Por William Thomas Walsh
Cuando asistí a una peregrinación en Fátima, en julio de 1946, me interesé mucho en observar a un nutrido grupo de españoles que destacaban no sólo por su estatura, comparada con la de la mayoría de los portugueses, sino por su gran devoción y la excelencia de sus voces. Habría un centenar en conjunto, la mayoría procedentes de Barcelona y Mallorca. Iban acompañados de sus propios sacerdotes, cuya manera de predicar era asimismo recia y característica. Tuve el placer de hablar con algunos de estos peregrinos españoles y de dirigirme a ellos, en mi pobre español, después de una comida que nos dio Su Excelencia Don José Alves Correia da Silva, Obispo de Leiria.
En aquella ocasión pude comprobar lo que ya era evidente para mí: que los españoles sentían de veras la devoción a la Virgen de Fátima. Esto no debía sorprenderme, pues sabía, por la lectura de los discursos del General Franco, cuánto había él confiado en Nuestra Señora para sus grandes victorias de 1936 a 1939. Ni me sorprendí tampoco al comprobar que los magníficos ramos de flores que adornaban el altar eran regalo del gran Caudillo. Después me he enterado, con alegría, del entusiasmo con que la imagen de Cova da Iria fue recibida en todos los sitios de España.
Hubo escenas similares en los Estados Unidos a principios de este año. ¡Ojalá sea esto un buen augurio para la paz mundial y para una mejor comprensión entre vuestra nación y la mía!
Encontré que, tanto en España como en Portugal, había una expectación general ante una tercera guerra mundial entre las naciones occidentales y Rusia. Algunos, en efecto, consideraban esto como la única solución posible. Espero sinceramente que no sucederá así, pues parece probable que en una tercera guerra mundial de ese tipo la Península Ibérica sería campo de batalla. Con las armas de que podrá disponerse, tiemblo al pensar cuál sería el resultado para el único país donde la cultura católica aún florece vigorosamente, como sucede en España.
Desgraciadamente, los enemigos de Cristo en Moscú no son sólo los únicos que verían tal desastre con complacencia. Entre los dirigentes del llamado Occidente, y especialmente aquellos que más hablan de la necesidad de salvar la “Cristiandad” y la “Cultura cristiana”, del Soviet, hay hombres que no sienten amor por la fe, en el sentido en que los españoles la aman y la elogian. Esos hombres han sido en el pasado enconados enemigos de España y su cultura, y amigos íntimos de la Unión Soviética. No creo que sus corazones hayan cambiado. Lo que sucede, sencillamente, es que ahora conviene a sus fines políticos enrolar a España en lo que a ellos les agrada denominar una “cruzada”. Pero espero que mis compañeros católicos españoles tendrán cuidado, al tratar con estos nuevos amigos, de distinguir entre los pocos que realmente lo son y aquellos que sólo hace poco tiempo vendieron a varias naciones católicas, permitiendo que cayesen en la esclavitud. ¡Rezo para que España nunca llegue a ser otra Polonia!
Atendiendo a estas consideraciones, me regocijo siempre que oigo hablar del aumento de la devoción a Fátima en vuestro país. Me parece que Nuestra Señora no nos ha dejado más opción que la de satisfacer sus deseos. En 1917 predijo la segunda guerra mundial. No profetizó una tercera, sino que presentó una alternativa que quizá sea aún más de temer. Dijo que, de no ser obedecidos sus mandatos, los “errores de Rusia” se extenderían por todo el mundo. La hermana María das Dores, una de las criaturas a las que se apareció Nuestra Señora, me dijo en 1946 que ella interpretó esto en el sentido de que todos los países del mundo, sin excepción, serían dominados por el marxismo de alguna manera.
Para aquellos que creen en estas revelaciones, como yo, el único camino práctico, de hecho el único posible, es hacer frente a la amenaza del comunismo no por la fuerza, sino con la oración. Fue voluntad de Dios, sin duda, que los cristianos españoles defendiesen sus hogares y sus altares con la espada en 1936. Quizá pueda ser necesario de nuevo. Lo que Nuestra Señora pide ahora, sin embargo, es el Rosario diario, sacrificios de reparación aun por los bolcheviques y los “cristianos” farisaicos del Occidente, las comuniones de los primeros sábados, el rezo fervoroso para que el Santo Padre y todos los Obispos consagren a Rusia al Inmaculado Corazón de María. Éstos son sus ruegos. ¿Cómo podemos ignorarlos y esperar su bendición y su ayuda? ¡Viva España!
* Nota del historiador a la edición española de Nuestra Señora de Fátima, Madrid, 8 de marzo de 1948
