Gotas como lágrimas


Para Lola y Javier
Era el “Día internacional del Calamar” y en su ciudad se había montado una feria en torno a este molusco. Había casetas con enormes peceras para observarlos al igual que sus parientes los pulpos; quioscos con todo tipo de camisetas y sombreros con formas de calamares; artesanías con motivos de cefalópodos; atracciones para los niños para montarse en pulpos y hasta batallas con pistolas de agua con líquido oscuro imitando la tinta de los calamares. Pero las casetas más populares y las que atraían más público eran aquellas que se dedicaban a la degustación de calamares y pulpos. Calamares fritos, a la romana, a la riojana, en su tinta, rellenos, a la plancha, al ajillo, en cebiche, en escabeche, chipirones, pulpo a la feria, calamares en croquetas, en muses y patés etc; y hasta confitados en postres.
Leonor y Jaime, como cada año, asistían puntuales a la feria, en especial porque les encantaban esa selección gourmet de delicias de calamar; y sobre todo esperaban con anticipación degustar otra vez los calamares en su tinta de un tenderete que estaba especializado en su elaboración, con más de una docena de formas distintas de prepararlo.
El lado negativo de la feria era la mala vigilancia policial y la cantidad de pedigüeños que pululaban por sus alrededores: el gorrilla de turno, la chinita vendiendo rosas, o la gitana queriéndote leer las manos o venderte romero.
La pareja se dirigió al parque donde estaba montada la feria, y tras dar el euro al gorrilla y sortear pedigüeños, por fin llegaron a su ansiado destino. Mientras se deleitaban con raciones tras raciones de diferentes exquisiteces de calamares en su tinta, una procesión de mendigos se les iba acercando y tras dar unas cuantas de limosnas ya dijeron basta, porque algunos de ellos cuando les decían que ya no le quedaban nada suelto, encima se enfadaban; como la gitana que les echó una maldición para que se atragantaran con los calamares, y les dijo que ojalá les salieran tentáculos y se convirtieran en lo que comían.
Tanto Leonor como Jaime, que eran periodistas, estaban indignados con tanta sanguijuela indigente y la poca vigilancia de las autoridades para que el público pudiera disfrutar de eventos así. Decidieron que escribirían artículos en sus respectivos periódicos.
Llegaron a casa ahítos de moluscos en su tinta, así que decidieron ir a la cama y escribir los respectivos artículos a la mañana siguiente.
Nora, la hija de ambos se despertó cerca de las 10, no podía creer que a sus padres se les hubiera pegado las sabanas, y no la hubieran despertado para ir al instituto. La casa estaba en silencio, y ni siquiera la cafetera estaba encendida. Algo extraño estaba pasando. ¿Habían cumplido su palabra de dejar de arrearla por la mañana para que tomara responsabilidad de madrugar para ir a clases? Sabía que su madre sería más que capaz para darle un escarmiento, pero su padre no permitiría que perdiera un día de clase, y menos en fecha de exámenes.
Se dirigió al dormitorio de sus progenitores y tímidamente abrió la puerta para ver si ellos también se habían quedado dormidos. Con las persianas echadas y las cortinas corridas apenas podía ver sus bultos en la cama. Encendió la luz para triunfante echarles la bronca por hacerla llegar tarde; pero cual su sorpresa cuando vio lo que había en la cama. Un bolígrafo y una pluma gigante estaban donde sus padres dormían, y todas las sábanas estaban empapadas en tinta negra. Gotas como lágrimas recorrían la suave superficie de los instrumentos de escritura empapando todo el catre.