Fundamentalismo y Libertad


Cuando llegó el postmodernismo, allá por la década de los 80 del siglo pasado, algunos no nos acabábamos de creer que las ideologías llegaban a su fin, que el marxismo estaba finiquitado y que, por fin, respirábamos libertad. Una libertad de pensamiento que se nos había negado en las aulas universitarias, que imponían un adoctrinamiento, que discriminaba a todo disidente, abocándole al ostracismo y al silenciamiento.

Llegó la libertad, pensamos algunos, aunque la verdad había quedado reducida a la categoría de opinión. Nos creíamos que ese sistema de ideas cerrado, absoluto, asfixiante, que es el marxismo, había pasado a mejor vida. Había llegado la era de la tolerancia y todos podíamos decir lo que pensábamos, porque, a pesar del silencio en el que habíamos vivido, pensábamos y, a veces más, cuanto más arreciaban las ideologías.

Pero no nos habíamos parado a pensar que la ideología conduce, inexorablemente, al fundamentalismo primero, y al fanatismo, después. El pensamiento, en cambio, genera ideas que van sucediéndose las unas a las otras y abriendo nuevos espacios. El pensamiento conduce a la libertad; la ideología, al fundamentalismo. De ahí que apenas desaparecido el marxismo, aparecieron en el horizonte los fundamentalismos, de carácter religioso o laico, con su carga de opresión y totalitarismo, la misma que la del marxismo. Por eso, la progresía amparándose en un diálogo mal entendido, se ha posicionado de su lado. Con el fundamentalismo no se puede dialogar, porque la violencia y el fanatismo no son instrumentos de comunicación.

La mal llamada progresía -no hay nada más involucionista que las ideologías- no ha creído nunca en la libertad y no estaba dispuesta a concederla tan fácilmente. Escondida tras el discurso del “buenismo” ha perpetrado verdaderos atropellos a la libertad individual y colectiva, pero, eso sí, ha tenido la capacidad de convertirse en los adalides de la libertad, los Derechos Humanos y el progreso.

Los fundamentalismos, en su forma totalitaria, irracional y fanática, amenazan con acabar con el pensamiento, base del progreso y de la libertad. Base también de nuestra cultura europea. El pensamiento permite la discrepancia, el debate intelectual -tan habitual en la Edad Media y en el Renacimiento-, que obliga a la reflexión y a la argumentación. El intelectual está relegado en nuestra cultura, mientras proliferan los demagogos y charlatanes de feria. Nada más lejos del pensamiento que la época en que vivimos, donde el insulto, la intolerancia y el fanatismo son la única respuesta a una idea, a una opinión, a una propuesta.

Los totalitarismos del siglo XX acabaron con el pensamiento, instaurándose una ideología que frenaba todo progreso intelectual. Ahora, los enemigos de la libertad están dispuestos a imponer sus dicterios, que no cultura, mediante la violencia. La única posibilidad de perpetuar la cultura occidental estriba en recuperar el Humanismo cristiano y la cultura clásica, donde el pensamiento, los ideales -como reflejo de lo trascendente- llevaban la impronta del progreso y el respeto a la libertad.

Ahora, más que nunca, se impone la dictadura del silencio porque el pensamiento fue arrollado por una ideología: el marxismo. El intelectual sustituido por un ideólogo; los axiomas o razonamientos sustituidos por consignas que se repiten como mantras; la discrepancia y el debate, por el pensamiento único; la denuncia, por lo políticamente correcto; la crítica, por el buenismo. Y la libertad por el fundamentalismo.