Con una Olivetti era más libre

Por Antonio Costa Gómez


(EPIFANÍAS DE JOHN FANTE)

Una periodista escribió que John Fante era un cobarde. Tal vez lo vi fugazmente, no sé bien lo que quiso decir con eso. Tal vez es un malentendido. Pero para mí John Fante es más valiente que nadie. Se atrevió a fracasar, a no plegarse a los cánones de la época. A morirse de hambre con tal de escribir lo que él quería. A reírse en la cara de un jefe, como hace uno de sus personajes antes de salir corriendo y perder el trabajo.

Fue el escritor más valiente, se atrevió a fracasar por amor a la literatura. Fracasó y entonces triunfó profundamente. Mandó a la mierda y el olvido a los escritores triunfadores de su época. Lo mismo que hizo Kafka. Y ahora lo leemos nosotros con pasión y triunfa para nosotros. Y nos lleva con él por los caminos polvorientos y vivlos de California.

Me acuerdo de “Espera a la primavera, Bandini”. Cuando escribía lo que le daba la gana con una botella en cualquier rincón sombrío de California. Escribía con una Olivetti que tecleaba lo que tú querías y no se encerraba en un programa y te subrayaba como incorrecto todo lo que no conocía. Que no te asfixiaba con su programa. Ningún programa podía asfixiar a Johan Fante. Porque él escribía con el polvo y con la vida. Y no con programas ni mentalidad dominante.

Fante era el Proust de los caminos de California. Proust liberó con sus frases larguísimas y enrevesadas, pletóricas de matizaciones y aclaraciones, que ningún editor iba a cortar. Que ninguna máquina tonta con su programa cerrado iba a negarse a escribir.

Y Fante liberaba con su tono desenfadado, en su sombra y su fracaso, libre como nadie en su fracaso. Pero los triunfadores acaban aburriendo en la época siguiente. Y lo que está en sombra pero libre acaba fascinando. Como Cervantes tapado por la sombra de Lope de Vega.

Fue el engrasador de los coches literarios. Los libros empezaron a ir más ligeros, pero con buen cargamento. Se dejaron de chirriar con sus ruedas resecas.

Lo curioso es que me lo recomendó un tipo que estaba lleno de prejuicios de academias y talleres. Me publicó un cuento en una revista de gran tirada pero me rechazó otro porque no cumplía una de sus reglas absurdas. Yo explicaba al final por qué matan al protagonista. Y según el tipo no se podía hacer, esa explicación estaba prohibida. No sé en qué legislación lo leyó.

En qué se convertiría Fante en aquella cabeza cuadrada.

Fante fue un poco el Celine de los caminos de California. Fue el Lautreamont que protestó contra la corrección antes de la corrección. Y que hizo contracultura repleta de cultura. Y la contracultura no fue Manson, como dice una serie norteamericana, fue Theodore Roszak con sus centauros. Y Fante con su Bandini y sus personajes solitarios que cambian de trabajos y mandan al carajo las convenciones.

Fante con su Olivetti se burlaba ya de los escritores programados de ahora con su Word. De los que escriben por encargo porque la editorial se lo solicita. Él era de los que escriben aunque ninguna editorial se lo solicita, se lo solicita la vida. Y recorren las carreteras de California sin ligarse a técnicas ni fórmulas. Qué gloria interior es leer ahora a Fante. Tanto como leer a Proust.

Y que vengan los cursis convencionales a decir que era cobarde. Él precisamente que tenía la valentía de escribir sin programas. De escribir en un tono irónico y al mismo tiempo apasionado. De escribir en sordina burlándose de todo el ruido de su presente. Él que en la sombra se burla de todo el sol chillón de la época.

Era hermano de Henry Miller cuando le escribía emocionado a la entrepierna de Anais Nin, que también escribía con una Olivetti en Clichy sin programas. Era hermano de Boris Vian escribiendo cuando vagaba por los subterráneos de jazz de de Saint Germain des Prés y jadeaba con ese jazz de hombre lobo en París mucho más intenso que los reguetones triviales del presente.

Y ahora nos empobrece esta pobreza de las máquinas usadas para todo. Este escribir mecánicamente con máquinas programadas. Quién iba a meter a John Fante en ningún programa, en ningún mecanismo. Y por eso es valiente también Anagrama en reeditarlo porque el público tal vez no esté programado para saborearlo.

Para ser valiente con él y con él preguntarle al polvo. Y vagar sin ataduras entre las novelas y los trabajos con estilo desenfadado y vivo. Sin programas. Sin triunfo grasiento y masivo y rutinario.

Escribía con una Olivett, no con un ordenador que pretende mandar en ti son su programa. No con el puto Word que no conoce el subjuntivo y te lo subraya como si fuera un error. Con una Olivetti te puedes tirar en la hierba y escribirá lo que tú le digas.

La literatura es aire fresco, no programas, coño.

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