San Juan cultural y festivo


Por María José Fernández Sánchez
Poetisa y columnista
La Víspera de San Juan o Noche de San Juan es una festividad cristiana, de origen pagano. Su onomástica se celebra el día 24 de junio, fecha en la que se conmemora el nacimiento de San Juan el Bautista, el único santo al cual se le celebra la fiesta el día de su nacimiento (en seis meses –el 24 de diciembre– estaremos celebrando el nacimiento de nuestro Redentor, Jesús).

Estas fiestas se celebran en muchos lugares del mundo: en toda Iberoamérica tenemos la tradicional fiesta de San Juan. Una de ellas es la de San Juan de los Lagos (México). Cito algunas ferias españolas para comprobar su interés conmemorativo como la Feria de San Juan de Cabra (Córdoba), la Feria de San Juan en Alhaurín de la Torre (Málaga), la Feria San Juan y San Pedro (León), la Feria de San Juan en Arroyo de la Miel (Málaga), la Feria de San Juan en Orduña (Bizkaia), la Feria de San Juan en Velilla del Río Carrión (Palencia) y la Feria de Las Hogueras de San Juan (Alicante). Pero la mejor para muchos de nosotros es la Feria de San Juan de Badajoz.

La Feria de Badajoz, que es la que nos ocupa, viene festejándose desde principios del siglo XIX hasta nuestros días, entre el 21 y el 30 de junio, (comienza el fin de semana antes del 24 y termina el domingo siguiente de esa semana del 24) con mercados eco-artesanos, serenatas de San Juan, encendidos de hogueras, quema de fuegos artificiales, verbenas populares, conciertos, proyección de películas, chiringuitos, feriales, casetas...

Por esas fechas ya podremos disfrutar de la feria de san Juan de Badajoz, recientemente ubicada en el recinto ferial, junto a la frontera de Caya, venida de la barriada de los Ordenandos; ésta, a su vez, venía de haber sido emplazada de la carretera de Portugal. Otros emplazamientos de la feria han sido el Vivero, la Cañada de Sancha Brava, la Plaza de San Juan, la calle Obispo de San Juan de Ribera, las plazas de Minayo y San Francisco, las avenidas de Colon y Huelva, las carretera de Olivenza, el Glacis del Cuartel de Menacho, la barriada de la Paz, los parques de la ciudad, etc.

“¡Oh! ¡Necesito la Feria de San Juan tanto como el comer y, me da igual, en el sitio que sea! ¡Me voy para allá en un periquete! Preciso de sus días de asueto, de su color, calor y olor placentero; de su mágica alegría, rabiosa algarabía...” Una vez en ella nos olvidaremos del dichoso trabajo [el que lo tenga, claro] e interrumpiremos el oficio rutinario e intensivo”; también nos encontraremos con familiares, amigos y conocidos; bien seguro que veremos a algún abnegado músico, entre otros estudiantes que, por estas fechas, han estado a tope con los exámenes finales, recuperaciones, fines de carreras...

Bienvenida sea la Feria de San Juan, para aquellas personas que deseen disfrutar de unos eventos con tradición popular, valores, creencias, costumbres y formas de expresión artística característicos de una comunidad, en especial a aquellos eventos que se transmiten por vía oral. Son tan necesarios como respirar para muchos de nosotros; ello ayuda a conectar con una realidad distinta a la habitual, con el fin de poder desinhibirnos.

Años atrás, en cuanto puse los pies en la Fiesta Sanjuanera, en la ciudad de Badajoz, mi primer interrogante fue pensar, el porqué a la Feria de San Juan la tienen los pacenses como fiesta mayor. Entre otras razones, es que es una de las más esperadas, multitudinarias y bulliciosas de Extremadura, con propuestas tentadoras para todas las edades; contribuye el clima, o el inicio de una nueva estación, donde sus noches suelen ser cálidas e invita a la ciudadanía a salir a la calle, en unas fechas en la que sus estudiantes están deseando soltar los bártulos para disfrutar de las vacaciones estivales.

Como por estas fechas se ha de tener elaborado y entregado rigurosamente el presente artículo, he decidido poner el ejemplo de los Conciertos Fin de Carrera 2013/2014, –vividos en propia carne; tomados como referencia para demostrar nuestras ganas de que llegue la ansiada Fiesta de San Juan de Badajoz–. Dicho concierto se celebró en el Salón de Actos del Conservatorio Superior de Música “Bonifacio Gil” de la Diputación de Badajoz* y que, anualmente, se vienen celebrando todos los años entre el 2 y el 20 de junio.

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Tecleando Google cualquier lector puede o pudiera haber leído en su día que se iniciaba en junio de 2014 el VIII Ciclo de Conciertos Fin de Carrera... formado por 31 conciertos de un elevado nivel artístico y en el que participaban las especialidades de Composición, Piano, Percusión, Flauta Travesera, Trompeta, Tuba, Guitarra, Violín, Viola, Violonchelo, Contrabajo, Clarinete y Saxofón. No obstante, la realidad es más amplia de lo que parece, pudiera parecer, hayamos escuchado e, incluso, leído entre líneas con todo lujo de detalles. La dimensión de la realidad tiene sus prismas y lo que se palpe en cualquier evento de considerable altura, en muchos casos, se queda para cada uno, en la intimidad del hogar o entre bambalinas. En este caso concreto, mi propósito es desvelar la carga emocional que soportaron los del grupo mítico de los treinta y un alumnos que concluían los estudios superiores de música; y, puesto que he tenido el privilegio de asistir a algunos de sus recitales, –durante años–, he de decir que en todas sus audiciones se percibe el afán extremo, la intensa preocupación y el sumo sacrificio de sus brillantes alumnos, venidos de cualquier punto de España, e incluso del extranjero, a estudiar a este prestigioso conservatorio.

Como madre que soy de una de las alumnas que estudió en dicho conservatorio, hay que suponer que le haya dado mil y un consejos. La última recomendación jocosa fue el pasado junio cuando le dije que no se preocupase, que el recital era como una gestación pues, todo el mundo comenta el embarazo y el parto pero cada gestante o estudiante pasa lo suyo. También ofrecí mi humor distendido a un par de gemelas (muy lindas por cierto) que iban a examinarse de violín: las dos tenían un callo morado justo cuatro dedos por debajo de la oreja izquierda, (el lugar donde se apoyaban el instrumento. Ahora el morado se les ha ido, aunque siga el callo, claro). Se me ocurrió preguntarles por qué no hacían el mismo recital tocando las dos juntitas, así se evitaban dar un concierto... Ellas me miraban y se reían de la ocurrencia, para contestarme que una se examinaba justo antes que la otra (seguro que el jurado no las perdió de vista ni un minuto para que no se produjese el desconcierto).

La tensión se capta, se respira, se palpa; se corta en el salón de actos del conservatorio. Hay quienes se dejan aconsejar por médicos, profesores, familiares, amigos... En tales casos, cualquier remedio es bueno, fórmula o infusión para afrontar el mal trago: “Tranquilos, chicos, no hay que tomárselo tan en serio, pues la cosa no tiene tanta importancia como parece, me lo ha dicho mi psicóloga.” Dijo uno de los jóvenes que se iba a examinar del grupo mítico de los treinta y un alumnos por aquello de la camaradería; y, como lo vieron tan sereno, casi todos los que se iban a presentar, decidieron acompañar al primero de los que iniciaba el Ciclo de Conciertos Fin de Carrera.

Ni que decir tiene que el músico iría muy bien preparado psicológicamente (no lo discuto) pero, no daría el nivel exigido por el tribunal, tendría un mal día o qué sé yo; el caso es que le cascaron un cuatrazo, así, como lo leen. Lo más gracioso del asunto es que, los compañeros que iban a examinarse y asistieron a aquel concierto, salieron con un ataque de nervios, diciéndose unos a otros que iban a suspender. Como muestra, a continuación haré un nuevo guiño con la siguiente historia/histeria colectiva:

Una violinista, del grupo mítico de los treinta y uno, por poco se rompe una pierna al salir despavorida del salón de actos diciendo que iba a suspender en junio y en septiembre, y que no iba a querer saber nada de violín, ni de los compañeros, ni del conservatorio... (ni que la hubiesen violado a la pobre chiquilla).

En resumidas cuentas: más de uno de los que se iban a examinar y asistieron al recital, vio salir al grupo con el telele en el cuerpo... Todos menos una persona que entraba al conservatorio para recibir en esos momentos su clase y, ésta, conociéndose, había decidido no asistir hasta no haber realizado la prueba: –¡Pero a quién se le ocurre! ¡Ni al que asó la manteca! ¡Con lo mal que se pasa!, –les dijo mi hija a los compañeros de la agrupación treinta y uno, al verlos salir despavoridos del salón de actos–. Más tarde, se pasaría por casa para comentarlo: ella lo hizo riendo, con el fin de quitar hierro al asunto. Al escuchar el caso, no me hizo gracia alguna e hice de tripas corazón para mantener la sonrisa forzada y, persignándome, entre bambalinas, me dije a mí mismo: que Dios nos coja confesaos.

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El recital lo vivimos, aunque con cierta ilusión, también como una auténtica pesadilla pues, casi acaba con nuestros nervios. Al llegar aquella bendita fiesta, la Feria de San Juan, nunca fue tan deseada y tan vivida. En el ferial nos cruzamos con algunos compañeros del conservatorio –concretamente los que habían terminado su Fin de Carrera, incluido familiares–. Al pararnos para preguntar cómo iba la noche, nos contemplábamos como entontecidos: era porque aún no teníamos asumido todo lo que habíamos pasado, ni dilucidado lo que se nos avecinaba al año siguiente. De aquella ansiada Feria de San Juan de Badajoz, nos vinimos renqueantes, medio cojos; comimos pinchos morunos, montamos en muchos cacharros, nos mareamos, nos calamos hasta los huesos... Nos pasó de todo. Un año después, aquella celebración es recordada desde la tranquilidad del hogar; mientras hablo para mis adentros, pienso: “Dios quiera que este año la feria sea la cuarta parte de buena que el año pasado.

Por eso no deben morir las fiestas populares de San Juan. Y si algo cambia en ellas, pues que sea para bien de todos. En cada Tradición Cultural y Festiva va inherente un modo afectivo: emoción que transmiten los pacenses, los extremeños, los españoles, los iberoamericanos... En cada una de sus ferias queda plasmada la memoria del hombre (se rememora mediante rituales, celebraciones...); va de generación en generación y es sentida como un verdadero pálpito del genio que nunca muere. Al igual nos ocurre con el recuerdo de Bonifacio Gil (1898-1964), nacido en Santo Domingo de la Calzada (La Rioja). Fue director de música militar, musicólogo y folklorista. Actualmente lleva su nombre el Conservatorio Superior de música de Badajoz*; entre otros ilustres, vaya para él nuestro homenaje en el siguiente poema.

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MUEREN LOS GENIOS
(que una parte de ti nunca muera)

Yo sé cómo mueren los genios,
como cada hombre en su universo:
abandonado al pulso
efímero de los astros,
desposeído de la arrogante materia,
engullidos por el abismo
de eternidad latente.

Perduran... (“Al enésimo día de su ocaso
nos golpea el eco dolorido de su fugaz materia,
ajeno al dolor palpitante, el vivir de cada día”)

Sé también cómo antes de morir se sienten:
Se van quedando quietos, aislados,
hermanados con la soledad, acompañados
de peregrinos recuerdos;
y se tienden para no despertar jamás;
a solas, en un mundo silente,
sin más luz que la que dejan sus estelas funerarias.

Yo sé cómo mueren... (“con cada uno de ellos
morimos todos un poco”) Lloramos nuestra desdicha e
impotencia por su regreso;
cargamos de tinta roja las horas del duelo...
augurio de dolor y solidaria nostalgia.

Se nos van con la sonrisa triste,
vestido de ceremonia o de príncipe vulgar,
como si les hiciese falta acicalarse para la muerte.

También sé cuándo mueren:
“morirán cuando muramos.”
Porque, sabed que jamás se irán del todo
sin que nos hayamos ido con ellos
y nos entierren, para siempre,
con sus más vivos recuerdos.

Recordemos, conmemoremos (las obras quedan las gentes se van/ otros que vienen las continuarán...) y continuemos celebrando con alegría, año tras año, la Feria de San Juan de Badajoz. Un privilegio que vienen disfrutando los pacenses desde el año 1255, fecha en la que el Rey Alfonso X el sabio (“otro de los grandes”) concede el honor festivo a nuestra querida ciudad. Gocemos pues, a lo alto y a lo ancho aunque, al final, nos tengan que recoger con pinzas y acabemos de feria hasta la coronilla; o como dice un dicho muy gracioso: “ aunque terminemos más cansainos que un perro chico.” “¡Que Viva San Juan!”

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Moraleja para la violinista:
A la violinista que se pudo romper la pierna le pusieron una matrícula como una casa. Y es que esta vida es un bidón: “Tranquilos, chicos, no hay que tomárselo tan en serio pues, la cosa, no tiene tanta importancia como parece”–claro que, ahora, lo ratificamos desde la barrera, los que ya tenemos el título en el bolsillo.