Recuerdos de una vida



A final del año nos cuestionamos como hemos pasado los meses anteriores, además de plantearnos los venideros. Es inevitable detenernos cada cierto tiempo y pensar en el significado que han tenido algunos acontecimientos que han influido sobremanera en nuestra existencia, sobre todo los que forman parte de nuestros profundos recuerdos.

Todo sigue su curso o proceso, pues, como dicen los ancianos, “en una vida hay muchas vidas”, e iremos pasando por sus diferentes fases (niñez, adolescencia, madurez...) mientras permanezcamos en este mundo; en cada etapa irán nuestras experiencias vitales; luego, una vez adentrados en la final, bien seguro habremos acumulado los recuerdos de una vida si conservamos nuestro raciocinio.

En una tarde de invierno, final de año, sentada al calor del hogar, rememoro aquella vez en la que hubo un punto de inflexión en mi vida. Tendría yo unos dieciséis años: Fue en las fiestas de Don Benito o Villanueva, no recuerdo exactamente; el caso es que a los estudiantes del Instituto Luis Chamizo (Badajoz), nos habían dado el día libre y por eso me hallaba en casa. Recuerdo que, la noche anterior, estuvieron hablando mis padres con un albañil, ya jubilado: el tío sandieta, para que arreglase las paredes de la sala y las del caño de casa, debido a una humedad acuciante que subía por las paredes; en ellas se había instado un friso de plástico que nos aconsejaron en su día; como consecuencia había subido la humedad de la casa por encima del friso hasta alcanzar metro y medio del suelo por no poseer traspiración.

Aquella humedad perniciosa ahuecaba el lucido de tierra blanca de una casa hecha con adobe, que carecía de cimientos, situada en la Plaza España. Otro de los grandes problemas que tenía era que pasaba un albañal por uno de los lados de la misma, lugar por donde se acentuaban las bolsas de manera considerable, hasta precipitarse al suelo.

Cada día al ventilar y limpiar el friso se recogía medio cogedor de tierra blanca de las zonas húmedas. Con el paso de los meses aquel friso se iba abombado: Nos mostraba la urgencia de tener que volver a repararlo; acción que se repetía últimamente con mayor celeridad, ya que habíamos tenido un año muy lluvioso.

El día que nos dieron libre en mi instituto me levanté más tarde de lo normal: Permanecí en la cama mientras escuchaba a mis padres atender a una clienta para ver unos relojes. Por aquellos años poseíamos una tienda que estaba recién hecha –la anterior posada del tío Abuelete, situada al lado de la casa–: Era una amplia nave de dos plantas, pasada por arquitecto. Los cimientos de aquella costosa obra se habían hecho el pasado invierno; debido a ello la casa, ya digo, sin cimientos, sumada a corriente del albañal, había tomado movimiento y desviado unos centímetros la pared de la sala, la que lindaba con la tienda.

Pudieran ser fabulaciones mías; tal vez algún presagio... no sé; el caso es que pasé por la sala de costura antes de irme acostar – donde mi padre ejercía la profesión de sastre–, para comprobar la hora y, antes de salir, me fijé en la abultada pared. Un pensamiento cruzó mi mente, el que, enseguida, deseché: “Y si la casa se viniera abajo y me cogiera dentro" (no pensé en nadie más), e invoqué protección divina para ahuyentarlo; acto seguido, apagué la luz de la sala y me fui acostar tranquilamente a mi habitación.

Amanecí escuchando hablar a mis padres con la clienta; también salir de la sala de costura para trasladarse a la tienda; momento que aproveché para levantarme, asearme y desayunar. Una vez que había acabado me dirigí a la habitación de matrimonio, desde donde escuché instalarse el albañil para disponerse a quitar el friso de la sala, (pared por medio de la habitación donde me hallaba)... Como en el pueblo aún no había agua corriente, en los dormitorios era costumbre poner orinales; precisamente iba a vaciar el de la habitación de mis padres al sumidero, situado en el corral de la casa, cuando se escuchó un ruido ensordecedor, como si descargase de golpe un camión de graba en la Plaza.

Cuando mire hacia atrás vi que no podía acceder a la casa: un muro de tierra lo impedía... Corrí por el corral –que comunicaba también a la tienda–, buscando al albañil de la sala; cuando la atravesé y la hallé vacía, me dirigí hacia la puerta de entrada que daba a la plaza España... Al verme aparecer, escuché gritar: “Mírala, aquí está." Mientras mis padres me abrazaban llorando... Yo les pregunté vivamente angustiada: “¿¡Dónde está el tío sandieta? ¿Dónde está!?” Entonces surgió entre la gente como una visión mágica para ir abrazarme: "Pero, pero, ¿cómo se ha salvado usted?”, – Y, él, me respondió emocionado–: “Me he salvado por el marco de la puerta”.

La casa de mis padres tenía cuatro naves, tres de ellas se habían venido abajo: Se desplomaron justo cuando el albañil procedía a retirar el friso de la sala. La bóveda de crucería tembló unos segundos, y él, asustado, salió corriendo: El marco de la puerta de la calle le salvó de un golpe certero en la cabeza, tan sólo se dejó atrás un zapato.

Con el zapato del albañil quedaron sepultadas muchas de nuestras pertenencias, las que nunca se pudieron rescatar, y nos quedarnos con lo puesto. Ese fue un día para el recuerdo, en el que casi todo se perdió; aunque, lo más importante del nefasto suceso, fue que no se contabilizaron daños personales, pues, el material más valioso, una maleta del oro junto a una imagen del corazón de Jesús, se hallaron intactos en el rincón de la mesilla de noche de matrimonio.

Desde aquel día mi padre se hizo devoto del Corazón de Jesús. Con el paso de los años esa imagen le ha acompañado siempre, aunque de manera diferente: Primero lo hizo en vida y, después, a su muerte, se la pusimos en su tumba; porque la vida sigue al paso que vamos y venimos, todo lleva su curso o proceso, ya que “en una vida hay muchas vidas”; luego, mientras permanezcamos en este mundo, iremos pasando por sus diferentes fases y, en cada una de ellas, irán reflejadas nuestras experiencias vitales; la que, bien seguro, habremos acumulado, como recuerdos de una vida, mientras conservemos el raciocinio, junto con las ganas de existir. Feliz año nuevo para todos los del SEMANARIO VEGAS ALTAS Y LA SERENA.

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