Estúpido amor mío en la Bahía



A Javier Parrado, bienvenido.
Siénteme cerca, escúchame
igual que si mi nombre, si todo yo tangible,
proyectado en la cal hirviente de tus muros…
Por encima del mar voy de nuevo a cantarte.
Rafael Alberti
No es fácil despedirse.
Me quedo sin razones para no tenerte.
Decido trasladarme, tocar los pies en tu suelo
sintiéndote allí, deteniéndome uniformemente.
Todo no puedo alcanzarlo, todo se evade mientras el tren
olvida los verbos inmaculados y transitados en tus calles.
Pero siempre estás allí. Y soy yo a quien
le cuesta despedirse. Deseo golpear el corazón sobre tus olas.
Estúpido, quererme beber todo tu silencio, estúpidamente,
golpea el corazón estúpido.
No cesan los golpes y no quiero despedirme.
¿Y si te llevo conmigo? ¿Vuelvo volviéndome sobre tus olas?
¿Y si mis manos agónicas te agarran fuerte? Sigue golpeando,
no atolondradamente, sino sosegadamente. Lo fugaz es calma,
tempestad en los pies que siguen andando,
girándome juego a tus laberintos, tan estúpido este amor
tan tuyo y mío. Despierta, intenta despertar,
el tren ha llegado, sueño enigmático, condenada alucinación,
que otra vez te hunde, amor estúpido.
Las olas transitan en los oídos, el funeral ruge,
incinerando débilmente el embrión descuidado.
¡Ay, temblando estúpidamente! Te he robado un trozo legítimo
para poder seguir utilizándote sin métrica.
Robándome, robándote, seguimos sin despedirnos.
No te he renunciado, te sigo viviendo.