El vaporcito en Cádiz y los muñecos de Sevilla



Así nos luce el pelo en esta España de los valores descafeinados.

Este país, que tras cuarenta años de dictadura alcanzó, por consenso, un magno acuerdo por el que restablecer la democracia, aparcando –aunque fuese en formas- las ideologías y sus consecuencias: rencores, rencillas, falta de respeto ante la opinión del otro… Todo aquello que nos llevó a aquel infausto dieciocho de julio de 1936, tras un intento fallido de hacer –por segunda vez- una nación republicana, y el desconcierto que creó en parte de un pueblo, lleno de recelos, que, creyendo que esto era la Francia de Robespierre pasó por armas a todo aquel que creía debía desaparecer. Pues después de toooodo eso, aún hay quienes desean mantener vivo el espíritu, no ya del 31, sino del 36.

Alcaldes, concejales, políticos sin más currículo, en no pocos casos, que uno recién sacado de imprenta y que nadie, salvo sus detractores, miran. La nueva remesa del ente oficial en juntas autonómicas, ayuntamientos y delegaciones provinciales, que padecen de ideologitis, y parecen carecer de coherencia, conocimiento de la Historia o, como poco, juegan a ser censuradores (sesgadores) de aquella, condicionando al resto de sus homónimos de pensamiento –los que quieren, los que desconocen o no les importa que se recorte la realidad de los sucesos-. Esta enfermedad político-social que es la inflamación de las ideas a través del consumo descontrolado de drogas conductuales, visuales y/o de palabras, ya sea por mítines, medios de comunicación hundidos hacia los extremos, o por uno de los conductos más efectivos de adulterar la información: las redes sociales.

Particularmente, no me gusta hablar de política porque, al final, ésta termina discutiendo conmigo, y ya tengo bastante para, además, tener que lidiar con un toro resabiado como éste.

Sin embargo, sí tiendo a reflexionar acerca de lo que leo, escucho o refleja la sociedad más cercana que me rodea. Sin duda, mi relación con Sevilla y Cádiz es la que más me afecta. Ciudades hermanadas por una región, pero distintas en algunos aspectos (desde luego en que ninguna tiene abuela, no).

En Cádiz, ha ganado el comparsismo de un partido que ha jugado a ser adalid de las carencias del gaditano, y se ha encontrado con que éste es un problema en sí mismo.

Es muy bonito cantar sobre las glorias y las miserias de tu ciudad (yo mismo he escrito sobre ello), sobre qué haría si fuese alcalde, de cómo arreglaría el éxodo hacia la frontera sentimental que supone el Puente Carraza -porque en esta tierra de poco terreno físico, también existe poco espacio para maniobrar en la creación de nuevos empleos-. Está muy bien destacar aquello que Teófila hizo mal o dónde erró (que también). Es muy emotivo cerrar los ojos, cuando termina el pasodoble y oír cómo clama ese monumento al descontento, a la rabia, al humor y al amor hacia la Tacita de Plata que es el Gran Teatro Falla. Ese estruendo que sale del alma del ciudadano que no se resiste a dejar de soñar con la trimilenaria capital del Occidente europeo resurgir, como se hizo con el Vaporcito del Puerto cuando se hundió en las aguas de su bahía.

Pero ahí está… Dijeron que lo salvarían del desgaste al que las corrientes marina lo expondrían. Se luchó hasta que lo sacaron, aún con su esplendor de años navegando por ese espejo de sal… ¿Y ahora qué? ¿Lo han visto? Pues algo así pasa con mi Cádiz. Kichi –su título de gente del pueblo- y su “sí se puede” prometió reflotar lo que la anterior alcaldesa, a su juicio, no hacía más que estropear. Vaporcito…

¡Hay que darle los cien días de margen ¡Que si fuera el PP, cualquiera…!

Bien. Cien días. Aquí lo dejo. Solo un recuerdo. El actual partido que ocupa el sillón de la alcaldía en San Juan de Dios –con la venia del PSOE-, no fue elegido siquiera por la mayoría simple, que sí la obtuvo la Teo. Mientras… Vaporcito.

En Sevilla, donde al juez Zoido le dieron con las mismas varas que cayeron de los árboles asesinados en la calle Almirante Lobo porque, decía, no se veía bien la Torre del Oro. ¡Pues toma palo!

El caso contrario a Cádiz en esta ocasión, donde han sido los grupos minoritarios de la izquierda quien le ha dado el bastón al PSOE. ¿Inesperado? No. El partido socialista es un perro viejo que sabe bien hasta cuando esperar para coger el hueso más grande. Los populares se han despopularizado. Punto al trabalenguas.

Con ello, Sevilla es Sevilla, por mucho que se ocupen las escaleras de la Plaza de la Encarnación de timbales, flautas, rastas y barbas a los hípster, y ni Machado se resistió a cantarle a un Cristo vivo (con toda la carga que lleva esa oración contra la Iglesia). Con una ciudad con los cimientos bien puestos, con las ideas bien implantadas y las tradiciones tatuadas en su piel, el trabajo bien hecho desde años atrás, conociendo el potencial que ésta posee, facilita que el nuevo alcalde tenga la ruta establecida en muchos aspectos aunque, como es evidente, deba de tomar riendas de nuevas necesidades que los sevillanos les plantea.

Con el bastón en manos de quienes los pactos quisieron, ahora toca despotricar por parte de los de siempre, que nunca dejaron de hacerlo, pero parece que formar parte del gobierno local les da un poco de gasoil (bolivariano), y retoman los argumentos irrespetuosos, los gritos populistas y el ir en contra de todo aquello que huela a iglesia y, por extensión, a facha (que es todo aquel que piense distinto a ellos). Curiosamente, esta rebelión al derecho de expresión surge de la comatosa Izquierda Unida, a la que le han inyectado plasma de Ganemos en vena.

Es un concejal de esa agrupación quien considerando la libertad de credo –su falta en este caso-, quien propuso, a través de Twitter, un dosel con la figura de un Niño Jesús con el lema “Dios no existe, esto es un muñeco”. Todo un alarde de desconsideración, de ausencia de respeto hacia el pueblo al que representa (así es, representa a toda Sevilla, no solo a sus electores) y que como libre que es, igual que este señor ha demostrado ser, no tiene porqué compartir su opinión. Ahora, en su defensa salen quienes, con su ideologitis, rompen en furibunda reclamación que todos los que han dejado claro lo inapropiado de ese tuit somos unos fascistas, votantes de extrema derecha y opresores de la más elemental independencia de pensamiento (¡Vaya por Dios!).

Sevilla es la ciudad de los muñecos. De esos mismos que le dan riqueza a niveles impensables. Tantos, que hay ineptos incapaces de imaginarlo. Esos muñecos que representan lo más íntimo de la fe del sevillano, de la esencia de la ciudad, por mucho que pique y duela. Si no, quien quiera, que se pase por San Lorenzo, por Pureza, por Resolana, por El Salvador, por El Tardón… Porque para la mayoría, esos muñecos no son sino la esperanza ante la desesperación a la que, en no pocos casos, los mismos politicuchos los han desahuciado.