La obligación del escritor es decir la verdad más allá de la popularidad


Filosóficamente liberal. Políticamente de derecha. Naturalmente rebelde.
Los escritores Jorge Luis Borges, Victoria Ocampo, Adolfo Bioy Casares representan un grupo de notables escritores del siglo XX que han trascendido la frontera nacional con sus posturas atrevidas y desafiantes a los estándares y cánones culturales de su época. Depositarios de una vasta ilustración, viajantes compulsivos, amigos de grandes personalidades de la cultura mundial, procuraron transmitir un estilo de vida propio de los amantes del buen vivir sin renunciar a la capacidad de asombro que los esperaba a la vuelta de cada esquina de la ciudad de Buenos Aires. Por esas razones no fueron políticamente correctos ni aceptaron las reglas de la demagogia ni del populismo y, quizás por eso mismo también, sus textos fueron postergados en los distintos niveles académicos de las aulas argentinas.
Los progresistas argentinos (y por qué no decir, la intelectualidad izquierdista internacional) han echado un manto de olvido sobre sus obras con el desprecio propio del ignorante que, ensoberbecido por su propia ignorancia, se quedó en el prejuicio cultural del absurdo y el desprecio a un estilo de vida culto e ilustrado. Intencionados olvidos y postergaciones que inauguraron una brecha socio-cultural en el país, aún hoy difícil de cerrar.
Profuso escritor, acérrimo defensor del individualismo libertario, Jorge L. Borges resumió su filosofía de vida en una frase tan contundente como sublimemente sencilla: “creo en el individuo, no en el Estado” y señaló que “las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y mueras prefijados, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir estas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor” Su estilo de vida y su manifiesta oposición a la idiotez que genera el autoritarismo político, devenido luego en dictadura, le ocasionaría graves problemas con el gobierno del Gral. Perón quien, en el año 1946 lo alejaría de sus funciones en la Biblioteca Miguel Cané para enviarlo a ocupar el cargo de “Inspector de Ferias de Pollos, Gallinas y Conejos” puesto del cual renunciaría no por ser indigno sino por los motivos por los que había sido elegido.
“Los peronistas no son ni buenos ni malos; son incorregibles” sentenció y, como una fatalidad del destino, la Argentina sigue discurriendo por ese camino de idiotez señalado por Borges donde la popularidad es el epílogo de la vulgaridad, la mediocridad, la demagogia y el populismo.
Hasta hace no mucho tiempo Argentina fue un faro cultural y sus claustros universitarios gozaron de un prestigio académico reconocido por grandes intelectuales de talla internacional. Una época en la que se premiaba la excelencia y donde el facilismo y la mediocridad quedaban relegados al oscuro pantano de lo vergonzoso e indigno. La política partidaria, la obsecuencia de los profesores con los gobiernos de turno, la represión al libre pensamiento y los planes de estudio alineados con las políticas socialistas fueron el tiro de gracia a generaciones de estudiantes adoctrinados en el tercermundismo, el subdesarrollo y la decadencia cultural. Generaciones idiotizadas por la propaganda, sumidos en la mentira de una cultura populista que ha destrozado mentes y los ha recluido en el oscurantismo del subdesarrollo académico. Parafraseando a Borges, la disciplina ha usurpado el lugar de la lucidez y los resultados están la vista.
La pregunta es cuántas generaciones más sucumbirán en los pantanos de la ignorancia y la miseria cultural.