El calvinismo mundial, todo es pecado


Por Antonio Costa Gómez


Incluso saludarse con dos besos es pecado. Incluso el cajero automático me ofrece hacer operaciones sin contacto. Todo contacto es sucio. Quieren eliminar todo lo vivo y concreto. E imponer un montón de dígitos sin carne, mucho más vacíos que las almas en pena. Y la corrección implacable y la cursilería con hogueras purificadoras.

¿Invadirá Calvino el mundo entero con los dígitos y nos dirá que todo carnal es pecado? ¿Incluso los países católicos que no maldicen el cuerpo sino que lo sacralizan, que maldicen el pan sino que creen que en él se encarna Dios? ¿Incluso en los países católicos que bendicen el cuerpo y no lo maldicen , ganará el calvinismo con los dígitos cortantes y abstractos?

Quieren eliminar el mundo físico. La Naturaleza toda que late. Los seres de carne y hueso. No quieren que toquemos nada. Deberían cortarnos las manos. Todo lo que se relaciona con los sentidos les parece sucio. Un tipo me dijo que no le gustaban los libros en papel porque huelen. También habría que eliminar el café porque huele.

No lo consiguieron los puritanos calvinistas para los cuales todo lo sensorial es pecado. No lo consiguieron los católicos de acero que clamaban contra el mundo y la carne. Ni los ideólogos sesudos que convertían el mundo concreto e infinito en conceptos abstractos encajados a la fuerza en una ideología. Y ahora lo consiguen estos digitalistas desnutridos.

Pero yo deseo que vuelvan las manos cálidas a tocar cada cosa concreta. A tocar una piel que se estremece de sensibilidad. A tocar un seno erguido, un cuello que se despierta. A tocar el borde de un cabello A tocar el culo curvo de una diosa de mármol. A tocar unos labios abiertos. Deseo volver a tener mis manos y comunicarme intensamente con ellas. Y palpar la vida del mundo.

Deseo que las manos sientan el agua que fluye. Que recojan asombradas una gota que baja por un cristal. Que se confiese bajo ellas sin culpabilidad una rodilla. Que se aparten las sedas y se asome la tibieza de un cuerpo. Deseo tocar con mis manos hondas la hondura concreta de otro ser, el temblor del mundo vivo.

Deseo que mis manos rescaten otra vez el mundo físico y hondo que quieren robarme. El pulso a mi alrededor que quieren escamotearme. Las deseo en mis ojos y en las orejas de alguien que en silencio me siente. Que mis manos con fuego secreto desvelen el fuego secreto de las cosas.

¿Nos invadirá Calvino desde la Ginebra de los bancos abstractos y nos dirá que todo es pecado? ¿El teatro, la fiesta, la circulación de la sangre? ¿Y quemarán de nuevo a Miguel Servet y a todo el que no esté de acuerdo y a todo el que defienda la vida? ¿Nos lo quitarán todo y nos dejarán solo los dígitos y los teléfonos móviles?

Vamos camino de eso. La digitalización es como la eliminación teológica del cuerpo. Y nos evaporamos todos porque somos pecado y se levantan hogueras de dígitos por todas partes. Y mi cuerpo concreto de carne y hueso no se puede dilatar con un atardecer concreto de carne y hueso. Pobre San Juan de la Cruz y su llama de amor viva. La llama se ha convertido en un dígito y el alma en un teléfono móvil.

Y encima le llaman salvación a eso y lo quieren imponer a la fuerza. Hablan de brecha digital como si lo digital fuera una gran cosa y el supremo tesoro (del despojamiento). No pueden creer que no creas en ello, porque es imposible no creer en ello, tiene que ser que no lo has comprendido, o no has llegado. Lo digital es la salvación inmarcesible y si estás de acuerdo es que estás ciego, eres un réprobo, hay que salvarte de ti mismo. Pobrecito, todavía crees en el cuerpo y en el mundo físico, en la piel y en la sensibilidad. Y en la infinitud de gamas del mundo que no están en los dígitos ni en los algoritmos. Pero tú eres un réprobo y hay que salvarte por encima de todo, aunque sea quemándote, o si no ridiculizándote y aniquilándote. Como saben hacer los calvinistas. Para los cuales el niño recién nacido que late es un monstruo de maldad.

Por eso me da grima Ginebra, sí, allí vivió Rousseau con sus contradicciones, con sus miserias y glorias, pero libre sin límites muchas veces, sin que nadie domesticara su mente, y dando vueltas sin parar por los lugares y las ideas. Y por las ensoñaciones y los paseos. Pero allí vivía Calvino el enterrador, el mondador de todo, el que lo considera todo pecado menos el dinero, menos los dígitos, el que le quita toda gracia al mundo. Y el teatro y los espectáculos y las risas. Hablaban de que Felipe II de España prohibió la risa, Gonzalo Suárez lo menciona en una película por donde vaga Moliere el libre. Pero no me imagino de ningún modo a Calvino riendo. Y ahora se adueña del mundo a través de las tecnológicas. Y de la idiotez artificial.

¿Conquistará el mundo entero Calvino a través de las tecnológicas y nos dirá que lo concreto y carnal es pecado, es algo sucio, es algo condenable? ¿Condenará los crepúsculos y los besos en favor de los números y los dígitos? ¿Nos convertirá a todos en fórmulas abstracta puritanas y limpias de toda concreción, de toda vida? ¿Barrerá el mundo entero con todo lo que hay en él para instaurar solo los dígitos y las fórmulas? ¿Con su puritanismo implacable y su abstracción?

Incluso el cajero automático me ofrece operación sin contacto. Todo contacto es pecado. Y todo lo concreto es pecado y todo lo tocable es pecado. Y toda libertad y toda espontaneidad son pecado. Y el teatro y la risa y los higos. Incluso saludarse con dos besos es pecado. Arderemos todos en las hogueras de la nada.

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