Mujer



Creo que se equivocan. Es más, estoy convencido.

Miraba a aquel pequeño ser, con una sonrisa que dejaba adivinar un futuro lleno de aquellas tarjetas de sabes que te puedo. Con apenas un año de vida, la pequeña de la casa se había metido en el bolsillo a sus tres hermanos mayores, por supuesto a su madre, y a mí: el implacable y adusto padre.

De genio felino, María –la princesa en aquel hogar de monstruitos- demostraba que era capaz de derrotar, por ovarios y simpatía, a cualquiera que se atreviese a llevarle la contraria, mientras marcaba su territorio, sus posesiones, con esa mirada correctiva que precedía al berrinche reivindicativo.

Es mujer... –me resigné a comentar a mi esposa, mientras esta reflejaba una mueca aviesa, que era una especie de callada afirmación.

Pues sí; estoy seguro que yerran en las formas, en los medios y hasta en sus propias consignas. Tengo el ejemplo junto a mí; lo he tenido siempre afianzándome de la mano desde que era niño. Ha estado siempre presente a lo largo de toda mi vida. Ejemplo de lucha, de coraje, de fortaleza a pesar de todo, de generosidad, de amor, de sacrificio.

Son las mujeres que han formado parte de mi historia; madre, compañera, hermana, abuelas, tías, amigas... Mujeres con mayúsculas, en negrita, subrayadas y en cursiva, ¿se puede destacar más una palabra sobre el papel?

Insisto. ¡Fallan!

Fallan las nuevas hornadas femeninas que guiadas por aquellas otras, menos jóvenes, confunden la libertad como mujer con la vejación y el ridículo a su propio sexo (que no género). Estas, que se llaman a sí mismas brujas, bolleras y demás adjetivos malsonantes, que pretenden ser gritos de guerra, en pos de activar un feminismo maloliente, bochornoso y zafio -muy lejos de aquel otro de hace más de un siglo, donde pedían derechos coherentes-, solo reavivan fuegos incontrolados; sin lógica, y al albur de cualquier viento que les empuje para arrasar con lo que les plazca, sin considerar que su actuación solo daña su propia imagen, hasta alcanzar un ridículo monumental y una preocupante falta de sensibilidad y respeto por el pensamiento ajeno.

Lo femenino, siempre divinizado a través de los siglos; convertido en filigrana en las letras de los poetas; modelo inspirado en la propia Naturaleza (así escrito, sí), para dotar de vida allá donde se la cite, se convierte en una chirigota sin gracia, que se representa en lo absurdo; en actrices que no se han leído el auténtico guión, y han sucumbido a la teatralidad histérica, bufonesca e ideológica, que no hace sino humillar su condición más que ensalzarla.

La mujer es reliquia para el hombre –el hombre de verdad-; es ese tesoro a alcanzar en la juventud y del que cuidar en su madurez. La mujer es el regalo que guarda el secreto de la propia existencia humana. La mujer es un camino interminable que recorrer, que descubrir. La mujer no es posesión, sino convivir.

La mujer es tan esencial como el aire: que si la respiras vives. En cualquiera de sus funciones, se hace imprescindible.

Sí... No lo entienden. Tanta rima cruel y amenazante sobre su sexualidad, sobre su supuesto único derecho a decidir a dar a luz o a abortar, sobre el tomar lo masculino (su hijo, su padre, sus hermanos, su pareja, sus amigos) como una constante amenaza, como si de unas conspiranoicas se tratara.

Veo a mi pequeña manteniéndose erguida con dificultad, y como si un resorte me hiciera saltar, me levanto presto a ayudarla asiéndola de sus manitas; ella, agradecida, me mira con esos ojos que parece como si amaneciera, y me vuelve a sonreír con esa guasa tan suya, mientras la acompaño en sus titubeantes pasos.

No. Ella es el todo que un hombre y una mujer pudieran donar a este mundo; y eso lo sabemos su madre, sus abuelos, sus hermanos, sus tíos y yo, sin necesidad de estúpidas e innecesarias payasadas que sustentan su credo en insultar otros, mientras muestran sus atributos y sus pantalones manchados de sangre inerte como una triste propaganda: la vulgaridad al extremo.

Mi hija será lo que quiera, pero ante todo una mujer libre, porque así se lo está enseñando su madre: una verdadera mujer.