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20.2.20

Pureza de alondra



Construir un poema original
es adentrarse en una isla virgen.

Érase una hoja en blanco cargada de una luz palaciega,
con manto de nácar, piedrecillas, caracolas, palmeras...
y un mirar sibilino de opalinos ojos, ¡tardes yertas!
En ella, la alondra moría con temblores de azucenas.

El insigne rumor de luz que fulguraba entre aquella hiedra,
lleva el alma azul candente y dos emparedados de almendra.
Entre los negros cristales, pretende la luz solariega
crear un dorado declive de otoño en tardes de arena

o ser cobijo de una amatista con beldad pura e incierta
en vivienda azul y de cobalto, entre dos lunas inmensas;
un altar de cielo fugaz; cúmulos de nubes viajeras...
¡Luciérnaga de sentires entre dos focos de niebla!

Luz simétrica: pureza de alondra en palabra, ¡tan bella!
Un tramoyista de añil, de lengua pertinaz y traviesa;
arrumaco fiel de paisajes entre dos ojos de piedra:
¡Ah, la eterna irrealidad mortecina otoñando entre la yerba!

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