El florero


Por C.R. Worth 

Era el jarrón para flores más hermoso que nadie pudiera imaginar, pintado a mano, delicadamente modeladas sus formas y sus diseños. Refinado, exquisito, no había otro igual; y sin duda era la pieza que cualquier persona de buen gusto querría tener en su casa.
Expuesto en la Galería de Arte más prestigiosa de la ciudad fue adquirido por un joven empresario, que en su rampante carrera financiera quería rodearse de las cosas más bellas y caras, y presumir de ellas.
Primero ocupó un lugar prominente en su casa, para poco a poco ir cambiando de sitio hasta llegar a un cuarto sin uso. Allí olvidado, sus flores se volvieron mustias, una espesa capa de polvo lo envolvió, y sufrió la languidez del ser relegado.
Un día entró un ladrón en la casa y vio el tesoro que ocultaba el trastero, y sin ser notado por su amo se lo llevó. El ladrón le devolvió al florero el lustre y el esplendor primitivo, una belleza intrínseca que siempre había estado allí.
Cuando el joven empresario notó su falta, montó en cólera, su preciada obra de arte había desaparecido, era suya, su posesión, y no estaba dispuesto a que nadie le quitara lo que le pertenecía. No importaba que ni lo mirara, que nunca lo usara; lo que le recomía por dentro era que otro usara su jarrón.
Así se sintió Marta, como el jarrón, cuando Julián le hizo sentirse otra vez mujer y no como Emilio, que para él, ella era igual que su preciado florero.