Los de algún día


Y algún día, abuela.
Os voy a decir la verdad: No sé cómo empezar esto. Solo sé que, sin empezar, ya tengo una conclusión: los abuelos también sueñan. ¡Vaya evidencia!- diréis algunos, y claro que sí. Por ser tan evidente pasamos de largo por los sueños de los abuelos. Y eso debería estar tipificado.

Los abuelos, que se han ganado el derecho a la tranquilidad a base de madrugar, de trabajar, de aportar, soñaban con que algún día invertirían su pensión en mal criar a los nietos, en llenarlos de caprichos los dos meses de verano que pasarían con ellos en el pueblo, y el resto del año les mandarían un paquete gigante al mes. Con mucho chocolate, embutidos, juguetes y libros. Porque los abuelos se enorgullecen cuando ven a los nietos con un libro. Y es que al ser humano nos fascina aquello que nunca tuvimos, aquello que nunca pudimos hacer, que nunca nos enseñaron a hacer.
Algún día irían dos semanas al año a Benidorm, con más jubilados, y volverían a tener veinte años. A la vez que verían a personas muy rubias hablando “muy raro” porque, claro, “tepajati” o “belai” son las expresiones más normales del mundo.
Y verían el mar y pisarían arena fina, jubilados y por primera vez en la vida.
Con su pensión, con sus hijos trabajando y sus nietos creciendo tan guapos, tan sanos, tan fuertes y con libros en la mano. Porque sus nietos son los mejores nietos del mundo. Y a ver quién le discute eso a unos abuelos.

Y llegó vuestro algún día, abuelos, pero ¿qué ha pasado con el destino de vuestra pensión? No hay rubios que hablen raro, ni paquetes cada mes, ni quedan restos para algún capricho. Ni nietos con libros, porque el pan es mucho más importante que la letra. Porque si hay que pagar la luz de tu hermana, no hay un balón para tu hijo. Porque no se pueden dar patadas sin luz. Eso es de primero de fútbol.
Y ahora, ¿qué soñáis?

Y ahora, abuela, cada vez que te digo que todo es una mierda, me consuelas con aquello de que algún día. Y yo, si tú me lo dices, me lo creo. Porque no soy la mejor nieta del mundo, ni la más lista, ni la más guapa, ni la más sana, pero soy tu nieta, y punto. Y mientras, tú me hablas de que rezas cada día para mi algún día. Y eso tampoco te lo voy a discutir a ti. Y algún día, abuela. Y algún día, abuelo. Y ¿qué soñáis ahora?

Una vez un amigo me dijo que estaba orgulloso de su formación académica, pero no por él, sino por sus padres. Para mi buen amigo es un orgullo tener estudios porque sus padres se han esforzado toda la vida para él y sus hermanos tuvieran eso. Ese era el objetivo de sus padres. Objetivo conseguido.
Me lo dijo, y yo me quedé pensando, y llegué a una conclusión muy sencilla: “hostias, es verdad”. Y luego luego ya se añade la vena pasional que cada uno tenga.
El sueño de todo los padres era que sus hijos fueran a la Universidad para “ser alguien en la vida”. Estoy totalmente en desacuerdo con que por el mero hecho de ir a la universidad ya “eres alguien en la vida”. Conozco mucha gente que no ha pisado un campus en su vida y es mucho más que los que hemos pateado más de uno.
Pero estoy muy a favor del sueño de los padres. ¡Y qué bonito sueño! ¡Y qué padres más maravillosos! Porque, independientemente de lo que nos vendan ahora, la formación es el camino, es la oportunidad y es el futuro. Y eso es así.

Y esa cartilla bancaria no se toca porque es para cuando el niño empiece a estudiar. Y este dinero va a la hucha para cuando el niño empiece a estudiar. Y esto no es para vacaciones porque algún día el niño empezará a estudiar. Y vamos a ir recortando en caprichos que el niño va a empezar a estudiar ya mismo.

Y ya no hay cartilla bancaria para los estudios del niño. Pero estáis vosotros para cada vez que nos rechazan un currículum, para cada “ya te llamaremos”, para cada vez que no “encajamos” en un perfil, para abrazarnos cada vez que nos volvemos locos y lloramos y gritamos y desbordamos rabia, para cada vez que se nos va la lucidez. Para cada vez que nos cansamos de esperar nuestro algún día. Para quitarnos piedras del camino. Para espantar a nuestros fantasmas.

Gracias, padres y madres, por darnos lo más bonito del mundo. Por dejar de tener para que tuviéramos nosotros. Porque algún día todo merecería la pena. Por no creeros nunca aquello de que ahora cualquiera quería estudiar.
Gracias por prepararnos para la vida, aunque la vida ahora sea otra cosa, pero, quién sabe, quizás algún día.

Luego venimos nosotros. Los hijos que estudiamos para que algún día.
Y fuimos a la universidad o a la formación profesional. Y estudiamos idiomas para que algún día.
Y ya no respondemos a la pregunta de ¿qué quieres ser de mayor? No, ya somos lo que queríamos ser de mayores.
Y ser mayores no es el algún día que nos habían pintado. No es el algún día porque algunos no han querido que sea el algún día tan luchado. Y no, no es el algún día para nosotros, pero sí para otros.
Algunos seremos los eternos del algún día. Algún día, hijo. Algún día, hija. Algún día.
Y si hay algo que tiene mucha relación con ser mayor es el trabajo. Y es que te rechacen, y que no encajes, y que sí pero no, y que es que te falta saber inglés.

Aceptamos lo del inglés, venga. Nos fuimos a Reino Unido.
Algunos nos fuimos porque queríamos aprender el idioma, pero es que a otros no les quedó más remedio que irse. Y cierro nuestra casa y dejo el coche en el garaje y adiós al café de cada tarde en el bar del barrio. Adiós.
Sea por lo que sea, pero nadie se va por capricho. NADIE.
¡Y qué felicidad cuando mi abuela me mandaba el lomo! pero yo quería comerme el lomo en la camilla con mi abuela y su brasero de picón. ¡y qué lujo! las cervezas que me mandaba mi hermano, porque sabe al cerveza que me gusta, pero yo quería cervecear con mi hermano. ¡Y qué bien, que cada vez mi niña de colores pintaba mejor! pero yo quería verla aprender a pintar.

Eso yo, que volví. Y sabía que iba a volver.
Imaginemos los que se quedan, porque “no queda más remedio que quedarse”. Y el bar del barrio cada vez más vacío y las agendas de amigos cada vez con más kilómetros de distancia entre sus páginas.
Y los padres aquí. Toda la vida para que algún día.

Y volvimos con el inglés para seguir siendo los eternos del algún día. Un algún día que han ido sembrando generación tras generación, pero que nunca llega. Un algún día abstracto, imaginario. Un algún día que nunca será un día.

Y luego están los que sí tenían ya su algún día pero, de repente, alguien llegó y escupió sobre su algún día. Y adiós. Y ahora no encajan por edad, por falta de formación, por sobre formación, por tener mucha experiencia. Alguien les robó su algún día, y no hay intenciones de que nadie se los devuelva. Y los padres de los que ya tenían su algún día, y los abuelos.

Y están también los que querían tener su algún día, pero alguien decidió que no podían tenerlo. Que la cartilla de los estudios del niño era muy pequeña para lo que iba a costar la universidad. No. Ellos no podían tener, ojo, no podían tener derecho a tener su algún día. Aunque su algún día fuera ser el mejor oncólogo del mundo. No, no podéis tener ese gran día. La cartilla está muy flaca.

Y luego están los que han tenido su algún día fuera del país. Pero eso no es tener tu algún día. Porque en tu algún día tienes que abrazar a tus padres. Y han tenido su algún día fuera del país, porque alguien se empeñó en que no lo tuvieran aquí. Los que se formaron en España y no les queda más remedio que invertir sus conocimientos en otros países. Esos del espíritu aventurero, que decían algunas. ¡Cuánta ignorancia, por favor!

Yo, a veces, me canso de escuchar lo de el “algún día”. Me canso muy a menudo. Pero cuando me canso, pienso que algún día me dirás que te acompañe a la ermita que están allí las vecinas, cogerás dos rebanadas de pan tostado integral, yo te sujetaré el brazo, te diré que las comas en casa tranquilamente, y me dirás que no, y a ti no te discuto. Y ya por el camino te diré que llegó mi algún día.
Y llegarás a la ermita, y te sentarás en la piedra grande del olivo, y como estarás tan orgullosa, se lo contarás a las vecinas. Y estarás llorando. Y yo me quedaré mirándote. Y luego irás a la ermita y pondrás alguna vela a algún santo. Y eso tampoco te lo voy a discutir. Es más, te voy a llevar del brazo.
Y ese día quiero que tengas puesto el vestido granate porque nunca llegarás a imaginar la vida que le da a tus ojos azules. Y por la noche cenaremos tus croquetas, y que le den a las calorías.

Matiz: el algún día del que hablo no es un capricho que se me ha venido a la cabeza un día cualquiera con un copa de vino, no. El algún día del que hablo es un derecho que la mayoría nos hemos ganado a base de una cadena humana de esfuerzos. Una cadena maravillosa.