Los Hijos del Paraíso


Homenaje a Khalil Gibrán

Los hijos son avecillas de latidos fieros,
bocanadas de melancólicas alondras
inundadas de llanto aéreo: Doloroso clamor
de cristalina esperanza.

Llevan cuenta las veces que no los miramos,
restando siempre nuestro desvelo. Los hijos nos
pinchan como alfileres eternos en el alma; nos llagan,
nos electrizan con tristeza sideral;
tras de ellos flotamos
con sonrisa hipnótica.

Nos nacen –casi todos–, creyéndolos siemprevivas;
con clamor de viento huracanado, los hijos nos alborotan el ser;
nos instan en sus atardeceres ingratos,
para saber cuándo fue la última vez que no los velamos.

Tan sólo el aire que nos aspiran, nos sabe a nardos
doloridos: Los pudrimos a besos y a caprichos;
en nosotros se instalan como un pellizco de alma transida.

Con ellos nos adornamos: prendedor experimental
de mariposa delirante;
los lanzamos –al vuelo– con orgullo infinito:
en un anhelo irrefrenable que perfuma el ocaso de nuestros sueños.

Lo mejor de todo es que son frutos
que casi siempre, cuando maduran, se nos mueren
después de habernos ido;
lo peor, que cuando nos vayamos,
los quedaremos huérfanos de anocheceres;
tal vez, porque los hijos son el arco iris
que iluminan el firmamento
de nuestra cósmica existencia.

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