Me gusta



En un universo alternativo y en una galaxia lejana de cuyo nombre me quiero acordar, existía un planeta de humanoides parecido a la tierra. Tenían las costumbres y valores del planeta azul en el siglo XIX, pero era mucho más avanzado tecnológicamente incluso que nosotros ahora.
En ese planeta, estaban de moda las redes sociales, y las damiselas en vez de ponerse a hacer calceta, se dedicaban a compartir información (una manera muy resuelta de decir «chismes»), recetas y fotografías. Ellos, por el contrario seguían libando licores en el club, pero con el portátil en las rodillas mientras hacían exactamente igual que sus «partenaire».
En dichas redes sociales habían los mismos botones de «me gusta», «me encanta», «me entristece» etc; además de unos cuantos de cosecha propia como el «no me gusta», el de acuse de recibo para decir, «te he leído», uno con un tornillo que significaba «estás chalao», y el guante.

Allí, como aquí, existía el «amigo» que sin ton ni son le daba al «me gusta» automáticamente a todo lo que ponías, incluso sin leer lo que decías; actitud muy peligrosa porque en esa sociedad con más redaños, honor y fácil ofensa, corrías el riesgo de que pulsaran el guante.
Se había dado casos que internautas ponían en su estado que se le había muerto su padre, que estaba triste porque había perdido el perro, estaba acojonado por su próxima cirugía, o habían cancelado su programa favorito, y que estos contactos desalmados o inconscientes, le daban al «me gusta» o el «me encanta»; entonces el ofendido e indignado pulsaba el guante. Cuando esto ocurría, de la pantalla salía un mano virtual portando un guante y abofeteaba con él al susodicho mandándole de inmediato a sus padrinos, y citándolos al alba detrás de la tapia del cementerio.

Los cadáveres se contaban diariamente por centenares, pero las autoridades los consideraban una criba, una selección natural de la especie para deshacerse de tanto idiota.