Expectativas



Tenía al igual que su esposa veintinueve años, y acababan de tener su primer retoño. La enfermera la puso en los brazos de su padre y le dijo, es una niña. Manuel le acarició la cabecita, besó su frente y mirándola con ternura imaginó su vida futura.

Su cuarto ya estaba decorado para recibirla, se figuró las noches sin dormir, las preocupaciones con las enfermedades, los primeros pasos, el primer día de colegio, los dibujos sujetados con imanes en el refrigerador; seguramente sacaría el talento artístico de su madre, y su aptitud para las matemáticas, él, el genio precoz en ingeniería que lo puso a la cabeza de una empresa automovilística antes de los veinticinco años. Sin duda tendría una colección de premios y logros académicos como sus progenitores.

Imaginó las peleas de la adolescencia en la que él y su esposa, de ser adorados unos años atrás, pasarían ante los ojos de su hija a no saber absolutamente nada. Los novios le quitarían el sueño, y se imaginaba a sí mismo como un halcón protegiendo a su polluelo. La universidad, los primeros trabajos, la plaza asegurada. Se independizaría y le rompería el corazón verla dejar el nido; pero sabía que tenía que aprender a ser independiente y autosuficiente. Llegaría ese día en el que ilusionada la vería vestir de blanco y entregarla a un joven enamorado ante el altar. Luego vendrían los nietos, tan guapos como la madre. Su vida y su relación con su hija pasaron como un relámpago por su mente.

Volvió a acariciarla y besar su frente, mientras la pequeña aferraba con fuerza su dedo. Regresó a la realidad y supo, que aunque la amaría con todo su corazón y la protegería siempre, por el resto de su vida, eso que había soñado nunca ocurriría, su hija tenía Síndrome de Down.