La mañana



Me ha bailado la mañana en las sienes, recogidas mis faldas con los hombros y una protesta de arenas en los zapatos.

Me he desnudado de derrotas antes de lacerarme la piel con un placebo de humanidad. Mantras desde una voz que no reconozco y el rostro que no asumo.

La tarde me abraza y consuela en la esperanza de que cada día nace muerto tras un parto silencioso, en la esperanza de que existe la belleza aún en la cucharilla del café.

Recupero mi manto de paredes solitarias y me arrebujo en sueño y en el beso de la belleza breve.

Sólo veo las notas de un violinista catatónico.