El tatuaje



Estaba a la moda, y como todos sus «colegas» tenían algún que otro tatuaje en el cuerpo, él no iba a ser menos. Estaba fascinado por las culturas orientales, en concreto por lo chino y japonés, y en especial por todo lo Zen; así que en el patio de su casa se había construido su Karesansui o jardín Zen con arena, grava y rocas, para meditar y, en el que hacía su ceremonia del té. Tenía una colección de Bonsáis, practicaba Budo (Kendo en concreto) y en sus ratos libres se dedicaba al Origami.

Le gustaba alardear de sus conocimientos de las culturas asiáticas, de sus viajes por oriente y su colección de libros sobre el tema, aunque como era bastante torpe para los idiomas nunca había aprendido ni chino ni japonés; aunque estaba fascinado por su grafía, en especial la china.

Ya tenía el tatuaje de un dragón en el pecho, un Yin y un Yang en un brazo y una Geisha con una flor de loto en el otro, así que decidió ponerse en el cuello uno nuevo con caligrafía china que dijera «amor eterno» para complacer a su novia.

Su tatuador habitual se había mudado a otra ciudad, pero antes de marcharse le indicó que si quería un nuevo tatuaje tenía un amigo chino tatuador muy bueno que usaba técnicas tradicionales del Tebori. El citado Tebori es un método japonés en el que se hace todo a mano, sin máquinas; y que además implica todo un ritual, tanto para el tatuador como para el tatuado, siendo un proceso lento; Camilo estaba fascinado y decidió ir al chino para su nuevo tatuaje.

Se había leído todo lo que cayó en sus manos sobre el tema, y con lo cargante que era, lo primero que hizo cuando llegó al tatuador fue poco más o menos que darle una conferencia sobre el tema, y casi decirle como tenía que hacer su trabajo. Eso, obviamente, no le gusto al chino ni mijita.

Después de varias horas de doloroso proceso, ya tenía su flamante nuevo tatuaje en el cuello visible para todo el mundo para admirarlo:
我傻

Lo que no supo fue que su tatuador tenía mucha mala leche y como venganza ante tanta arrogancia, lo que le puso en el cuello permanentemente para los restos no fue «amor eterno», sino «soy tonto».