Vagabundo soberano


Por Ezequiel Tena García 
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Está en el aire. Hay que ventearlo y pronto el escenario alberga una realidad incontestable. Llega lo difícil: obrar en consecuencia. Nuestro tiempo.
Hay libros tan viejos que a nadie duele alabar sus palabras, palabras que forman ya en el todo; ni adular a su autor que al fin conquista, libre, su olvido. Nos deja su sombra, el mito. Nos acompaña su alma, el Vagabundo Soberano.
Es justicia del Tao, justicia anterior a todo, que el alma de ese autor al que secuestramos quede libre al fin de nuestras disputas sobre sí, Vagabundo Soberano.
En la séptima lección, de la solemnidad natural del varón santo al desinterés convencido del hombre perfecto, habla del sabio que se sumerge en el Tao y revive el estado original… "El sabio se coloca en último término pero se encuentra en el primer término" Trasciende las estructuras humanas del ego y del prestigio social.
El hombre es el ser cultural; son estructuras humanas- a las que no vedamos su ser- el prestigio social y el ego.
El prestigio social… que viene a proscribir que hayas de mancharte las manos con el barro vulgar… El ego invasor del entorno, que no se contiene en el yo, que desborda al yo. El ego que rompe el equilibrio con la ajenidad… La idolatría del estatus… que cree que en alzarse de puntillas se hace el prestigio e ignora que sea el prestigio vertido desde la altura.
Son falsos estos carismas que palidecen cuando quieren admirarse en superioridad y se colocan ante el respeto reverencial por el prójimo y por el yo, que se definen por alteridad respecto al tú. Frente al ego que violenta al otro, el pleno yo. Frente a la altanería del prestigio social, la empatía humilde e imparcial, que no atiende a posiciones, ciega como la Virtud.
Y así, el hombre santo no actúa por preferencia o interés, sino por deferencia espontánea a la plenitud del tú que relanza la plenitud del yo.

Al “Tao Te Ching”, camino de la virtud.