Esencia. Un trazo del flamenco



La esencia es la gota del perfume, esa que sola se basta para penetrar. No hay que buscar en lo externo que la banaliza.
El estertor del cantaor, los ojos cerrados sintiendo el quejío, los puños cerrados agarrando el alma o las manos abiertas entregándonosla.
La vibración de la guitarra, en su femenino cuerpo de madera, que rompe del espíritu la pasión.
La percusión de las palmas creando el compás.
Bandera, la falda de la bailaora. Taconeo que hipnotiza. Ensalmo el movimiento de sus dedos.
Hombría la del bailaor. Marciales sus botines, que desfilan sobre el suelo marcando el ritmo mientras la flamenca le baila los amores.
El río fino de mesa en mesa, que riega los cristales esbeltos de claro oro, mientras los nudillos hacen de improvisadas cajas sobre el tablero.
El laberinto de los sentidos. Donde el oído ve, sin necesidad de tener ojos, y éstos son capaces de oír sin despegar los párpados. Donde el tacto se hace gusto que goza paladeando el arte, y el gusto tienta la emoción. El olfato es el único capaz de mantenerse cuerdo, hasta que cae solera de Chiclana o de Jerez en la cata.
Fervor, sentimiento. Es la religión del flamenco. Donde la oración en su liturgia es un hondo cante.
¿La esencia? Empaparse de esa sola gota.