, y toda esperanza, alegre (Novalis); vivamos pues el presente introduciendo más elementos en nuestra existencia; entre ellos está la esperanza que nos da luz propia, la caridad que nos lleva a compartir y saltar de gozo; sin olvidar la fe que nos mueve a concluir la meta; es por eso que el hombre avanza, cuando camina y ve realizado sus sueños.

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