Querido Benedetti


Querido Benedetti,
yo no me quejo de que no haya laberintos, como Cortázar
ni tampoco los frecuento como Borges.
Me quejo de que no hay estrellas inmortales,
que se paseen por un cielo ingrávido,
de que la noche se oculte avergonzada,
por tanto ultraje y traición,
de que el horizonte no existe,
y así se pierde el rumbo y la entereza.
Lo siento, Benedetti, me gustan los laberintos,
la luna y las espadas,
el crepúsculo ardiente,
las rosas cuando callan,
el inefable viento,
las calles cuando bailan,
los sueños inescrutables,
el grito de los montes.
En fin, todo aquello que se vendió
a un traficante de armas,
una tarde de tormenta,
en una selva inhóspita y cruel.