Un paisaje sin dibujo

Por Nuria de Espinosa nuriadeespinosa

El día amaneció nublado, pero algo en mí interior gritaba que podía cambiarlo. No estaba dispuesta a resignarme y me dispuse a proyectarlo en mi mente, cambiando ese retrato de frialdad y desánimo. Bajé a la calle y tras andar un poco, ahí estaban, tal y como suponía. Todo el paseo aparecía cubierto por las flores que los arboles resignados al despoje, dejaban caer. Una imagen que magnetizaba. Era peliagudo no sucumbir al embriagador aroma que desprendía. Los ciudadanos acostumbrados a tan sublime imagen no parecían caer en las redes de su embaucadora fragancia.

Una anciana se sentaba en un banco situado entre dos árboles, mientras un pequeño petirrojo, revoloteaba inquieto por el ramaje. Todos parecían absortos sin prestar atención a la calidez del dibujo que ante mí se mostraba. Ni el quiosquero, que permanecía impasible con su prensa, ni el cartero, que me daba los buenos días al pasar junto a mí; ninguno apreciaba la espectacularidad del momento.

Era como si un espacio en el mundo se hubiera congregado para no impregnar el ambiente de ninguna expresión.

La anciana se levantó del banco, supuse que para regresar a la calidez de su hogar, mientras una pareja que discutía se acercaba. El cartero depositó las cartas en el buzón, se detuvo un instante, miró la suela de sus botas y bufo con gesto despectivo; al petirrojo se le unieron unos gorriones; entre tanto, el quiosquero leía prensa absorto a su entorno.

De pronto una impactante imagen sucumbió ante mí. Sentados en un banco del paseo una pareja compartía un trozo de pan con un pequeño de apenas cuatro añitos. El niño lloraba pidiéndole un poco más a su padre que con el rostro sumido en la tristeza, le entregaba su trozo de pan. Sabía que poco podía hacer por ayudarles tras varios meses de desempleo. Y aun así, abrí mi monedero y acercándome a ellos, les entregué mis últimos veinte euros. Se quedaron mirándome sin saber qué decir. Hice un gesto de asentimiento con la cabeza y la nostalgia irrumpió en mi percepción difuminando toda esperanza de dibujar.

Cuando llegaba el anochecer todo era distinto. Había que resguardarse de la oscuridad, sobre todo en las noches en que la luna se negaba a brillar. Figuras inquietantes parecían sumergir de la oscuridad, dibujando rostros que podían ser, como no ser, o quizás alguna vez fueron.

Un grito fragmentó la noche en miles de impactantes retumbos. A la mañana siguiente nadie recordaba nada de aquel aterrador chillido. El día sin embargo amaneció tenue, sutil, fresco. Tal vez sucedió o tal vez no, o quizás solo fue el aroma seductor de las rosas que trastorno mis sentidos.

Pero de algo estaba convencida, tenía que cambiar ese paisaje de frustración. Decidida cogí una mochila, metí una botella de agua, un bocata y marché dispuesta a no dejarme vencer por la adversidad de la vida. Solo con optimismo y confianza lograría mi objetivo; encontrar empleo.

4 Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Gran relato que desorende bellas imágenes y transmite lo mal que lo pasa mucha gente.
Me encantó .
Alfonso
Ida De Vincenzo ha dicho que…
Un relato que llega al CORAZON, muy bueno
Ida DE Vincenzo
Embajadora de la cultura de Cropalati, Calabresa en el Mundo
J.R.Infante ha dicho que…
Magnífica descripción del momento que vivimos, y de la esperanza que trasmite. Un abrazo, Nuria
Choly ha dicho que…
Me encantó!!! aunque es una fotografía de la más pura realidad. Lamentablemente es en todas partes de este mundo igual.
Gracias Nuria por tu magnífico relato...
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