En un remoto pueblo de Louisiana

En un remoto pueblo de Louisiana, el sheriff, investiga una serie de crímenes sanguinarios en la oscuridad del bosque donde fue hallada la última víctima; observaba unas extrañas huellas que parecían ser de algún animal. Pero dudó,—los animales no tienen pies, sino patas y este parece bípedo— se dijo así mismo. Sonó su avisador y volvió al coche.

—Sheriff, en los lavabos de la gasolinera han encontrado a una mujer sin cabeza...

—Maldita sea...

—Eso no es todo,—dijo Mary desde la centralita de la comisaría—dejó un mensaje para usted en el cristal.

—Voy para allí enseguida.

Arrancó el coche y salió a toda prisa del bosque, sin percatarse que estaba siendo observado. Llegó al lugar de los hechos y cuando vio el mensaje, palideció. Este decía:

—¿Le gusta sheriff, no dirá que no le doy faena?...

—Maldito hijo de mala madre—gritó enfurecido. Le dio varias patadas a la puerta del baño y salió fuera.

El ayudante del sheriff, Peter, lo miraba sin atreverse a decir palabra. El dueño de la gasolinera y dos clientes se miraban entre sí, esperando las instrucciones de Tom; el sheriff.

—Acordonar la zona, que no quede ni un palmo por rastrear y si encuentras algo me llamas—miró a su ayudante, Peter, y se marchó a su casa.

Tenía mucho que pensar, pronto tendría que pedir ayuda a sus superiores. Cuatro víctimas en seis días, eran demasiadas, pero quien podía ser el asesino le inquietaba más. En un pueblo tan pequeño, no creía que fuese nadie del pueblo. Los conocía a todos desde niño... No, imposible pensó.

Después de la intensa nevada durante toda la noche, volvieron a aparecer marcas en la nieve. Parecen las huellas de un demonio, alegaba las gentes del lugar. Median 6 centímetros de ancho y 20 de largo durante una larga distancia de más de kilómetro y medio. Las extrañas huellas, cruzaban casas, ríos, colinas, incluso en los tejados que se cubrieron de nieve; está cayó sobre la medianoche y entre esa hora y las 6 de la mañana aparecieron las huellas. Algunos madrugaron como el panadero que fue uno de los primeros en ver algunas huellas cerca de su tienda.

La gente del pueblo alarmada, no hizo caso del Sheriff y se hicieron con palos, rastrillos y otros objetos contundentes dispuestos a descubrir al monstruo. Siguieron las huellas que cruzaban jardines, carromatos y ríos; se percataron, qué algunas, tras dirigirse a alguna casa y detenerse, luego cambiaban en otra dirección o retrocedían. En el exterior de la iglesia, las huellas parecían estar quemadas en la nieve con un hierro candente. Los perros, se negaban a seguir las huellas asustados. Los clérigos no tardaron en asegurar que las huellas pertenecían al diablo que vagaba en busca de pecadores, algo que les convenía para asustar más a la gente y que fuesen a la iglesia suplicando protección divina.

El suceso al no poder explicar a quién pertenecían las huellas y el hecho de no encontrar el paradero de quien las hizo, se corrió como la pólvora por los pueblos cercanos aterrorizando a las gentes con la creencia de que, un ser diabólico moraba por aquella comarca. Se especuló mucho, ya que las huellas se extendieron hasta otros pueblos. Se repitió a lo largo varios días. La gente empezó a llamarlo "las huellas del diablo" porque estás tenían la marca de una pezuña hendida.—Como si alguno hubiese visto alguna vez al demonio...

—Bobadas—gritó el sheriff.—El diablo no deja mensajes ni huellas sin más, si no muertos como los que estamos investigando.

Nadie se atrevió a replicarle. Cerró la puerta de su despacho de un portazo y se dejó caer abatido sobre el sillón. Era como si el silencio de las víctimas estuviesen presentes a su alrededor.

Al anochecer la nieve cubrió las huellas y toda posibilidad de seguirlas hasta su escondite. El sheriff desanimado, ordenó que durante las 7 noches que duraría la tormenta, cada esquina, cada calle, y cada rincón estuviesen vigilados por sus ayudantes y colaboradores en parejas de dos. Pasaron las nieves y no se volvió a ver ninguna huella o señal de que algo acechase al pueblo. Pero todos siguieron vigilando hasta la primavera.

Nunca imaginaron que la víctima que murió en la gasolinera había sido su amante, quien la mató, aprovechando la confusión que en ese momento rodeaba al pueblo. La mujer avisó al amante de que ya no podía seguir engañando a su marido y que dejaba la relación, y éste furioso, la mató.

 

Este relato está basado en un suceso real en la ciudad de Devon en 1855.

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