Testimonio de la víctima


Debo denunciar los acontecimientos, ya lejanos, de una niñez enteramente atiborrada de alegrías, besos, juegos, postres y cumpleaños. Debo revelar ante las autoridades, el crimen de las mañanas calentita entre las mantas, protegida, quieta, plena, dormida en los brazos de papá; debo delatar la luz del sol por la ventana, las manos de mamá, la risa de mi hermano, el olor a café dulce. No debe quedar sin justicia el sonido de los pájaros en el balcón, o los viajes a la playa, las cenas en familia y las noches de cine. Las secuelas de una infancia feliz son definitivas y amenazadoras, los rastros de las caricias de mis padres dejan cicatrices incurables, zanjas abiertas como llagas donde solo entra la mugre. Quisiera poner una declaración, una queja oficial, una carta de devolución a mis años de chiquilla osada y alegre; debo ser recompensada por las noches sin mantas, ni juegos, ni postres, ni viajes a la playa ni cumpleaños feliz. El monto para remunerar debe devolver el cien por ciento de las caricias de mamá, más el veinte por ciento de los cuentos de papá, con una garantía que dure mil siglos y mil siglos más.

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