Captura del doble convoy inglés, o la batalla del Cabo de Santa María, 9 de agosto de 1780
El convoy británico tras ser capturado por la flota española de D. Luis de
Córdova. Tomado de Wikipedia – Dominio común

Por Juan López Giménez


El 9 de agosto de 1780 una escuadra combinada de buques españoles y franceses, comandada por el director general de la Armada Española, D. Luís de Córdova, consiguió apresar a dos convoyes ingleses que aún no se habían separado, uno con destino a Norteamérica y otro con destino a la India, que con una cantidad enorme de pertrechos, armas y lingotes de oro se dirigían a prestar apoyo a las guerras que Inglaterra tenía en sus colonias.

En términos cualitativos y cuantitativos, el balance de aquel apresamiento supuso para Inglaterra una tragedia de proporciones gigantescas. El desastre logístico fue de tal magnitud, que se sigue considerando el mayor de la historia de Inglaterra, superando ampliamente incluso al sufrido a manos de los alemanes por el famoso convoy PQ 17 cuando circulaba por el Ártico durante la II Guerra Mundial, con ayuda para la Unión Soviética.

La batalla de la captura del doble convoy inglés desmonta nuevamente uno de los mitos preferidos de los historiadores anglosajones, donde muestran a los piratas y a la marina inglesa como dueños absolutos de los mares y a la Armada Española gobernada por una banda de botarates ineptos que deja una estela continua de derrotas cuando no de desastres. Pero esta muy interesada y parcial visión del mundo anglosajón, contrasta fuertemente tanto con el hecho indiscutible de que los españoles fueron los que crearon el primer imperio oceánico de la historia, el más grande conocido hasta entonces, como con el hecho de que lo mantuvieron en su poder durante cuatro largos siglos, en buena medida gracias a una Armada que defendió eficazmente las posesiones españolas, ocasionando rotundas derrotas a nuestros enemigos tradicionales.

Este episodio del Cabo de Santa María, es uno de los muchos que demuestra que la Royal Navy no era tan invencible, y que los grandes desastres navales ingleses no sólo fueron ocultados por los historiadores anglosajones en siglos anteriores, sino que siguen siendo ocultados en la actualidad. Concretamente, pese a que esta captura fue uno de los mayores golpes o derrotas ocurrido en el s. XVIII, no aparece en sus libros de historia ni figura en la Wikipedia británica, pero sí aparece en la española, obviamente, la alemana, la francesa y otras muchas.

Antecedentes

En 1779, Inglaterra se encontraba en un momento muy crítico de su historia, al mantener simultáneamente una guerra frente a las colonias rebeldes de Norteamérica, y una dura guerra colonial en la India. La situación se agravó cuando en junio de ese año (Tratado de Aranjuez) España firma una alianza con Francia y se une a la guerra contra Inglaterra.

Aunque en esa época la Marina Inglesa comenzaba a despuntar como la primera marina del mundo, todavía las marinas española y francesa podían hacerle frente mediante flotas combinadas. Y eso fue lo que permitió que en el verano de 1779, una flota combinada comandada por el almirante francés Luis Guillouet y por el español D. Luís de Córdova, aterrorizara las costas británicas tras poner en fuga a la escuadra inglesa del Canal de la Mancha y apresar al navío HMS Ardent, dejando así el terreno libre para efectuar la invasión hipano- francesa de Gran Bretaña. La población de la costa abandonó precipitadamente sus propiedades y viviendas, el comerció naval se paralizó y la Bolsa de Londres se cerró, todo ello en un ambiente de pánico que no se vivía desde los tiempos de la guerra anglo-española del s. XVI que finalizó con el Tratado de Londres y unos ingleses exhaustos por su pulso con el Imperio Español. La situación de desamparo de Inglaterra estaba acentuada por el hecho de que las mejores unidades de su ejército estaban combatiendo en las guerras coloniales.

Finalmente, y pese a la insistencia del almirante español para lanzar de inmediato la invasión sobre Inglaterra, Guillouet, comandante supremo de la escuadra combinada no quiso ordenar el desembarco. Tras una espera de varios días, estalló una epidemia que afectó duramente a las tripulaciones de la flota combinada, que tuvo que retirarse a Brest, perdiendo así la oportunidad de asestar un golpe definitivo a Inglaterra. Desde entonces, este episodio ha determinado la doctrina militar inglesa para siempre, convirtiéndose en la obsesión del Primer Lord del Almirantazgo el mantener protegidas las costas británicas a todo trance. Esta obsesión llegó a su culminación tras la batalla de Trafalgar (1805), cuando el mar que rodea Gran Bretaña se convirtió en un muro infranqueable, gracias a la Royal Navy y a la decisión del Gobierno de Londres de desencadenar la guerra contra cualquier país europeo que tratase de construir una flota de potencia similar a la suya.

El almirante francés recibió durísimas críticas por su falta de iniciativa hasta el punto de renunciar a su carrera en la Marina francesa. Por el contrario, a D. Luís de Córdova, el rey francés premió con una caja de oro y brillantes y 12 lingotes de oro, con la dedicatoria, “De Luís a Luís”, y Carlos III le concedió la Gran cruz de Carlos III, la más alta condecoración existente en ese momento.

Un buen servicio de espionaje

 En 1780, los servicios de espionaje de la Corona Española destacados en los puertos del sur de Inglaterra y en Londres, informaban de que en Portsmouth se estaba preparando un gran convoy de barcos mercantes poco armados con destino a las colonias, el cual sería escoltado durante un trayecto por la flota del Canal de la Mancha, y que dicha flota, para evitar situaciones de susto como las del año anterior, abandonaría al convoy en las proximidades de Galicia y regresaría lo más rápidamente al Canal de la Mancha. A partir de ese momento, el convoy sólo tendría la cobertura de un navío de línea y de algunas fragatas, razón por la cual debería circular lejos de las rutas comerciales habituales para así evitar imprevistos o incluso combates con las armada hispanofrancesa. En algún punto del itinerario el convoy se dividiría en dos, dirigiéndose una parte hacia Norteamérica y la otra hacia la India, para reforzar la guerra colonial que se libraba en ambas zonas.

Finalmente, los espías españoles prepararon un informe muy detallado con la fecha aproximada de partida del convoy (el 29 de julio) y rumbo previsto que habría de seguir. Dicho informe fue enviado a España por dos procedimientos: uno de ellos, mediante una veloz goleta con pabellón portugués de Fortuna, que lo llevó hasta el puerto de Pasajes y, a la vez, el informe también viajó por tierra mediante cuatro jinetes que van cambiando sus caballerías en postas a medida que bordean la costa francesa.

De forma casi simultánea a este informe de los agentes de Londres, el secretario de Estado y de Marina, D. José Moñino, Conde de Floridablanca, recibió a través del Capitán Gral. de Cuba la información de los agentes secretos españoles que operaban en Filadelfia, en relación con la próxima llegada desde Inglaterra de una gran escuadra británica de buques mercantes y de guerra, con abundante material para las tropas que combatían contra las trece Colonias rebeldes.

Una vez confirmada de esta forma la importancia y detalles del convoy, Floridablanca defendió ante el rey un plan para interceptar la flota inglesa a la altura de las Azores. Tras la autorización del rey, se enviaron de inmediato correos a Cádiz y a Lisboa, de cuyos puertos salieron bajeles en busca de la escuadra hispano francesa, siendo el buque gaditano el primero que aviso a Córdova de lo propicio de la ocasión.

En aquel momento, don Luis de Córdova, vigilaba el estrecho de  Gibraltar  con una flota de 27 navíos de línea y media docena de fragatas a las que había que añadir una escuadra francesa de otros nueve navíos y una fragata adicional. Con esta escuadra recorría la costa sur de Portugal, para proteger a las naves españolas que procedentes de El Ferrol o Santander se dirigían a Cádiz, y también se hacían incursiones en el Atlántico para proteger la llegada de los convoyes provenientes de América.

Córdova, embarcado en el Santísima Trinidad, detentaba el mando supremo de aquella potente flota a pesar de las quejas de los galos, que dudaban de la capacidad del almirante español por haber cumplido ya los 73 años. Afortunadamente, Floridablanca tenía una enorme confianza en aquel experimentado marino y, en una carta sobre él, afirmaba que “el viejo ha resultado más alentado y sufrido que los señoritos de Brest”.

Las órdenes que tenía Córdova eran las de no rebasar el Cabo de San Vicente, y por sus inmediaciones estaba al comenzar el mes de agosto con su flota, cuando recibió los despachos del conde de Floridablanca avisándole de la salida de Inglaterra del gran convoy. En el aviso se le prevenía que los buscara con empeño y diligencia, lo cual hizo en seguida, adentrándose en el Atlántico.

Localización del convoy británico y “caza general”

Gracias a los datos suministrados por los informes sobre la fecha de salida y las características del gran convoy, D. Luís de Córdova dedujo el rumbo más probable de la flota enemiga y el posible punto de encuentro, y para verificar ese golpe de intuición basado en su experiencia de gran marino, se aproximó a dicho punto y envió a varias fragatas con proa de cuchillo exploradoras para que en forma de media luna pudieran batir en abanico una gran extensión.

En la madrugada del 9 de agosto de 1780, una fragata exploradora española avistó al Norte de las Madeira, a unas 60 leguas (1 legua = 5,5 km) del Cabo de San Vicente, un gran número de velas, y mandó el aviso con el número de cañonazos convenido. Dada la gran distancia con el grueso de la flota (unos 63 segundos entre los fogonazos y el ruido de los cañonazos, equivalía a que debían estar a 4 leguas), desde ésta no se pudo contabilizar bien los cañonazos del aviso, y hubo que esperar 15 minutos hasta que se repitiera el aviso, cumpliendo así el reglamento, con una nueva tanda de cañonazos que informaba a su vez del número exacto de embarcaciones enemigas.

La información fue recibida con cautela, pues no se tenía la certeza de si las velas avistadas correspondían a la flota del Canal de la Mancha, en cuyo caso no convenía enfrentarse a ella sin conocimiento de sus fuerzas y con la notable desventaja de que nuestros navíos no estaban forrados con cobre como sí lo estaban ya los ingleses, o si las velas eran las propias del convoy que iba fuertemente escoltado. D. Luís de Mazarredo, segundo mando español, abogó rápidamente por el ataque, suponiendo que el convoy no navegaría tan alejado de la costa si fuese bien escoltado.

Aceptada por D. Luís de Córdova la propuesta de Mazarredo se procedió rápidamente a hacer los cálculos de distancia, direcciones del viento y de las derrotas de ambas flotas, así como de las velocidades de las mismas, y se acordó efectuar una virada inmediata de la escuadra para que el encuentro con el convoy tuviera lugar al amanecer.

Don Luis unió la astucia a su profundo dominio de la navegación, y ordena poner un farol encendido en lo alto del trinquete del palo de proa del Santísima Trinidad. La añagaza da resultado y los barcos británicos, creyendo que se trata de una señal de su propio comandante, pasan toda la noche navegando directos hacia la proa del Santísima Trinidad.

Al amanecer el día 9, cuando los ingleses se dan cuenta de que los barcos que tienen enfrente son españoles, viran en redondo e inician la desbandada general. Córdova ordena el ataque y las rápidas fragatas se dirigen hacia la flota inglesa seguidas por los navíos de guerra. El comandante inglés de la escolta, John Mountray, al comprobar la superioridad del enemigo, se dio a la fuga con tres barcos de escolta del convoy, el navío de línea de 74 cañones HMS Ramillies, y dos fragatas de 36 cañones, la HMS Thetis y la HMS Southampton.

Ante esta situación, Córdova dio desde el Santísima Trinidad la señal de "caza general", lo que quiere decir abrir fuego a discreción contra todo navío que no se entregue o pretenda huir; se inicia entonces una persecución en la que los buques españoles y franceses iban seleccionando y capturando presas según su propio criterio. Aunque al principio existía el riesgo real de que muchas naves pudieran huir, la eficaz actuación de las dotaciones de nuestra flota consiguió rendir en poco tiempo a la inmensa mayoría de los buques británicos.

Conforme eran alcanzados, los mercantes se entregaban sin presentar resistencia ya que aunque todos ellos iban armados, podían hacer muy poco frente a los poderosos navíos de línea. La caza se prolongó hasta la noche, capturándose ese día 52 buques ingleses de los 55 que componían el convoy (37 fragatas, 9 bergantines y 9 paquebotes). De entre los buques capturados y marinados, aparte de los mercantes con el cargamento que más abajo se describe, hay que destacar la captura de una serie de fragatas de guerra: Helbrech (30 cañones), Royal George (28 cañones), Monstraut y Geoffrey (ambos de 28 cañones), Gaton (30 piezas), Hércules (36 cañones),.etc., etc. que posteriormente fueron incorporadas a la Armada Española. En los días posteriores se capturaron 3 transportes más.

El resultado fue un éxito total y rotundo, a la vez que sorprendente, si se tiene en cuenta que los barcos españoles de línea eran más pesados y por tanto más lentos que los mercantes y fragatas inglesas; pero dicho éxito sobre un enemigo de esa talla, fue consecuencia tanto del duro adiestramiento que Córdova impuso a todas sus dotaciones, “de Capitán a paje, y el manejo del material de quilla a perilla”, como del mejor conocimiento que nuestros marinos tenían de la dirección de los vientos imperantes en esas aguas.

Como dato interesante de esta campaña es de recordar que las naves españolas habían comenzado a usar los barómetros marinos de forma exclusiva, pues ni los ingleses ni los franceses los tenían en sus barcos. Al conde de Guichen, un general francés, le sorprendía que Córdova tomase ciertas precauciones de mal tiempo cuando aún lo hacía bueno. Preguntó el francés a  Mazarredo  de dónde provenía semejante previsión y el mayor general le enseñó el ingenio que les permitía predecir la evolución meteorológica a corto plazo, con un acierto espectacular que por su perfección. El artilugio en cuestión, permitía orientarse con los vientos más propicios o eludir tormentas ingratas.

El tesoro del doble convoy inglés capturado por los españoles

Al día siguiente de la captura, los barcos son agrupados para su traslado a Cádiz, escoltados por naves comandadas por D. Vicente Doz. En el trayecto se hace el recuento más detallado sobre la gigantesca captura realizada el día anterior. El 20 de agosto quedaron la flota capturada y su escolta ancladas en la bahía de la ciudad. La muchedumbre atónita, aclama a los marinos españoles, que gracias a unas dotaciones bien preparadas y a unos mandos (Córdova, Mazarredo, etc.) competentes y experimentados han conseguido una victoria espectacular en el contencioso secular entre ambas potencias.

El recuento minucioso de la carga del convoy ponen de manifiesto la importancia del golpe asestado a Inglaterra ya que, aparte de los 55 buques capturados, cuyo valor se estimó en 600.000 libras, se encuentran 80.000 mosquetes, 3.000 barriles de pólvora, 300 cañones, gran cantidad de provisiones y efectos navales destinados a mantener operativas las flotas inglesas de América y el Océano Indico, vestuario y equipamiento para 12 regimientos de infantería, y la ingente suma de 1.000.000 de libras esterlinas en lingotes y monedas de oro, y gran cantidad de sal para combatir la humedad en las sentinas. Además se hicieron cerca de 3.000 prisioneros, de los cuales unos 1.400 eran oficiales y suboficiales y el resto soldados de infantería que pasaban como refuerzos a las colonias; y de entre los 244 pasajeros también apresados, algunos eran importantes, como la esposa e hijos del general John Dalling, Gobernador de Jamaica.

Todas las fragatas capturadas se integraron rápidamente en los efectivos de la armada, y muchas de las naves restantes se artillaron convenientemente para ser usados como naves de apoyo.

Consecuencia de la captura del doble convoy inglés

Las pérdidas de esta captura supusieron para Inglaterra el mayor desastre logístico de su historia naval. El gran número de buques y hombres capturados, así como la cantidad de más de 1.000.000 de libras esterlinas en lingotes y monedas de oro que pasaron a manos españolas, provocaron fuertes pérdidas en la bolsa de Londres (el índice del incipiente parqué se desplomó 18 puntos); la compañía de seguros Lloyd’s perdió el 60% de su valor en bolsa al tener que afrontar pólizas por un valor superior a la mitad de sus activos; muchas aseguradoras de marina de toda Europa entraron en bancarrota, y las tasas de seguros de guerra, que ya eran elevadas, subieron enormemente.

Captura de otro convoy ingles por Córdova y Mazarredo

Al año siguiente, en la campaña de 1781, en el canal de la Mancha, cerca de las islas Sorlingas, próximas a la complicada costa de Cornualles, y gracias a las acertadas disposiciones que tomó el general Córdova secundado por su mayor general José de Mazarredo, consiguieron apresar otro convoy británico de 24 barcos.

Últimos datos sobre este gran marino español

El 30 de enero de 1783 se firmó la  paz con la Gran Bretaña  , por la que se restituía a España la isla de Menorca y la Florida. El rey premió los servicios de Córdova nombrándole  director general de la Armada  el  7 de febrero  de  1783  y poco después capitán general. 

Córdova arrió su insignia de la escuadra combinada el  1 de mayo  siguiente.

El  2 de julio  de  1786  puso la primera piedra del Panteón de Marinos Ilustres de la Isla de León (hoy San Fernando), localidad en la que falleció el  29 de julio  de  1796 , a los 90 años de edad, siendo enterrado en la iglesia de San Francisco de dicha localidad. En  1851  se decretó el traslado de sus restos al Panteón de Marinos Ilustres, lo que tuvo cumplimiento en  1870 .

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