Los agujeros del queso gruyère o las batallas perdidas


Creo que fue en Suiza cuando me enteré de que el queso gruyère no tiene agujeros. Ni uno solo.

Durante el tiempo que viví en París, trabé amistad con una chilena que residía en Lausana. Me invitó a pasar un fin de semana allí y como no estaba muy lejos, cogí el tren y me planté en Suiza. Es lo bueno de estar en el centro de Europa, que todo te parece muy cerca, ya sea Escocia, Polonia o Suecia.

El caso fue que me sacó un queso gruyère de la nevera y dijo “mira, a ver si ves algún agujero”. Me quedé tan sorprendido como agradecido de aprender una cosa nueva y de paso, desmontar otra mentira o inexactitud del llamado acervo cultural. El error tan común viene de los tiempos cuando se vendía por toda Europa el queso emmental como gruyère, que sí tiene agujeros y de ahí, la expresión “tiene más agujeros que un queso gruyère”.

Ponerse a ganar batallas perdidas como la de erradicar esa expresión fijada en el idioma, es muy difícil, efectivamente pero a veces hasta se acaban ganando. Convence tú a la gente con la que hablas de que el queso gruyère no tiene agujeros. Primero no te cree y segundo, piensa que le estás tomando el pelo. Aunque igual encuentras a alguno con cierto sentido crítico y lo convences.

Otra frase fijada a machamartillo es eso de los “principios de la izquierda”. Solo falta que salga un pin o camiseta con la frasecita y que se lo pongan. Eso les sirve para ya situarse no ya en la cima de una montaña cualquiera, sino en el Everest y dejarte a ti como al enanito del cuento y sin principios, claro.

Con el revuelo de los másteres que vivimos estos días, Pedro Sánchez presentó a la nueva ministra de Sanidad, la tal María Luisa Carcedo, como “una mujer de principios”. Dos días más tarde esos principios le permiten sin ningún problema comparar la gestación subrogada con el tráfico de órganos y de personas.

Podemos seguir enumerando esos clichés que son de muy difícil supresión porque en su mayoría, nos los meten con calzador el pensamiento progre, buenista, o Alicia que decía el admirado Gustavo Bueno en un genial libro: “la cultura es patrimonio de la izquierda”, “el lenguaje inclusivo de todos y de todas”, “las políticas sociales”, “políticas con perspectiva de género”, “pagar impuestos es socialista”, “el aborto es un derecho”, “gobierno feminista”, “un mundo multicultural, solidario y de puertas abiertas” etc., etc. etc. es decir, una colección de mamarrachadas que solo sirven para atontar más aun al ya convencido por un lado y para dejar en fuera de juego al que se atreve a ponerles algún pero.

Para ganar a esas ideas hay que contraponer otras ideas, como la frase de la película de Ben Hur. El malísimo Mesala le decía a un atormentado Charlton Heston que hacía de Ben-Hur: “yo te diré como derrotar a una idea (la del cristianismo): con otra idea”. Frase que confieso, me dejó marcado de por vida. Es justamente eso lo que hace falta pero no solo en España sino en todo Occidente que va por el camino rápido de la autodestrucción. Articular un discurso firme contra esto sin que te tachen de xenófobo, racista, fascista y todos los –istas posibles, hoy en día, nadie lo puede hacer y si lo hace, se retracta a los 5 minutos por la avalancha que le cae en su contra. A corto plazo no lo veo y a medio plazo tampoco.

Necesitamos a otro David, aquel que mató a Goliat en una batalla que parecía perdida de antemano. Pero la dio y la ganó.

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