Queridos mallorquines



Ahora que está de actualidad el tema de la manifestación en Mallorca en contra de la exigencia obscena y claramente inconstitucional del catalán en la Sanidad, me han vuelto los fantasmas de la isla. Debo decir que por suerte ya no vivo allí. Estuve nada más y nada menos que 13 largos años, hasta que mi salud mental me dijo basta.

En 1995 apareció un librito de 117 páginas que pretendía ser un modo de empleo, unas instrucciones como las de IKEA, sobre cómo tratar a los mallorquines, entenderlos y sobrevivir si uno decidía quedarse a vivir en la isla. El tal libro, “Queridos mallorquines”, llegó a tener bastante éxito de tal manera que a muchos de los recién llegados, enseguida les comentaban que debían leerlo para enterarse de en donde se habían metido.

En el libro, firmado bajo el pseudónimo de Guy de Forestier, se cuentan varios aspectos del llamado “carácter mallorquín”. Explica en clave de humor resignado por qué hacen algo o por qué no hacen ese algo… Algo que a cualquiera de fuera no le parecería normal, pero nada normal. Tales explicaciones se me antojan muy necesarias porque el mallorquín es uno de los grandes desconocidos. Todos tenemos en mente las generalidades de un catalán, vasco, gallego, andaluz, madrileño, asturiano, castellano, murciano, canario, etc. pero ¿de un mallorquín? ¿Quién sabe algo? Yo no tenía ni idea y eso que había viajado algo.

Uno de los capítulos (De compras y de ventas) de “Queridos mallorquines” lo dedica al trato al cliente, que es realmente fascinante. Tú entras en una tienda en Mallorca y saludas al dependiente… lo normal es que el de la tienda o no te salude o si lo hace, lo haga con mala cara o casi peor aun, que no te haga caso y que siga hablando con otro vendedor. Y si después muestras mucho interés en comprarle algo, el dependiente o dueño del local es muy posible que te insinúe que no merece la pena comprar el producto que vende. Ejemplos realmente surrealistas pero éste que escribe, lo ha comprobado profusamente.

Recuerdo un caso que me contaron de un churrero del barrio de Son Dameto en Palma. El señor por lo visto, tenía bastante éxito con sus churros, así que solía tener una cola de gente esperando a comprar. El problema venía cuando el churrero alcanzaba la recaudación que consideraba adecuada para ese día. Cerraba de repente el puesto y mandaba a la gente que esperaba para casa. Lo fascinante era que tenía churros de sobra para seguir vendiendo. Parar reír o llorar o las dos cosas.

Yo fui en 2002 uno de esos recién llegados con intención de quedarse de los que hablaba antes. No sé si será por mis dotes de observación que suelen acertar, pero rápidamente me di cuenta de que había cometido un gran error. Algo en el ambiente, algo en las miradas de la gente, algo en su frialdad, algo en la dejadez y abandono por cualquier sitio, me hicieron pensar así.

Para hablar de lo que abunda en Mallorca, resumir y no aburrir mucho al lector, habría que decir que el mallorquín es profundamente misántropo pero de una manera que no te lo puedes creer. Es misántropo con el vecino, es misántropo con el familiar, es misántropo con el amigo, es misántropo con el jefe, es misántropo con el empleado, es misántropo con el cliente, es misántropo con el venido de fuera que se queda a vivir (al que llaman por el infame nombre de “foraster”) y por supuesto, es misántropo con el turista, que es de quien vive.

A la mala cara y malos modos iniciales, se unen luego la dejadez y la frialdad con el otro. No le pidas que te hagan un favorcito porque si no les “va bien” (como dicen), no te lo hacen, máxime si te ven apurado. Te comentan el muy mallorquín “ya te diré cosas”, que suele ser no. Si al final te lo acaban haciendo, será siempre tarde, mal y con poco entusiasmo, haciéndote sentir que eso queda anotado y que en cualquier momento, te pasarán la factura.

Luego está otra variante curiosa y llamativa de mallorquines que particularmente me fascina: los explosivos. No son muchos pero se notan a la legua. Muy habladores, muy vocingleros, muy sonrientes y muy afables pero de corto aguante. Dile o pídele tú algo más de cuenta y ya está ahí su humor, o sea, su total ausencia. Cambian la cara como por ensalmo, te sueltan una fresca que te quedas tiritando y ahí se acaba la historia.

Como comprenderán, no es fácil hacer amigos locales, ya sean mallorquines patanegra o nacidos en la isla de padres “forasters”, que tampoco son muy diferentes los unos de los otros. Recuerdo el caso de un sevillano que conocí en una ocasión. En Sevilla tenía 200 amigos, aquí tengo 2, me decía con cara de pena. Otros, sin embargo, los menos, confesaban estar encantados de vivir en la isla. O se pasaban todo el día en la playa o de buceo o se habían ido a vivir a un pueblo remoto del interior donde no conocían a nadie. Para eso son ideales las islas del Mediterráneo: para que no te encuentre nadie.

Todo lo de Baleares me parece o cutre, o chusco, o antiguo, o indolente, o perezoso, o infame, o rastrero, o todo lo anterior, siento decirlo así. Y lo digo porque sé de lo que hablo. No consigo hablar de nada positivo de ese lugar y como yo, hay miles y miles de personas que han pasado por lo mismo y han acabado huyendo. Incluso se lo parece a mallorquines de toda la vida, que te lo confiesan en privado, que ellos son así. Te dicen como explicación “es complicat” y no hay nada más que hablar. Y no es por eso que dicen algunos que es por “recibir a tantos turistas”. Eran así mucho antes, antes de que se inventara el turismo. Para eso está el libro “Un invierno en Mallorca” de George Sand, la amante de Chopin, escrito en 1842, por ej.

Con el tema de la ley del Govern balear que hará que los profesionales sanitarios pasen por el aro de la catalanidad, se ve muy claramente esa misantropía de la que hablo. Como en Cataluña y demás regiones con lengua o idioma “propio”, el idioma sirve de criba y parapeto para lograr un funcionario puro y ario, poniendo todo tipo de trabas al que viene de fuera. Idioma “propio” que ellos mismos se han encargado de erradicar en favor del catalán llamado estándar, o sea, de Barcelona. Históricamente existía el mallorquín con gramática diferenciada del catalán y valenciano. Hoy en día solo las personas mayores dicen que hablan “mallorquín” por un atavismo del pasado. El resto dice con orgullo que habla catalán, los que lo hablan. Es un gran logro de los gobiernos del PP balear de los años 80 con Cañellas y cía. y que la izquierda ayudó a completar con los “Pactes de progrés” posteriores.

Ahora que está montado un cisco de padre y muy señor mío con los médicos y demás personal sanitario, poco le importa al propio Govern que haya comprobado el alto riesgo de fuga de esos profesionales (como ya pasó en 2009 en Ibiza por ej.) y que queden servicios desatendidos. El sector más ecocatalufo y reaccionario del Govern, los chicos de MES, tienen cogida por el pescuezo a la presidenta Francina del PSIB-PSOE, a la que tampoco le importa mucho que la tengan cogida por ese asunto.

Les recomiendo finalmente, que si van a Baleares, no se queden más de 3-4 días y a ser posible, traigan comida y bebida de casa para que no sableen su bolsillo. Y sobre todo, no se les ocurra quedarse.
Queridos mallorquines Queridos mallorquines Reviewed by LETRA LIBRE on 12.3.18 Rating: 5

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