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15.2.19

Lo que queda



Estos días de atrás he estado releyendo el libro de Jiménez Losantos, “Lo que queda de España”. Me interesa recalcar que con éste o con cualquier libro de Losantos, la cuestión es releer. La complejidad de su prosa, de su sintaxis o simplemente de su vocabulario, lo hace necesario incluso al iniciado en la lectura de textos de cualquier tipo. El tema de España o la “cuestión nacional” está por desgracia de moda y más hoy, inmersos como estamos en el juicio al “prusés”.

Puede que convenga meternos en antecedentes del libro aparecido en el lejano 1979. Lejano puede que en el tiempo pero sin duda y también por desgracia, más actual que nunca. Para no extendernos, “Lo que queda de España” escandalizó a muchos, muchos en Cataluña donde residía Losantos en esa época.

El escándalo en cuestión se hizo más patente cuando la editorial donde colaboraba, el Viejo Topo, se negó a su publicación alegando que “no reunía las condiciones literarias exigidas” para no decir realmente que no lo publicaba por ser “anticatalanista”. Que esa misma editorial le hubiera dado un premio de ensayo el año anterior, parecía que era un tema anecdótico que no tenía mucho que ver.

Losantos venía a decir que “el emperador va desnudo” en su estilo directo y al grano. Afirmaba con rotundidad que en 5 años, el castellano estaría erradicado de las escuelas catalanas y que no quedaría un solo docente que lo enseñara en condiciones. Esos profesores ya habrían salido de Cataluña con rapidez. Asimismo, se negaba a la asimilación a la cultura catalana más o menos impuesta de los escritores en español en Cataluña por parte de la Generalitat que se avecinaba y por extensión, de todo emigrante venido de otras partes de España.

Por suerte para la literatura en español, una editorial digamos rival, Ajoblanco, tuvo el acierto de publicar el libro en junio de 1979. Francisco Umbral lo presentó en sociedad declarando que “estoy aquí no porque crea que el castellano va a perecer esta noche en las garras del catalán, ni a la inversa (…) Estoy aquí, sencillamente, para asistir al nacimiento de un extraordinario escritor español”.

Losantos acertó de pleno en su predicción. El castellano y peor aun los castellano- parlantes quedarían a merced del pujolismo y asimilados, los llamados “charnegos agradecidos”, tipo Vázquez Montalbán que se subió a ese carro revanchista de criminalizar lo español, lo castellano o como se quiera llamar. Losantos da buena cuenta del creador de Pepe Carvalho en el libro, por ejemplo.

Ahora, nada menos que 40 años después, la cuestión del catalán, lo catalán o mejor dicho, lo catalufo, ha ido muy a peor. Vamos que si ha ido. Tenemos efectivamente, el español totalmente erradicado oficialmente de muchos ámbitos, oficiales o no y encima a una parte muy numerosa de la población en Cataluña levantada en armas, en guerra. Sin fusiles ni granadas de mano, entiéndanme, pero en guerra.

Nos hacemos la eterna pregunta de “cómo hemos podido llegar a esto” si hemos cedido en cosas tan fundamentales como entregar nada menos que la escuela al profesorado catalufo, marginando silenciosamente a los niños castellanoparlantes en una invitación más o menos “amable” de “o te asimilas o te vas”. Imaginen que no hubiéramos cedido y hubiéramos seguido con la política educativa de Franco por ejemplo, con un catalán no oficial, tolerado pero no oficial. ¿No tendríamos a esa parte tan significativa de la población en guerra también? Seguramente, puede que no tanta, pero la tendríamos.

En estas cuestiones de visceralidad de territorios, este enjambre de “señas de identidad” y de “idiomas propios”, siempre nos va a pillar el toro. Es imposible hilar sin que en algún momento la hilada no te quede fina o el encaje de bolillos no te quede alguno sin colocar. Imposible. Por eso me planteo siempre qué es lo que queda de España.

Cuando ves la monigotada mediática tipo Dani Mateo, Eva Hache, Pepe Viyuela o simplemente cualquiera que salga de la cuerda de “Al rojo vivo” de la Sexta, tengo claro que de España no queda absolutamente nada. Sencillamente porque estos personajes renegados y acomplejados no tienen ni la más remota idea de lo que es España. No saben nada. Ni conocen su pasado, ni su presente ni menos aun, su futuro porque para eso hay que ser mínimamente inteligente.

Por otro lado, cuando la cosa pinta muy en bastos, la reacción de un país o mejor dicho nación, que creó universidades en el Nuevo Mundo en el siglo XVI, inició corrientes culturales como la Escuela de Salamanca precursora del liberalismo económico o del derecho moderno, exploró continentes enteros, descubrió ríos como el Amazonas o completó la primera circunnavegación del mundo, esa reacción digo, no puede ser silenciosa o tímida. El otro día en Colón con miles de personas, la nación española tuvo algo que decir.

Lo que queda de España puede ser mucho o poco, según. Parece que estamos en una dinámica trágica de marea alta y marea baja, como un movimiento de péndulo perpetuo.

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