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19.4.20

Lo que les quedó por vivir



Era marzo, quizás antes, cuando visionaba cómo pasaría la Semana Santa, la Feria… y, algo más allá, esos anhelados días del verano donde tendría todo el tiempo del mundo para relajarse. Y esta vez en serio. En julio, al fin, se jubilaba.

Era una jubilación deseada; acababa de ser abuelo y no quería dejar de pasar un solo minuto junto a Laura: su primera y única nieta. El verano, porque en Semana Santa y Feria sería improbable, sería el momento idóneo para dedicarse a compartir ratos de playa con su chica que, para entonces, ya tendría unos cinco meses. Irían a la misma playa a la que acudía, desde siempre, con su hija y su mujer, Rafi —Rafaela—, que había fallecido hacía ya dos años por el maldito virus de la UCI. Una afección respiratoria se complicó demasiado y su EPOC, enfermedad que compartía con su esposo, hizo el resto.

A sus sesenta y cinco años no destacaba por nada en particular en el barrio; su trabajo, siempre tras su escritorio en la empresa donde llevaba más años que las gárgolas de la catedral, no le granjeó reconocimiento alguno más allá del favor de sus compañeros que, con cariño, le decían don Salva.

Salvador pasaba las primeras horas de la tarde paseando por la Alameda, San Lorenzo hasta el Duque, y gustaba de recluirse en la cafetería de Los Niños del Flor, en la mesa de esquina que da junto al gran ventanal que confluye entre las calles que dan entrada al vetusto local, acompañado de los arrugados y manoseados por aceitosas huellas Diario de Sevilla y ABC junto a un café cortado y una media tostada con mantequilla.

Entre sus ilusiones estaba volver a visitar el Madrid de los Austrias; aquel bellísimo lugar al que fue en su viaje de novios, allá por los años setenta, y rememorar los días que se esfumaron junto con su Rafi; fueron su hija y su yerno quienes, aprovechando un viaje frugal de fin de semana, le conminaron a ir con ellos. Salvador se negó en un principio, aunque fue un no pero sí; no tuvieron que convencerlo demasiado.

En su estancia, tan fugaz como su visita, solo pudo pasar casi de soslayo por aquel Madrid que respiraba grandeza y que tanto le había impresionado hace ya más de cuatro décadas. Cuánto había cambiado Madrid y cuánto había envejecido él. Cuántos recuerdos por aquellos lugares tan ajenos y, a la par, tan suyos.

Si tú supieras que tu madre quería que su primer niño tuviese aires castizos —dijo a mirando a su hija. ¡Papá! —le recriminó esta.

Al volver a Sevilla, con el sofoco de la memoria alterada, con una primavera que empezaba a pasearse airosa por sus calles, con ese olor a azahar restregándose por los sentidos y una cuaresma que recién se desperezaba, pensaba ya en el próximo Jueves Santo. Hermano de Montesión desde que tenía recuerdo acudiría, como siempre, a recoger su papeleta de sitio, aunque para tenerla solo de manera testimonial; sus achaques hacía años que no le permitían ir junto a su Virgen del Rosario. En un arranque de orgullo hortelano, solía decir que la suma de las cuentas de los rosarios que pendían de los varales eran los años que él llevaba en su hermandad.

Salvador, un diez de marzo, no pudo acudir a su puesto de trabajo. El fin de semana anterior había tenido décimas de fiebre y un malestar que llegó como el frío en otoño en esta tierra: por sorpresa. Su hija, a base de mucho tirar de él, lo llevó a Urgencias. Una mancha blanca en el pulmón delataba una aparente neumonía. Salvador no saldría del hospital aquella mañana, y solo se lamentaba de que esa tarde no podría hacer su itinerario habitual de cada día desde su calle Feria hasta el Duque.

El día dieciocho, tras haberse agravado su estado en aquellas jornadas; tras un aislamiento que casi lo remató del disgusto, y en el que solo se animaba al oír la queja suave y ajena de su nieta en la llamada puntual de su hija, Salvador moría en la más inesperada soledad. Salvador, como su mujer, Rafi, murió por mor de un maldito virus y su EPOC hizo el resto. Pero Salvador no tenía que morir todavía.

Ese maldito virus, que asoló como la onda expansiva de una bomba invisible, se llevó las ilusiones, el futuro más inmediato y dejó la vida con muchas cosas a medio hacer. A Salvador, como todos los que perecieron bajo la inasequible guadaña del mal bicho, no les tocaba formar parte de una macabra y fría estadística. No les tocaba morir aún. No este año. Al menos no así.

Lo que a muchos les quedó por vivir es un débito que merece, como poco, menos aplausos y un minuto de silencio y recuerdo.

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