D.E.P.


Había tenido una carrera en el mundo del espectáculo llena de luces y sombras, cantante y actor, seguía en activo, pero tampoco era de los que hiciera películas de éxito todos los años, o sacara un disco a menudo. Hacía tiempo que no salía en las noticias, ni para bien ni para mal, ni tampoco era entrevistado en programas del mundo de la farándula.

Una mañana de mayo salió en los noticieros la súbita desaparición de este artista polifacético que en su tiempo cosechó cierto éxito. De repente, todo el mundo empezó a hablar de él, en la radio no dejaban de poner sus canciones y en la tele volvieron a emitir sus películas, que seguramente estaban cubiertas con una capa de diez centímetros de polvo en el baúl de los recuerdos.

En las redes sociales, gente que jamás había hablado antes de él, o nunca puesto su música para compartir, empezaron a poner sus canciones monotemáticamente. ¡Qué bueno que era! ¡Qué gran actor! ¡Un genio! ¡Qué maravillosa persona, tan humano! ¡Una hermanita de la caridad! Poco más o menos… Todos escribían D.E.P. y «qué gran pérdida» como coro de plañideras.

Nadie se acordaba del escándalo sobre el uso de drogas, maltrato a su pareja, arrestado por conducir borracho, o aquella vez que fue acusado de pedófilo… Ahora era una gran persona y mejor artista, y una insustituible pérdida que todo el mundo lamentaba; aunque en los últimos años se estuviera comiendo los mocos, cubierto de telarañas y olvidado por todos.
Los seguidores o fans parece que se reproducían por debajo de las piedras y eclosionaban en las redes sociales como jaramagos.

Si quieres que la gente hable de lo grande que eres, y tus discos y películas se vendan como rosquillas, solo tienes que morirte.