Cartagena de Indias, la antigua


¿Nos podríamos imaginar qué le preguntaría
Blas de Lezo a Cartagena de Indias tras regresar
a ella después de más de dos siglos? En este
poema de Julio César Bustos, tomado del libro
“Los Abatidos de Barlovento” (2000), tal vez
encontremos alguna respuesta o si no al menos
sí una pregunta latente que resuena aún en sus
piedras hechas de tiempo.

Cartagena de Indias, la antigua

para Álvaro Mutis
la piedra ha venido a ser
una presencia de albas porosidades

Heme aquí al fin
en esta tarde triste
Cartagena de Indias.
Al fin, después de haber navegado
los mares del mundo,
a la espera de este instante
construido con las piedras
labradas en la cantera de la imaginación,
queriendo contemplar
en alguno de sus puertos
sin nombre
ni rostro alguno,
la muralla que te nombra
como Cartagena de Indias
antigua
eterna.
Heme aquí al fin
en esta tarde triste
Cartagena de Indias,
mirando,
tocando,
palpando tu piedra,
hecha con la sangre del hombre,
con su triste savia que todo lo marca,
como al toro de lidia
que en las tardes
arenosas de tus corridas,
sale al ruedo a jugarse la vida
su casta
y su verdad.
Así tu presente.
Así has sido erigida
Cartagena de Indias,
como alta muralla que sobrevive
a la terca marea de los hombres,
quienes, indiferentes,
circulan por el ruedo de la vida
sin rendir homenaje
a la augusta presencia que te nombra
como Cartagena de Indias
piedra
muralla
¿eterna?

Cartagena de Indias
Oriente te ha dado el nombre,
acaso ─y España te bautizó─
acaso, te pregunto,
como el sol que calienta en esta tarde triste
en este crepúsculo donde,
desde el Castillo de San Felipe
hasta donde han llegado a descansar mis pasos,
en fin, desde cualquier recodo de tu muralla,
contemplo la ciudad
la antigua ciudad
con sus delgadas calles laberínticas,
con su torre del reloj
donde el tiempo se ha detenido
negándose a ser parte
de la necia rutina que la corroe;
la ciudad
aquella
la antigua,
protegida por un manto de niebla
─de dónde el manto,
acaso el mismo
concedido por Venus,
diosa y madre, a Eneas
para proteger sus pasos a través de Cartago,
la ciudad
la antigua muralla
donde reina aún hoy día,
para infortunio de Escipión,
la amorosa Dido─;
la ciudad
aquella
la antigua,
que mirando alerta
con sus ojos de cañón,
parece aún contemplar
sobre aquel mar homérico de las Antillas,
el tráfico dorado de los galeones,
el acoso de los piratas que, como Drake,
ululan a barlovento su desafío:
“¡Serás mía, Cartagena de Indias!”;
la ciudad
aquella
la antigua
la que contemplo,
la que parece añorar el paso de los huracanes
quienes, con sus titánicas manos,
han sabido pulir a través de los siglos
tus heroicas piedras;
acaso, te pregunto,
en esta tarde triste
en esta tarde en que los hados me han traído hasta ti,
acaso, te pregunto,
Cartagena de Indias, la antigua,
acaso, como el sol que ilumina la piedra,
en los abismos de Hesperia
has de desaparecer?

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