Mírame


Estaba cerca de conseguir su meta y llegar al número máximo de amigos en Facebook, rondaba los cinco mil. De igual modo tenía una cifra semejante en su cuenta de Twitter e Instagram, con miles de seguidores. Vivía para las redes sociales y su única meta en la vida era estar en el candelero, en el centro de atención de todo argumento o chisme; tenía opinión para todo.
Ponía entradas de cualquier nimiedad de su vida: si le dolía la cabeza, si tenía hipo, si sufría ataques de ventosidades, si estaba contenta o triste, las películas que veía, la comida que comía, la música que escuchaba. Colaboraba difundiendo todo cartelito de filosofía barata, y participaba en toda cadena que pedía “compartir” o darle al “me gusta”, sin pensar en el chantaje emocional que suponía, ya que si no compartes o coincides con esa opinión, eres un mal cristiano, anti solidario con cualquier causa, no recibes las bendiciones prometidas, ¡y hasta se te puede “secar la yerbabuena”!
Pero en lo que Matilde más disfrutaba era en poner selfies, autorretratos para todas las ocasiones. Retratos de sí misma frente al espejo, delante de la puerta del cine, en exposiciones, en restaurantes, en caminatas en el bosque, en el coche, en sepelios, en ferias, bodas, bautizos y comuniones. Se retrataba con todos los amigos habidos y por haber, y si veía a un famosillo, se arrimaba para sacarse la foto de turno.
Sobre todo le encantaba sacar fotos provocativas, de amplios escotes, ceñida indumentaria y minifaldas que parecían un cinturón ancho. Disfrutaba con los comentarios de los caballeros, que la llamaran guapa, aunque fuera más fea que un pie; porque con un escote hasta el ombligo da igual como parezcas porque nadie te va a mirar a la cara.
Su narcisismo era extremo, patológico, ya que si en alguna foto no recibía más de un millar de “me gusta” se deprimía profundamente pensando que estaba perdiendo popularidad. También estaba obsesionada por ser el “trending topic” en Twitter, y que el mundo entero mirara lo que decía o hacía.
Se dio cuenta de que las fotos que alcanzaban más popularidad eran los selfies extremos: Fotos en cornisas de rascacielos, al lado de leones, tiburones, caras de terror en una montaña rusa, retratos en medio de una autopista, haciendo paracaidismo, etc Así que comenzó a arriesgar el tipo como atracción circense en el “más difícil todavía” .
En sus vacaciones en un lugar paradisiaco decidió hacerse una foto como si fuera a saltar en una catarata, más de treinta metros abajo estaban las turbulentas aguas; esa foto le daría el subidón de popularidad que ansiaba. Tenía el palo del selfie preparado, lista para la actuación, cuando de repente por la humedad del lugar su mano resbaló justo después de disparar la foto. No contó con la caída en picado como si fuera un saco de patatas amorfo ni las rocas que había debajo de las turbulentas aguas. Dio su vida por un autorretrato, pero consiguió ser el trending topic a la estupidez y que su última foto se viera en todos los noticieros y apareciera en los periódicos. Todo el mundo la miraba.