Y ahora los zafios quieren acabar con París.
De repente en el bar La Paleta, en la rue de Seine, cerca de Saint Germain des Pres, lo vi. Camus es París y París es Camus, es su rebeldía y su defensa de cada persona, es su sentirse extranjero a veces, entre el exilio y el reino, y sus ataques de sensualidad cálida entre la extrañeza, su afirmar que el ensancharse del corazón ante el crepúsculo es tan verdad como los átomos y las abstracciones cerradas de la ciencia. Camus representa mejor que nadie a París. Y así lo plantearía en mi libro sobre él.
Mi libro no tendría una estructura rígida, con Barhes y sin Barthes, sería suelto y libre como la vida. Yo escribiría como Nietasche o como Georges Bataille, con fuerza y visión libre y sin encerrarme en estructuras. Y sin hacer caso de los prejuicios de los editores ni del imperio del diseño enemigo de la vida. Una vez un editor me dijo que un ensayo tenía que tener un argumento como una novela, un hilo férreo.
Y le dijo que muchas grandes novelas no tienen argumento. Yo escribiría todo lo que me viene sin censuras ni encierros. Los “tener que” y las reglas siempre me repatearon en Literatura, y ahora han vuelto muchos al neoclasicismo del siglo XVIII con sus pelucas. Otra vez otro tipo me dijo al rechazarme un cuento que no se podían explicar las acciones de los personajes, y no sé en qué reglamento municipal encontró esa regla.
Ni siquiera me basaría para hablar de Camus solo en sus textos, también olfatearía sus acciones, lo que emana de sus fotografías, sus gestos o la manera de fumar.
Me gustaría captar libremente su espíritu, su personalidad y su aportación secreta. No hizo solo conceptos, desde luego, y más bien pocos conceptos.
Pero tampoco escribiría como en ese libro que se me cayó de las manos, en el cual todo son palabras, nada existe en realidad, el autor se burla de todo y todo se convierte en pompas de jabón vacías.
Es un funambulismo absoluto o un puro barajar palabras en el aire. Y plantea una falsa disyuntiva simplona: o mamotretos plúmbeos o pompas de jabón en el aire. Como si no hubiera más opciones. Estamos continuamente atrapados por esas falsas disyuntivas y esos simplismos nos roban todo.
Escribiría mi libro más bien como las Prosas Apátridas de Jjulio Ramón Ribeiro. Textos solitarios y libres que escapan a las clasificaciones y las rigideces. Como París también es apátrida y sin rigideces.
Y en ese libro, al revés, todo existe, todo te toca intensamente, aunque sea con levedad. Y tantas cosas existen y París entero existe tanto.
O escribiría como componía Chopin en fragmentos, sin grandes planes que lo encierren, con soledad libre en momentos solitarios, notando como cada cosa lo toca. El libro que me cayó de las manos parece que no tiene carne y hueso, que es una pompa en el aire, pero Chopin sí tenía carne y hueso, aunque profundamente y levemente, y las cosas lo tocaban y lo decían. A mí me gustaría escribir como tocaba Chopin, dejándome llevar por la soledad libre de cada instante y de cada sentir, por cada visión y por cada llegar de la existencia, sin obligaciones ni estructuras obligadas.
Y soltar el sentir sin que lo tiranice el pensamiento, sin que el pensamiento lo meta en vereda. Con esa desnudez tan visionaria en ocasiones, con ese ver dentro del ver. Y París para Chopin sí existía, existía torrencialmente en cada instante. Existían las buhardillas de los bulevares y existían las cristaleras sueltas de los pasajes.
Y los espejos en los cafés solitarios y la torre Eiffel más allá de la lluvia.
Una de las veces anteriores que fui a París me dediqué a ver el París de Chopin. Quise ver todos los lugares relacionados con él y quise ver la ciudad con sus ojos y con su tono. Abierto como el sonar de teclas en la noche. Eso sí que me llega y me hace vivir y no las palabrerías interminables de la ironía para todo.
Busqué su casa en la plaza Vendome y encontré otra casa donde vivió detrás de un arco en el barrio Nueva Atenas. Visité el Museo de la Vida Romántica donde estaban George Sand y Ary Scheffer y creo que fue allí donde aprecié sus manos y sus guantes. Me encantó ver sus manos.
Esos dedos tan finos con los que pulsaba la vida, la interrogaba como un amante, en lugar de echar estructuras de hierro encima de ella. Encontré un busto de Chopin en un rincón del Jardín de Luxemburgo cerca del carrusel del que habló Rilke.
Visité la casa de Polonia en la isla de San Luis y también allí encontré objetos suyos. No sé si fue allí donde miré su mascarilla, restos de partituras, algunos dibujos, retratos pálidos. Y siempre me llenaba tanto sin ruidos observar esas cosas.
También París tenía mucho de Chopin y Chopin captó el París más secreto. Como París en la noche que se vuelca en la noche. Cuando los rostros en los cafés y en las fotografías se atenúan y se vuelven fragmentos de Chopin.
Y también Camus tenía mucho de Chopin. También Camus apreció siempre las concreciones y el vivir de cada instante y cada persona por encima de sistemas e ideologías. Y prefirió la rebelión siempre, a favor de cada hombre concreto, antes que las revoluciones simplistas y masivas que solo cambian un sistema por otro.
Lo suyo es escapar de los sistemas hacia la vida, reclamar la pulsión de las venas en cada instante. No como Sartre que se apuntó a ideologías y entregó su independencia personal a la ideología, y estuvo dispuesto a apoyar ideologías por encima de todo, aunque los datos le dijeran que en la vida concreta estaban machacando a las personas.
Y sus “manos sucias” son las manos superlimpias de la ideología, cuando precisamente no quiere mancharse con la sangre real de cada persona y todo desaparece en los conceptos. Y un tipo que dice ser existencialista anula precisamente el existir cambiante e inagotable en un dogma abstracto y cerebral.
Y se apuntaba a tendencias masivas, y se unía con oportunismo a la corriente de cada época, y salía a la calle voceando el periódico del maoísmo, que fue la mayor operación de la Historia contra toda cultura y toda personalidad, la humillación niveladora de toda persona que destacase o hubiese leído a Balzac.
Vamos, la negación más absoluta de París y lo parisiense, del existir y del estar vivo.
Para mí ese era el Camus que yo quería destacar, el que me hacía vivir y me rescataba, y el que hacía vivir a cada persona. Y escribiría un libro que llegara si podía a muchas personas vivas, para que lo leyeran en la noche a solas, o lo doblaran con cariño en el metro, o lo subrayaran, o lo perdieran en un banco de un parque por vivirlo demasiado.
Y desde luego no haría un tocho académico con lenguaje impersonal, procedimientos obligados, estructura de hierro y notas a pie de página. Como esos libros inútiles que no alumbran a nadie ni hacen vivir a nadie y solo sirven para que otros académicos escriban sobre ellos otros libros igual de acartonados y pedantes y desconectados de la vida.
Y lo escribiría con estilo, con mucho estilo, que no consiste para nada en poner adornos, sino en tener vida propia y personalidad, en que hable alguien vivo y animado contigo a través del libro. Tener estilo es que el libro lo escriba yo con mi vida y no una máquina con sus mecanismos, o un funcionario administrativo con sus convencionalismos. Y eso de Stendhal y de escribir como el Código Civil me parece una gilipollez.
Es como escribir como si estuvieras muerto en lugar de escribir estando vivo. Y encima no hay para nada esa supuesta claridad en el Código Civil, el lenguaje jurídico es muchas veces muy engorroso y plagado de circunloquios. “Procedemos a la lectura” en lugar de “leemos”, y cosas así, joder con Stendhal.
Y ahora los zafios quieren acabar con París.
Albert Camus es París. Y los zafios solo son zafios.