Incendios, infamia, juventud y pueblo soberano

Por Ezequiel Tena ezequiel


Desde el mundo rural se está denunciando una situación insostenible. Insostenible. Curiosa y precisa palabra que desenmascara la realidad criminal de la Agenda 2030 y sus 17 objetivos de desarrollo ... ¡SOSTENIBLES! ¡Tócate los cojones!

Una agenda política, la agenda 2030, que hace insostenible y destruye, y ese es su verdadero objetivo, cada sector económico que estructura nuestra forma de vida y que conforma la columna vertebral de la sociedad occidental.

Cada vez que un ayuntamiento, comunidad autónoma o el Parlamento despliegan políticas en cumplimiento de cualquiera de los 17 objetivos de desarrollo sostenibles, la gente y los votantes pueden estar convencidos de que se perpetra un atropello contra nuestras vidas. ¿Cómo?

El sector primario, por ser el primero y fundamental, por constituir la base de nuestra estructura económica, por atesorar nuestro acervo cultural, por nutrir nuestras despensas y tradiciones y por preservar nuestra riqueza paisajística y natural y custodiar nuestra infancia (¿Quién no tiene pueblo?) es el primer sector atacado. No se trata únicamente de destrucción económica y de expulsar a las gentes del campo y desposeerlas, se quiere también acabar con la memoria, el arraigo, la tradición y la familia. No es el único sector atacado, pero está siendo atacado de forma encarnizada, con especial saña. Bestial. ¿No sentimos que nos va la vida en ello? La denuncia de agricultores y ganaderos es una y la misma en todo el territorio nacional, una y la misma para los pobladores de la España vaciada. Los ánimos están caldeados. Con toda la razón, si me lo permitís. Y si no. Ellos han detectado el problema y ellos están sufriendo las consecuencias en sus vidas y patrimonios, y urge tomar medidas efectivas pegadas a la realidad. Hay que desenmascarar los fondos de inversión que compran y a cada político sin escrúpulos que por intereses de estos fondos de inversión vende nuestros montes y destruye nuestros campos. Deben pagar por ello. Decía mi hermano el otro día que no hay crimen mayor que el de incendiar el monte. ¡Nada que objetar! El autor no es el cambio climático. La enajenación social o la ausencia del Estado en el agro es patente. Las ausencias aclaran mucho las cosas. No es la primera vez. Érase una vez la DANA. Mientras la España arde por sus cuatro costados gritan las gentes que las han dejado solas; recelan que los cuerpos del Estado han recibido órdenes de no actuar y permitir que todo arda. ¡Alentar que todo se queme! ¿Cómo no desgarrar el aire cuando  aparece el traidor rodeado y protegido por medios abundantes que contrastan con lo exiguo de los medios de extinción? Quien llega amparado por un cordón de seguridad en tanto se ordena a los vecinos evacuar sus propiedades no es un hombre, es un hijo de puta, tal como reza la banda sonora que le acompaña a todas partes. Cuando el orate anuncia que el culpable se llama cambio climático sabe el habitante de los pueblos que va a perderlo todo si no se rebela. 

Quienes llevamos diciendo mucho tiempo que el interior no puede ser la alfombra bajo la cual se barre la mierda que no se quiere tener en la metrópoli y esconder la basura que no se quiere ver en las costas, quienes llevamos pregonando un largo rato que no podemos ser la batería eléctrica que alimente otros mundos mientras se consume el nuestro, sentimos la simpatía por el mundo rural. No empatía, simpatía, puesto que nos colocamos en nuestro lugar; que es el mismo que el suyo. No necesitamos el palabro para expresar la cercanía, no nos conmiseramos. Son y somos, exigimos, gentes soberanas. Es nuestra casa, es nuestra gente, es nuestra cultura, es nuestra identidad, son nuestras raíces y nuestro futuro. Oímos hablar a nuestros agricultores y ganaderos y solo podemos asentir, pues ellos nos han traído desde las brumas del tiempo hasta aquí. ¡No es poca cosa! Ellos fuimos nosotros: nuestros abuelos, muchas veces nuestros padres, tal vez nosotros mismos. ¿De dónde hemos salido?

-De aquí al abismo, si eso, ya conducimos nosotros -dice la purria woke.
-Va a ser que no, ecolojetas de carpeta.
 
Y ya que preguntamos por nuestro origen, preguntemos también por nuestro destino. ¿Hacia donde vamos? ¿Estamos yendo a donde queremos ir o estamos yendo del ronzal a donde nos quieren llevar? Es justo parar y reflexionar y plantearse esta cuestión: ¿Somos hoy, en 2026, hacedores de nuestro destino? Nunca como ahora he sentido que estemos enajenados respecto a la autoría de nuestro futuro. Esta inquietud me domina, inquiere a mi conciencia una vez y otra. Y otra. Para que matice mi respuesta. No soy único. Juro que esta cuestión domina a mucha gente y que obsesiona a aquellos que estamos despiertos. Orbita a la manera de Ortega: la sugestión está en el aire. La respuesta es evidente, sí, pero es necesario querer verla, reunir la voluntad para afrontarla, encontrar la valentía para combatirla. Los adaptativos nos desesperan...¡Ay,  generación, todo lo permites en tus narices! Quieren robarnos nuestra autonomía, nuestra libertad, nuestra soberanía ciudadana. Pues el camino, dicen los agendistas y valedores, está escrito en piedra: 
1) Colapso y encrucijada. Diagnóstico que nadie puede porque nadie debe cuestionar. Cerrado.
2) Objetivos Agenda 2030. Misiones que nadie ha votado y todos debemos asumir de forma acrítica. Cerrado.
3) Obediencia y despliegue. Cesión de derechos fundamentales: propiedad privada, libertad y vida. En proceso.
4) Sumisión. Control total por parte del Gobierno y corporaciones globales (ONU, OMS, OMC, Black Rock, UE, Banco Central Europeo...) En proceso.
5) Fin de la historia. El ser humano deja de ser el sujeto de su destino. En espera 
El camino, dicen, está escrito. Pero nos queda el camino de la franca rebeldía y la autoafirmación. Nos queda el ejercicio de la libertad que no pide permiso y qué ha de ser capaz de darlo todo por sí misma. Nos quedan la ira y nuestras manos.

Bajemos al suelo. No hay excusas que valgan. Ni cambio climático ni su prostituta madre. Hay en nuestros montes muchísimo material combustible y éste no se aligera; según la ley de montes, leo, es obligatorio limpiar el monte. Nada se hace para que está obligación se haga efectiva y nada facilita su viabilidad. Muy al contrario, las políticas efectivas, absurdas y los excesos regulatorios hacen inviable la propia ley. El año pasado se anunció a bombo y platillo nuevos medios aéreos de extinción; han llegado los incendios, pero no los medios .

Bajando del suelo al fango, una digresión: es posible que gaste más combustible Sánchez con el Falcon que todos los medios aéreos en extinción de incendios. Y si no es así, me permito rabiar en forma de poesía grotesca y monstruosa.

Siguiendo con el desgraciado monclovita, sólo se le ocurre, ¡Eureka!, proponer un pacto de Estado contra el cambio climático. Pero no cuela en el pueblo el mantra del timo climático, y así sale el galgo sempiterno escaldado de cada pueblo, huyendo de cada tragedia, mintiendo en cada altavoz y despreciado en cada evento. Recibe el justo precio por aquello que nos ofrece. Pedro Sánchez es el coco, el cántico de la verbena, la trompeta que anuncia el asco infinito que su solo nombre evoca, el azufre que le precede, el lodo superficial que filtra hacia nuestras aguas subterráneas. 

Desde mi lugar no dejaré de poner de manifiesto mi oposición a la agenda en su diabólica literalidad y a todas y cada una de las políticas de la agenda. Hubiera querido que más miembros de mi generación, de aquellos que tenemos entre 40 y 60 años, hubiésemos defendido con vigor la libertad y todo lo muy bueno que heredamos;  hubiésemos defendido después, de entre lo que heredamos y no perdimos, lo que aún nos queda y tenemos; que recordásemos lo que fue y lo que es nuestro, que recuperásemos lo perdido, que encontrásemos lo robado y extraviado, que guardásemos lo que debimos y debemos legar a los que nos seguirán; que hubiésemos profundizado en la raíz de las cosas para no jugar a poner parches, a ser modernos y a contarnos embustes. ¿Estamos a tiempo? ¿No? Pero generaciones más jóvenes sí lo tienen claro; perciben con total claridad que se les está robando el progreso y el futuro en nombre de objetivos inconfesables. No tienen casa, pero maldita sea la casa que ya no alberga sueños, porque esas son las casas de muchos de mi generación. Y esa es mi esperanza: que venga una generación y rompa los postigos de puertas y ventanas y el viento barra la asquerosa agenda 2030 y se lleve la atmósfera rancia y  disipe la humedad insalubre, que ponga en la picota a sus promotores para escarnio de templados y tímidos, que recupere lo que como generación privilegiada hemos dilapidado. A los jóvenes les pido y con ellos me sumo a un pueblo soberano.

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