I Festival Rionegro de Letras: segunda muestra


Rafael Antúnez (Xalapa, 1960) es narrador, ensayista y traductor. Ha publicado: La imaginación de la vejez (cuentos), Mentía usted mejor en París (cuentos), La isla de madera (novela) y Nostalgias de un fumador (ensayos). Como traductor ha vertido a nuestra lengua, Bestiario de amor de Richard de Fournival, Arena de otros (antología de la poesía brasileña), El cordero vegetal de Tartaria de Henry Lee, El arte de la tentación (antología del ensayo inglés), El escarabajo y otros cuentos de Dino Buzzati, El mar, el amor y la muerte (cuatro novelas cortas italianas) y, en colaboración con Ana Villada, Modelo para armar (antología del cuento italiano del novecento).

 


Un okapi viene a abrevar hasta esta página

Rafael Antúnez


Desde lo profundo del tiempo, desde el Mioceno, es decir, desde los más remotos días de los vastos bosques africanos, un okapi viene a abrevar hasta esta página. Tímido y huidizo, casi nadie lo ha visto. Se oculta, como si se avergonzara de la incierta arquitectura de su cuerpo. Estas líneas son la floresta en que la pasta silencioso, el estanque en el que sacia su sed. El okapi, la palabra okapi, cobra movimiento y avanza con torpe gracia. Estira el cuello, saca la lengua y devora las hojas que penden de las ramas. A lo lejos cuesta trabajo distinguirlo, es también como un árbol: las patas son sus raíces y su cabeza de grandes orejas dos ramas y frutos sus grandes ojos que miran sin prisa, como sólo pueden mirar okapis y tortugas, criaturas que no son ciervos del tiempo.

El primer occidental en consignar su nombre, pequeño y melodioso, fue Henry Morton Stanley en su diario. Valdría la pena detenerse y ocupar, así sea unas líneas, en la vida de este hombre que hizo honor a una palabra que en nuestros días tiene un uso más bien peyorativo: aventurero. Nació bajo el nombre de John Rowlands en Gales. Fue un hijo fuera del matrimonio, lo que en su tiempo era una deshonra y un estigma. Educado por parientes, no sabemos si le querían, sabemos en cambio, que él no los quería. Como buen viajero de su tiempo, se inventó una historia de castigos y malos tratos que lo llevaron a huir a los 15 años de la casa familiar. Al parecer todo esto fue mentira y, en vez de malos tratos, lo que recibió fue una educación razonable. Pero su origen era fuente de constantes humillaciones y a esto hay que añadir la ausencia constante de una madre que difícilmente podríamos calificar de ejemplar. Todo ello, como es fácil suponer, dejó hondas huellas en su personalidad. Huyendo de ese mundo o buscando uno nuevo, se embarcó en Liverpool y llegó hasta Nueva Orleans.

 

Henry Morton Stanley


Algo tiene su nombre de instrumento musical, de piedra rara o de ave, pequeña y huidiza. En su novela In search of the okapi Ernest Granville nos regala este disparatado diálogo y nos muestra la reacción de un occidental al escuchar por primera vez el nombre del extraño animal.

—¡Un bosque lo suficientemente grande como para cubrir Inglaterra! Solo piense en las nuevas formas de vida, desde una nueva hormiga hasta un elefante o una jirafa sin cuernos. El okapi fue descubierto cerca de ese gran coto de caza y, ¿quién puede decir que no hay otros animales tan extraños en sus profundidades no pisadas aún?

—¿Es una gallina salvaje, el okapi?

—¡Un ave silvestre! Zoquete, exclamó Venning, indignado. ¿No has oído hablar de la jirafa enana, en parte cebra, descubierta por Sir Harry Johnston?

En América Henry Morton se amigó con un comerciante, Henry Hope Stanley, cuyo apellido terminaría por adoptar, quizá para borrar su pasado, quizá como una muestra de cariño hacia el hombre que lo acogió y en quien vio una suerte de figura paterna. Pero también, como era común en él, mintió sobre sus relaciones con Hope Stanley. Como buen viajero, no sabía estarse quieto y poco después lo encontramos participando en la Guerra Civil como soldado y más tarde a bordo de barcos mercantes. Finalmente halló un oficio que le venía como anillo al dedo: periodista. Como tal, recorrió la nueva frontera de Estados Unidos y viajó a Turquía. Más tarde, como corresponsal de The New York Herald informó sobre la caída de Magdala en 1868. De ahí pasó a reportear la revolución española y más tarde viajó a Medio Oriente para, finalmente emprender una de sus grandes aventuras. Él mismo nos ha dejado en su diario testimonio del curioso giro que dio su vida. Estaba en Madrid, recién llegado de Málaga, donde había sido testigo de lo que él llamó una «carnicería» cuando recibió un telegrama firmado por James Gordon Bennett Jr., el propietario del periódico en el que prestaba sus servicios: «Venga a París por asuntos importantes». Stanley, al fin y al cabo, un hombre de acción, ordenó que bajaran su equipaje sin demora y una noche más tarde arribó la capital francesa. Sin perder el tiempo se presentó en el hotel de su patrón y ahí le fue encomendada una nueva misión: encontrar al doctor David Livingstone (el célebre explorador), quien, tras emprender una expedición en busca de la fuente del Nilo, había desaparecido y nada se sabía de él. 

La encomienda era, en más de un sentido, gigantesca. Tanto por sus costos (que alcanzaron la escandalosa cifra para su tiempo de 20 mil dólares), como por el hecho de que Bennet insistía en que antes de buscar a Livingston, Stanley debía cubrir la inauguración del Canal de Suez, después subir por el Nilo donde se organizaba también una expedición, la cual debía seguir, enviando información al periódico de aquello que juzgara más interesante, también debía escribir una guía práctica, para viajar por el Bajo Egipto, dando cuenta de lo que valía la pena ver y cómo verlo. Posteriormente debía ir a Jerusalén, dar cuenta de los descubrimientos que el capitán Warren estaba haciendo allí y partir de inmediato hacia Constantinopla e informar sobre los problemas entre Khedive y el Sultán. Por si fuera poco, el magnate le pidió ir a Crimea y visitar los campos de batalla, cruzar el Cáucaso hasta el Mar Caspio. De ahí regresar hasta Persia a través de la India, «donde podrás escribir una interesante carta sobre Persépolis», además, añadió: «Bagdad está cerca de tu camino a la India, supongamos que vas y escribes algo sobre el ferrocarril del valle del Éufrates». Entonces, y sólo entonces, iría tras las huellas de Livingstone. «Si está vivo, consigue todas las noticias que puedas sobre sus descubrimientos; y si está muerto, trae todas las pruebas posibles de su muerte. Eso es todo. Buenas noches. Y que Dios te acompañe».

Todos sabemos el resto de la historia. Stanley fatigó las selvas africanas en busca del explorador escocés, cruzó los caudalosos ríos, corrió peligros, cazó animales, fue perseguido por tribus hostiles, atacado por moscas venenosas, cazó leones y leopardos, elefantes, hienas… y finalmente halló a su presa en una perdida aldea a orillas del lago Tanganica. Livingstone llevaba más de seis años caminando por el continente africano y en los dos últimos no había dado señales de vida. Tras casi un año de ir tras sus huellas Morton Stanley finalmente le dio alcance. En su How I found Livingstone travels, adventures and discoveries in Central Africa (includin four months residence whit Dr. Livingstone) nos cuenta así el encuentro:

…caminé hacia él, me quité el sombrero y dije:

—Doctor Livingstone, supongo.

La frase, ha escrito Paco Nadal, es «Un paradigma de la flema británica y un corolario perfecto de un siglo épico de exploraciones africanas liderado por los gentleman victorianos». Y, además, si creemos a biógrafos tan reputados como Tim Jeal, Beau Riffenburh, o Peter Forbath, es falsa y nunca fue pronunciada: «fue un invento de Stanley, que haciendo honor a la parte más canalla de la profesión puso en práctica aquello de no dejes que la realidad te estropee un buen reportaje». ¡Bien cavado, viejo topo!

Todo este largo desvío sólo para mencionar que fue en Henry Morton Stanley el primero en dar un informe del okapi, la huidiza criatura que, desde los más remotos días de las praderas se ocultaba en los bosques africanos. Aunque en sus intenciones no estaba prestar servicio a otros exploradores y naturistas, Stanley sirvió indirectamente a estos al brindar los primeros informes sobre la bestia que no pocos llamaron El unicornio africano. Porque ¿qué otra cosa sino un unicornio podría ser esa fantástica criatura, habitante de los densos y lluviosos bosques, abundantes de rarezas y maravillas que por aquel tiempo llamaban «el edén»? A los ojos de este Plinio victoriano, mucho de lo que hallaba en su camino, estaba impregnado de una carga mítica. En un viaje posterior a su aventura en busca del doctor Livingstone, una partida de sus cargadores, enviados a saquear lo que hallaran en unas granjas vecinas volvieron, no con algunas aves de corral, una cabra o algunas frutas, sino con un par de pigmeos. «Para Stanley –nos dice Brian H. Murray–, estos africanos no representaban simplemente especímenes etnográficos intrigantes; también eran muestras de un rico patrimonio histórico y mitológico, una tradición literaria que se remonta a Homero y el Antiguo Testamento. En su Diario nos ha dejado claras muestras de su fascinación por los diminutos habitantes de «del denso bosque centroafricano»:

Ese pequeño cuerpo suyo representaba los tipos más antiguos de hombre primitivo, descendientes de los marginados de las edades más tempranas, los Ismael de la raza primitiva. . . Incluso desde hace cuarenta siglos eran conocidos como pigmeos, y la famosa batalla entre ellos y las grullas se convirtió en una canción. . . reinaron sobre los señores indiscutibles de la África más oscura; aún están allí, mientras que innumerables dinastías de Egipto y Asiria, Persia, Grecia y Roma han florecido por períodos comparativamente breves y han expirado.

De los pigmeos, hay que recordar, habían dado noticias, no sólo Homero, sino también Plinio y Juvenal (1). Por ellos sabemos que habitaban en cuevas subterráneas y en pequeñas casas, que su vida era muy corta y que las hembras parían a los tres años de edad y a los diez ya eran ancianas. En el libro séptimo de su Historia natural, Plinio nos dice «que no sobrepasan los tres palmos de altura» y que estaban en constante guerra con las grullas:

Homero también contó que los atacan las grullas. Es fama que, en primavera, sentados a lomos de cameros y cabras, armados con flechas, descienden en tropel hasta el mar y destruyen los huevos y polluelos de esas aves; la expedición se lleva a cabo en tres meses; de otro modo no resistirían a las siguientes bandadas; sus chozas se construyen de barro, plumas y cáscaras de huevo. Aristóteles cuenta que los pigmeos viven en cuevas.

Y he aquí que, ante los ojos maravillados de Morton Stanley, sus cargadores le presentaban una pareja de estos representantes de una raza que él encontraba admirable. «Los pigmeos de Stanley –nos dice Murray– son antiguos venerables que son anteriores a los grandes imperios de la antigüedad». Esta aventura no había resultado especialmente venturosa para él, así que el encuentro con los pigmeos le brindó un excelente pretexto para hacer de ellos la principal contribución de la expedición. Como en otras ocasiones, Stanley lograba convertir un fracaso en un triunfo. A su regreso a Inglaterra, el éxito de los pigmeos era notable. Incluso se llegaron a montar espectáculos de variedades en los que los pigmeos eran la principal atracción, tales como «Stanley and His African Dwarfs: A New and Unique Entertainment». Y fueron los pigmeos los primeros en brindar al viajero galés informes sobre la huidiza criatura, dueña de una aguda audición y un camuflaje que lo hacía casi invisible. Los pigmeos lo llamaban O’api y lo consideraban un animal sagrado.

Desde los vastos bosques africanos esta criatura que parece la pesadilla de un naturalista, viene a esconderse en esta página. Dueña de un oído privilegiado, se dice que puede oír como crece la hierba, el ruido de una flecha mientras viaja en el aire y el momento en que se abre una flor.

En 1889, ávido de maravillas Henry Morton Stanley se dispuso a confirmar la existencia de esta criatura secreta y esquiva. En 1890 se convirtió en el primer occidental en informar de la existencia de un animal conocido por los pigmeos de Wambutti como los O'api, que él, como suelen hacer los occidentales, malinterpretó y mal llamó ‘Atti’. En un primer momento, no tenía una clara idea de qué animal se trataba y lo confundió con un simple equino. En el segundo volumen de su libro In Darkest Africa, apéndice B, escribió: «El Wambutti conocía a un burro y lo llamaba atti».

El okapi, como todo aquello a lo que solemos dar el nombre de raro o de monstruoso, era amigo de la penumbra y de la soledad. Pero a pesar de ello, en algunas ocasiones huyendo de algún leopardo caía prisionero en las trampas de los pigmeos. Estos lo guisaban y lo comían en una solemne ceremonia en que, aderezado con hierbas y flores, asado en leña perfumada con aceites, deleitaba tanto los ojos como el olfato y el paladar de los pequeños cazadores que entonaban antes de la degustación un cantico en el que agradecían al animal su sacrificio.

Nueve años más tarde, en 1899, Morton Stanley se encuentra con Sir Harry Johnston, quien está (no sabemos por qué) «vivamente interesado» en la extraña criatura. Un año después, su obsesión por el animal recibe nuevos alimentos. A él, como antes lo hicieran con Stanley, los pigmeos le hablan del extraño animal al que llaman «o’api». Johnston había recibido como regalo en el Congo dos bandoleras de piel de okapi que no hicieron sino aumentar su curiosidad por la criatura. Los busca afanosamente y afanosamente fracasa. Se interna en el bosque acompañado de un grupo de pigmeos (no sabemos si en verdad lo ayudaban a hallar al animal o sólo lo engañaban dándole pistas falsas). Encuentra huellas del okapi en el fango y descubre que están hendidas. Sentía que estaba cerca, que de un momento a otro lo vería entre la floresta, pero el animal, que acaso lo oía jadear a lo lejos, que oía el tropel de pasos pequeños de los pigmeos, que oía las burlas que a espaladas del afanoso explorador proferían (le decían que el okapi tenía ojos grandes y oscuros, las orejas grandes y anchas, la lengua muy larga, y al día siguiente que era moteado como un leopardo y que sólo tenía un cuerno en medio de la frente, le decían que no hacía ruido al caminar y que desaparecía en un instante, que su carne era afrodisiaca…) que oía caer los fardos por la noche, se ocultaba en la profundidad del bosque que ningún pie humano había hoyado.

 

Okapis, ilustración de Harry Johnston


Tras un largo peregrinar por los bosques, cansado, y más que cansado, vencido, Johnston hubo de reconocer lo vano de sus intentos por dar caza o siquiera ver de lejos al fantástico cuadrúpedo.

Indeciso entre cebra y jirafa. Temeroso y nocturno, el okapi viene a abrevar hasta esta página, llega (acaso) acosado por el fantasma de un naturalista que desde las páginas de un viejo diccionario de biología lo persigue con una pasión cuya intensidad es par a su avidez. Fatigó –nos dice la entrada– las densas selvas en busca de éste, que se pensaba era un equino fabuloso. «Acaso, el mítico unicornio», habrá pensado en sus desvelos tropicales el vehemente explorador que perseguía las huellas del esquivo y tímido animal. Habrá pensado que su cuerno le devolvería la juventud o lo cubriría de gloria y riqueza, habrá pensado en la suavidad de su carne, en el marfil de sus dientes, en la extraña música que producía…

Pero a cada intento de sir Harry por hallarlo correspondió un fracaso. Quizá porque sintieron compasión, quizá porque les ofreció una buena recompensa, los pigmeos le dieron como premio de consolación dos trozos de piel rayada que guardaban de la última cacería de okapis que habían realizado. Para el naturalista no fue poca cosa (dado que de no ser por las pieles habría regresado con las manos vacías) y se apresuró a enviarlas a Inglaterra los hombres de ciencia ingleses se apresuraron a anunciar que habían hallado una nueva especie de cebra. Por ironía, o por justicia, fue bautizada como Okapia johnstoni en honor a Sir Harry.

 

Harry Johnston

 

Como el ornitorrinco, el okapi también compone su cuerpo con partes de distintos animales: toma de la jirafa una parte, de la cebra otra y, bien mirado, algo de burro también tiene. Es como el ensayo (y debería ser su emblema), porque si el okapi toma los cuernos de uno y las patas de otro, el ensayo toma del cuento, de la digresión, de la epístola, del tratado, de la historia, de la leyenda y aún del poema todo aquello que necesita para armar su cuerpo siempre cambiante, pero, al igual que el tímido cuadrúpedo, manteniendo siempre su espíritu peregrino y discreto, su aire vagabundo, su amistad con la sugerencia, con el diálogo y su distancia de las doctas afirmaciones, con la falta de imaginación del monólogo académico, de la mentira política, de la cerrazón religiosa…

Sir Harry, este enfant terrible, de la Forein Office, cuyo nombre ha quedado ligado para siempre al del unicornio africano, practicó con fortuna la pintura, el periodismo, llegó a dominar un gran número de lenguas africanas, se interesó también en la botánica y aun se dio tiempo para incursionar en la cartografía y en la literatura. En sus últimos años, tras haber fracasado en sus intentos por ingresar al Parlamento, se retiró a Poling, una aldea en West Sussex donde pasó buena parte de su tiempo escribiendo novelas y cuentos que no corrieron con buena fortuna (The Man Who Did The Right Thing y una verdadera curiosidad: Mrs. Warren’s daughter A Story of the Woman's Movement. Una suerte de secuela de la obra de Georges Bernard Shaw Mrs. Warren's Profession) y libros de viaje que fueron mucho mejor recibidos (The negro in the new world, que él mismo ilustró, Piooners in Canada, Piooners in Australia).

Él, que escaló montañas, cruzó ríos caudalosos, poblados de voraces cocodrilos y temibles hipopótamos, que escribió libros, pintó a la fauna que tanto lo cautivó, él, que fue en busca del okapi… fue emboscado por la muerte cerca de Worksop en Nottinghamshire y víctima de dos accidentes cerebrovasculares que lo dejaron paralítico, murió en 1927 y con él una especie cada vez más rara de hallar en el mundo: la del viajero culto, fascinado por el mundo y las maravillas que él contiene.

 

Acaso porque sabe que su reino ya no es de este mundo, que este mundo ya no es ni será su reino, él, que no es ni cebra ni jirafa, ni asno, ni toro, ni caballo, ni unicornio… aunque algo de todos haya en su cuerpo, él que ya es sólo un estandarte del pasado, que ya no tiene acomodo en este mundo, se refugia entre las sombras de la espesura con la esperanza de olvidar, ser olvidado.

Un okapi vino a abrevar hasta esta página, pero ahora vuelve a las densas sombras que lo cobijan. Desaparece, se vuelve un punto. El punto que da fin a esta oración.


Para nuestro colaborador Julio César Bustos

 

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(1) Vale anotar que Stanley no fue el primero en dar noticias sobre los pigmeos, ya en 1865, mientras exploraba la cordillera de Gabón, Paul Du Chaillu, dio con una aldea de “Obongos” (“enanos salvajes negros” como también los llamaban). Du Chaillu fue el primero en dar detallados informes sobre los pigmeos, sobre sus costumbres y forma de vida.

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