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16.10.20

'Criatura secreta': Capítulo IV


Por Diego de los Santos 


Capítulo IV. El muerto y su hijita


Día 12


Hoy la funeraria se ha llevado a un preso. A acompañar su cadáver han venido su hija, vestida de negro, y un nietecillo, de unos doce o trece años de edad. Los dos lloraban desconsoladamente, sin pudor alguno, y esta manifestación libre de su dolor ha contrastado vivamente con el dolor crónico que se respira aquí dentro, donde las quejas son sordos gemidos en las noches interminables, y gritos aislados que no llevan a ninguna parte. Creo que a todos los que los hemos visto llorar así nos ha aliviado ese dolor apasionado, el dolor de la vida que canta a la vida que se fue, y que en vez de llamar quedamente a la muerte, la espanta. La chica se ha abrazado al cuerpo de su padre, envuelto en una funda de plástico gris, y abriendo la cremallera ha besado el rostro de cera del muerto. Yo venía de la sesión con Adelina, y al pasar por la enfermería he podido contemplar la escena, era como un cuadro, como el fotograma de una película que estuvieran rodando, con la perfección cinematográfica del neorrealismo italiano de los años cincuenta.

 

Lo que más me ha impresionado ha sido la expresión de infinita tristeza en el rostro cetrino del cadáver. Y me ha venido a la mente que Matilda nunca tuvo una expresión así, al contrario, parecía tranquila, incluso feliz, cuando deshidratada se le contrajeron levemente las comisuras de sus labios. Ese pensamiento me ha dado un pequeño y ligerísimo motivo de alivio, como un perfume que ha inundado la atmósfera alrededor de mi cabeza durante un rato. El nietecillo –me ha parecido un hombrecito con cara de niño- no podía parar de llorar, pero se ha mantenido a unos metros de la camilla donde habían puesto el cuerpo de su abuelo, como si aún, en su inocencia, tuviera miedo de los muertos y de los fantasmas. Pero al volverse el chico creo que ha visto el rostro indiferente de un funcionario que entraba, y entonces he creído percibir en su mirada inocente y pura un velo de terror mucho más profundo y verdadero que el que le infundía el muerto, en la toma de conciencia de lo que en realidad estaba pasando. Y el chico se ha movido unos pasos hacia su madre, que aún estaba abrazada al cuerpo escuálido y rígido del preso. Era el 667, y le habían puesto el número también cosido en la bolsa de plástico, el año pasado se escapo uno en la bolsa de un muerto y desde entonces han establecido un nuevo protocolo de seguridad. ¡Qué hermoso! he pensado, que el muerto pudiera regalarle a otro preso la libertad que él ya ha perdido definitivamente, y no podrá recuperar. Sería como una donación de órganos, pero el órgano sería la libertad, que es lo que le da sentido a todos los demás. Te daría un corazón y un cerebro nuevos; te trasplantarían los órganos sexuales y los pulmones, y unas nuevas pupilas, dispuestas a contemplar de nuevo la belleza y sus horizontes. Sería cómo un trasplante de alma, y el donante cedería con ella toda su vitalidad potencial (sueños, ilusiones, esperanzas...) devolviendo al receptor de golpe y porrazo a la hermosa y cruda vida real.

 

Cuando yo pasaba lentamente junto a la escena, la chica vestida de negro me ha mirado de reojo un instante, y su belleza desgarrada ha hecho correr un río eléctrico desde mi vientre en todas direcciones. Es muy hermosa; racial; debe tener algo de sangre gitana, pero también es paya, como su padre, al que ella recuerda vagamente en la forma de su frente, y en la órbita profunda y amplia de sus ojos. A este hombre yo lo había visto varias veces en el comedor, y en algunas de las actividades comunes, pero nunca en el patio. Recientemente lo vi dos o tres veces en la enfermería, muy pálido, sin hablar con nadie, me contaron que se quejaba de asfixia y de un dolor en el costado. Lo tenían un rato en la camilla, le daban dos aspirinas y lo devolvían otra vez a la celda, donde se acostaba. Tenía una cita en el Hospital civil para dentro de tres meses, que era cuando había hueco para los traslados, eso es lo que dijeron entonces delante del cadáver y de sus familiares, no sé si como una burla o como una denuncia que no llegaría a ninguna parte, que para el caso es lo mismo. Tendrá unos sesenta años, aunque aparenta más, y es de complexión delgada pero fuerte, como de haber trabajado en el campo, lo digo por las manos. Ha debido ser bueno con los suyos, porque ha habido que arrancarle literalmente a su hermosa hija del cuello para poder sacarlo de allí. Entonces ella se ha enfurecido, y mirando en torno como una pantera negra acorralada ha exclamado:

 

- ¡Cabrones! ¡Le quedaban ocho meses y no le distéis el tercer grado! ¡Y se ha tenido que morir aquí!

 

Luego bajó la mirada como avergonzada de su ira, y ya más dulcemente dijo como para sí:

 

- Lo único que quería era morirse en su casa. Porque él sabía que se moría…. Y ustedes también.

 

Se ha hecho un instante de silencio aprobatorio en la enfermería. Pero casi inmediatamente la indiferencia, pesada como una montaña, lo ha sepultado todo otra vez. Solo se oía el chirriar de las ruedas de la camilla empujada por los dos mozos cincuentones de la funeraria. Estamos en el siglo XXI, pero estos sonidos parecen filtrarse desde un pasado remoto, como si el tiempo, aprisionado entre estos muros, retrocediera, tratando también él de escapar.

 

El chico se ha quedado inmóvil todo el tiempo, viendo rugir a su madre, rígido, con un rostro de indignación que me ha dado pena, y miedo. Porque ya le han inoculado la primera dosis de injusticia y de odio a un corazón inocente. Mañana, cuando quizás acabe en el trullo como su abuelo, quizás le digan que de tal palo tal astilla. Pero el chico tiene cara de listo, espero que lo vivido en la enfermería lo salve definitivamente del peligro de caer bajo estos muros. Si eso fuera posible definitivamente.

 

Se enciende en mí también una llama al contemplar esas lágrimas de adolescencia rota, fruto de la impotencia ante la injusticia, única fuente de las verdaderas llamaradas de la ira. “Deberían hacerle la autopsia” he pensado decirle a la mujer, que hace unos minutos era sólo una niña. En la íntima convicción de que ese hombre fuera de aquí no estaría muerto; puede que ni siquiera hubiera enfermado. Dice el Profesor X que hay una suerte de suicidio inconsciente, en que el cuerpo se deja simplemente morir. Eso ocurre, creo yo, cuando el alma no se escapa del cuerpo preso, se niega a abandonarlo en vida, y se queda intacta allí dentro doblemente atrapada. Por eso suelen morir los mejores mucho antes, aquí, que los peores, como reza el refrán.

Al final me he callado como una perra, no fuera a complicárseme la estancia aquí dentro con estos funcionarios de expresión gastada, una estancia que se me antoja demasiado larga, probablemente más de lo que mi mente pueda asimilar. Y me he sentido mal por callarme, me han dado ganas de vomitar, pero no puede uno vomitarse a sí mismo. Luego he sentido un hormigueo por todas mis extremidades; ya ha empezado la descomposición de mi cuerpo, he pensado. Y me he imaginado a mí mismo sobre la camilla, dentro de la funda gris, sin ninguna mujer abrazada a mi cuello, sin ninguna lágrima adolescente resbalando por mí. Justo entonces he sentido el beso discreto de la muerte, que conozco. Y también una suerte de envidia de este muerto, no solo por poder marcharse al fin de este lugar horrible, sino por los afectos que acompañaron los ecos de su alma. Y he sentido una secreta y terrible pena por mí mismo al pensarlo, como si desde fuera pudiera compadecer a esta suerte de criatura desconcertada que soy, y que empieza ya a desear la muerte más que cualquier otra cosa, pero no se atreve hacer sonar el aldabón helado de su puerta.

 

Esa misma noche tuve un sueño. Al pasar por el sótano de una especie de hospital descubro a una enfermera preparando un cadáver, quitándole los catéteres, los esparadrapos, para ir meterlo en una bolsa negra de plástico. Al pasar junto a ellos creo ver como el muerto mueve un poco la boca y los ojos, y aviso a la chica de lo que está pasando. Ella me contesta muy amable y sonriente:

 

- Ya no tiene pulsaciones, como haciéndose cargo de mi horror.

 

Entonces la enfermera se va, y yo tengo una conversación con la cabeza del cadáver, es ya solo una cabeza sobre la camilla la que me habla, y me pregunta que donde está, pues lo ve todo nublado. Yo trato de tranquilizarlo y le digo que está en la UCI, que está todo controlado, que no se preocupe por nada y que intente dormir, que yo me quedaré a su lado. Cuando le he contado este sueño a Adelina, se ha puesto a llorar, y me ha dicho que se había acordado de su padre. De pronto todo se me hace cuesta arriba. La sonrisa se borra de mis labios. Comprendo el dolor que retumba entre estos muros, sin encontrar respuesta ni salida. Entiendo que es una réplica del dolor de muchos también ahí fuera. De los que se suicidan, y de los que no se suicidan. Y siento miedo, un miedo real y atroz al entrever que quién yo era ha dejado para siempre de ser. Que el gris de este lugar, esta tristeza, ha permeado mi piel, y empieza a gotear en mi interior. Tengo que parar como sea esta hemorragia hacia dentro. O me moriré aquí, entre estos muros, sin nadie que abrace mi alma aferrada a un cadáver.

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