Nuevas viejas banderas: Siete décadas de falangismo en España



Puede que fuera la simple curiosidad o, quizás, los aires convulsionados de esta etapa en la que nos desenvolvemos entre libertades raídas, me llamó sobremanera la atención la vuelta a ideas, valores, premisas, llámenlo como quieran que, hasta ahora, parecían haber quedado ocultas tras el polvo de los años; quizás ello viniera dado por esta nueva forma de hablar de derechos y emancipaciones cercenadas (libertades raídas que decía), que más recuerdan, precisamente, a aquella España en tonos sepias que a esta de la despixelización por cuanto al puritanismo recalcitrante que, a modo de «avance social», nos inunda.

Ello me llevó a plantearme, a cuenta de las pasadas elecciones andaluzas, por qué en pleno siglo XXI existían movimientos que, enraizados en sus génesis fundacionales, seguían manteniendo militantes y haciéndose de nuevas hornadas de estos. ¿Qué había en estas estructuras que alimentaba la curiosidad de la generación, dicen, más preparada e informada? Y me detuve a leer a través de sus redes qué ofrecían. Puedo asegurar que leí unas pocas; de unos no me sorprendía nada, de otros me impactó la capacidad de adaptación, a pesar de sus muchas leyendas [historias] negras en no pocas ocasiones, ratificadas por sus propios actos; si bien esto no es exclusivo solo de unos y no de otros. Pues uno de estos fue la Falange Española.

Quien esto les escribe, por historia familiar, siempre ha estado en contacto con dicho pensamiento en su más puro ser pues, de entre mis seres más próximos, hubo quien siempre se proclamó joseantoniano; que era como decir que se alejaba del postulado franquista. Pero nuestra historia, la de España, está escrita con tinta invisible; con letras que permanecen ocultas tras aquellas impuestas a base de enjuiciar a unos y santificar a otros. Y conste que no entro en dimes y diretes, es tan solo una apreciación particular.

Así, con todo el arrojo de la ignorancia, me dispuse a bucear un poco en las aguas turbias –por desconocidas– del falangismo actual, y fue en una improvisada entrevista, puede decirse que en diferido, con don Juan Ramón Sánchez Carballido, Secretario Nacional de Acción Política de Falange Auténtica (FA), donde encontré un foco de claridad. Decir que intenté comunicarme con otras entidades falangistas, pero fue solo esta la que me honró con su atención y a colación de ello puedo concluir que, aunque comparten siglas y sentimientos, el falangista tiene formas diversas de concretarse según la organización afín en la que milite.

Prometo que soy neutral en este sentido. Por mi parte no había más que un interés, una curiosidad, insisto, en querer saber, y aprendí; quedándome claro de forma muy marcada que, desde luego, dista mucho de aquella visión guerracivilista que les persigue y que, sin duda, son conscientes de su quijotesca empresa en un país que los tiene relegados al más oscuro de los olvidos o al más indeseable de los recuerdos.

Se habla, por supuesto, de luceros; existen también nostálgicos de épocas pretéritas; permanece, por supuesto, su himno lleno de consignas patrióticas y abnegación; persiste su simbología; siguen rindiendo homenajes a José Antonio, a quien no pocos líderes e intelectuales de su época tenían en alta consideración. Siguen, en fin, manteniendo su fuer como hacen, por ejemplo, aquellos que cantan La Internacional puño en alto, y conservan las ideas de aquel comunismo que, en palabras de Borges en 1971, «representaba una libertad y ansias de progreso, y que nada tenía que ver [ni en esencia ni expectativas] con el actual».

Probablemente, si Primo de Rivera no hubiese sido fusilado en Alicante aquel mes de noviembre de 1936, la deriva falangista hubiese sido muy distinta; muchos desconocen de hecho que esta organización poco se arredraba a los postulados de Franco, y que en palabras del señor Sánchez Carballido, abanderan «un ideario falangista en las antípodas de la antropología, teoría política y económica, de la ética del fascismo y de cualquier movimiento de extrema derecha tradicional y/o actual». ¿Fue una mala opción alienar Falange con el movimiento nacional? Sin duda, pero tras el fusilamiento de su mayor baza, primaron intereses de unos respecto al conjunto.

En sus respuestas, don Juan Ramón habla de justicia social, revolución, democratización política y social y de España como unidad, como «marco superior de convivencia social y cultural», y aludía a las supuestas comparaciones con ideologías que, a priori, y a tenor de esa historia caligrafiada con tinta invisible que antes citaba, parecerían contrapuestas, estimando el nacionalsindicalismo –de corte autogestionario– como una fórmula efectiva a aplicar, pero restringida por el actual sistema, y a la que consideran original y ambiciosa y solo entendida aplicándose a través de lo que denominan «democracia directa»; esto es, una relación entre votante y representante cercana y ágil. Insisto en sus grandes parecidos con otras propuestas opuestas.

Se desmarcaba, por ejemplo, de emergentes partidos como VOX, al que contempla como un recurrente –por su mayor determinación– al Partido Popular. Su percepción nacional –la falangista– se debe al sentido filosófico que su fundador concebía para España y, sin lugar a dudas, su forma de expresarse en relación a los hombres y mujeres de FA, a los que estima en lealtad, calidad humana y en espíritu de servicio (sic), recuerda al prócer idealista en sus palabras, tanto como en la defensa del binomio Estado-Patria.

¿Qué es lo que mueve a algunos ciudadanos hoy a adherirse a estas propuestas que parecían guardadas en los viejos cajones de nuestros abuelos? Sin duda el descreimiento en un modelo político, o de políticos, y social que no termina de representarles –incido en lo de las similitudes–, incluso en recuperar determinados valores morales hoy en desuso o poco considerados.

¿Podría decirse que el falangista es un idealista? Podría decirse, pero tiene muy claro que no es un planteamiento muerto, aunque la sociedad actual lo relegue a mera reminiscencia indeseada; reminiscencia de la que, por otro lado, y habida cuenta de lo manipulado, por qué callarlo, de la historia en España, será muy difícil desenmarcar.

Es la vieja ilusión de una forma de hacer política que ha perdurado, quién sabe por qué, hasta nuestros días. Igual que lo ha hecho, por ejemplo, y vuelvo a citar, el comunismo, tan paralelo y tan distinto –esas ironías– y que, sin embargo, el calado generacional, gracias a una revisión, me atrevería a señalar que conductual y alterada más que objetiva, de nuestra historia ha sido, hasta ahora, mayor.

El falangismo del siglo XXI, republicano, no constitucionalista y contrario al unióneuropeísmo, si bien ello no es óbice para acatar las normas del Estado de derecho, mantiene el convencimiento de José Antonio, un personaje malherido en su memoria, y si pervive aún es porque su versión se ha actualizado a los planteamientos que hoy preocupan a los españoles, aunque sean velados por el papel que la historia, insisto, le ha concedido.

No, no me he convertido al falangismo, sigo siendo fiel a mis principios, pero ha resultado interesante conocer un movimiento tal que, al menos en la versión de Falange Auténtica, mira al futuro con sus valores originales y lejos del sambenito de las versiones ajenas.
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