Estampida



En España padecemos un síndrome de Estocolmo colectivo respecto a los que nos maltratan, insultan y amenazan. Será que confundimos los deseos de que todo se arregle (pero por intervención divina, no sea que alguno de nosotros tenga que mojarse) con la realidad cruel. Una palabra amable de nuestros traidores, de nuestros mafiosos, de nuestros terroristas o de nuestros secesionistas nos hace suspirar de alivio. No son tan malos. Se cultiva a sabiendas el adocenamiento, la corrección política y la cobardía. Y el que exhibe la terna mencionada -perfecto y ejemplar miembro de la sociedad desde ese momento- cree firmemente, desde la atrofia de su conciencia, en su propia honestidad. El matonismo está triunfando en España, pero una vez más lo hace como consecuencia del silencio cómplice, del miedo a la verdad y del secuestro del discurso. Pero también de la sociedad desarticulada. Al España Invertebrada de Ortega respondió Marías con su España Inteligible. Me temo que responderemos a ambos con la España Invertebrable. Siempre triunfarán los que no la quieren porque la llevarán a la sangrante situación que dicen denunciar. Quiénes nos dirigen y aspiran a dirigirnos nos conocen bien; es por ello que la obsolescencia de los principios es atributo activo de nuestros partidos políticos.

Con estos mimbres no es de extrañar la deriva social. Crecen la agresividad, el odio al antirrevolucionario, el desasosiego y la sospecha de que tras tantas y tantas tribulaciones contra el devenir tranquilo del tiempo se va larvando un conflicto. En esta locura, ¿Cuál es el fin de esta revolución? ¿Puede alguien decir hacia dónde cojones nos dirigimos? Esto es una estampida. Lo repito: esto es una estampida. Estamos inmersos en etapas avanzadas de un proceso de demolición de la estructura mediante ingeniería social. Se avista una brecha incivilizatoria. ¿Irreversible? Que juzgue cada cual.

Despiertan de su letargo las piedras: la tradición no se resiste a morir, se resiste a ser matada. ¿Y acaso la tradición es alguien en particular? No, es mucho más. La tradición es el relato cultural: tan consustancial al humano como al hombre y a la mujer lo son la reproducción y el sustento. El arraigo cultural es tan o más importante –aunque no se sepa- para la persona como aquello que satisface su vida animal. No podemos llamar triste sino desgraciada a la ‘costumbre’ de no comer todos los días. Como si su destino natural fuese desaparecer porque su esencia es maligna y antisocial, una maniobra frontal a la luz del día acecha siniestra a la tradición cultural, rompiendo mucho más que los esquemas de vida. El objetivo es hacernos tragar este mejunje hasta que no conozcamos otro, es decretar el olvido. La teledirección representa el final del movimiento espontáneo de la sociedad. Nos están diciendo que nuestros orígenes, arraigo y sustrato cultural son el problema; que esas cosas merecen nuestro más profundo desprecio por todo lo que nos quitan; que pisotear nuestros propios principios y dinamitar el suelo cultural bajo nuestros pies solucionara nuestras vidas y conflictos. Y nos están diciendo que somos imbéciles por resistirnos… que lo somos por nada menos que querer continuar la vida.