La escrupulosa


Por C.R. Worth 

Desde pequeñita había sido extremadamente escrupulosa, la típica persona que le daba fatiga cualquier cosa. En su adolescencia fue incapaz de irse de botellona, porque eso de compartir un litro de cerveza en la botella con todo el mundo le producía unas arqueadas tremendas, y sería capaz de echar hasta las primeras papillas. Pero no era solo beber de un mismo recipiente, eran olores, o incluso algo visual que le pareciera asqueroso.

Ver a alguien vomitar le levantaba el estómago hasta tal punto de ponerse a arrojar vómito al alimón también. Los objetos personales se cuidaba mucho que nadie se le ocurriera usarlos, ni un peine, corta uñas, cepillo para el pelo, esponja de baño, o incluso auriculares para las orejas, y ni que decir tiene del cepillo de dientes. Si alguien usaba su peine, lo desinfectaba y, si una amiga se le ocurría usar su barra de labios, iba inmediatamente a la basura.

Si así fue en vida, tras la muerte y salirle colmillos inmensos tampoco cambió. Tener que alimentarse de sangre, lo cual le daba bastante asco, fue duro para ella, pero tuvo que adaptarse, ya que se convirtió en un asunto de vida o muerte.

El tener que morderle a alguien en el cuello para alimentarse le daba bastante repulsión, así que muy previsiva ella solía llevar toallitas húmedas empapadas en alcohol –como las que usan los diabéticos antes de inyectarse– para desinfectar el pescuezo de su víctima.

Con el temporal de nieves que había en su ciudad, la gente no salía a la calle, por lo que habían pasado varios días sin nada que echarse a la boca, literalmente. Como cazadora nocturna que era, siempre aprovechaba la vida noctámbula de los jóvenes para alimentarse; callejones oscuros y algún que otro despistado solían ser sus víctimas, pero con el mal tiempo los locales nocturnos estaban cerrados y la gente no salía de sus casas.

Las tripas le sonaban cada vez más fuerte, y estaba desesperadamente hambrienta. Deambulaba por la ciudad buscando «la cena», y tenía tanta hambre que no haría miramientos a su presa. Siempre prefería muchachos jóvenes, saludables, preferiblemente no fumadores, y por qué no, hasta atractivos. Pero hoy ¡sería capaz hasta de comerse a una vieja que oliera a gatos!

En la zona comercial de la ciudad –que normalmente no tenía muchos transeúntes de noche– vio arropado entre cartones, dentro del cajero de una sucursal bancaria, a un mendigo zarrapastroso. Morder a alguien así le daba mucho asco, pero estaba desesperada y llevaba ya muchos días sin comer. «Este va a necesitar tres o cuatro toallitas de alcohol, por lo menos», se dijo a si misma… Pero ¡oh, no! ¡No podía encontrar su desinfectante! El abrigo tenía un agujero en el bolsillo y seguramente los habría perdido.

¿Qué hacer? ¿Pasar hambre o armarse de valor y morder al sintecho? Le repugnaba la idea, pero estaba famélica e hizo de tripas corazón para morderlo. Entró en el recinto y el olor inmundo le tiró para atrás, pero se armó de valor e hincó los afilados colmillos en el cuello del indigente. El sabor acre, el olor a zorruno y la costra del pescuezo la sumieron en arcadas compulsivas, no podía para de vomitar de asco. Echó toda la bilis que tenía en el vacío estómago, y su propio vómito le producía aun más fatiga. Cuando ya no le quedaba nada más que vomitar, arrojó por la boca el mismísimo estómago, después las tripas, el hígado, y el páncreas. Espasmo tras espasmo fue vomitando todos los órganos sin control porque cada vez sentía más repulsión y las arcadas eran más virulentas. Vesícula, riñones, pulmones, y por último el corazón.

No fue el ajo, ni la estaca, ni la cruz, ni los rayos solares lo que la mató, sino sus propios escrúpulos.